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Archive for the ‘Un safari a la fresca’ Category

¿Qué os parece este león tan colorido? Al verlo a mí me viene a la cabeza una jota que comienza así: “Cuatro leones tenía / el antiguo Puente Piedra…“. Habla de aquellos leones de piedra ya desaparecidos, pero de los que nos quedan algunas fotografías como ésta.

Uno de los leones de piedra del puente, en el lado del Arrabal

El Puente de Piedra siempre fue el acceso más monumental a Zaragoza. Uno lo iba cruzando y veía la fachada más espectacular de la ciudad, la que iba desde la Puerta de la Tripería (más o menos a la entrada del actual Puente de Santiago) hasta la del Sol (donde hoy está el Puente de Hierro): el conjunto de la Zuda y San Juan de los Panetes, el Pilar, las Casas de la Ciudad (el Ayuntamiento), la Lonja, la Puerta del Ángel, la Diputación del Reino (el actual edificio de Cáritas), el Palacio Arzobispal con la Seo detrás, casas ricas de nobles… en fin, todo un espectáculo.

Y precisamente por esa razón la mayoría de las vistas de la ciudad se hicieron desde la orilla de enfrente. Ésta que veis aquí arriba la hizo el yerno de Velázquez, Juan Bautista Martínez del Mazo, desde el convento de San Lázaro (donde está el Balcón del mismo nombre, claro), que tenía una galería con unas vistas estupendas. Allí se alojaba el príncipe Baltasar Carlos cuando estaba en la ciudad, y le pidió a su pintor que le pintara lo que veía cada día para podérselo llevar (muy portátil no es, porque mide 180 x 331, pero bueno…). Eso sí, cuando Mazo pintó este cuadro, que ahora está en el Museo del Prado, una riada se acababa de llevar la parte central del puente y era necesario utilizar el de tablas (que está a la izquierda, casi donde ahora está el de hierro).

No sabemos si en aquella época (el cuadro es de 1647) ya estarían los leones de piedra a la entrada y a la salida del puente, pero lo que es seguro es que a principios del siglo XX allí seguían. ¿Y por qué? Pues porque si ésta era la mejor entrada de la ciudad, la más monumental, la más todo… lo lógico era que a los viajeros los recibiera el animal heráldico de la ciudad, el que llevaba en su escudo ni más ni menos que desde mil ciento treinta y tantos, año arriba, año abajo. Otro día hablamos de qué pinta el león desde hace casi 900 años en el escudo de Zaragoza, pero hoy vamos a lo que interesa: ¿qué fue de aquellos leones de piedra? Pues lamento decir que no lo sabemos. Parece que existe el testimonio de un taxista que antes fue camionero y que cuenta que fue él quien los llevó a una gravera en las afueras de Zaragoza. ¿Quién sabe? La cuestión es que ya no están, y que “si lo viera el tío Jorge / de pena se moriría“, como dice la jota. Lo que está claro es que habían dejado un hueco que había que llenar, y…

En 1991 se colocaron los nuevos leones, obra del escultor Paco Rallo (como el caballito de la Lonja, p.ej.) sobre unos altísimos pedestales diseñados por José Manuel Pérez Latorre, el arquitecto encargado de la reforma del puente que se estaba haciendo en aquel momento. Nada que ver con los antiguos, la verdad. Aquellos eran pequeños, estaban agachados tranquilamente… estos son enormes (dos metros y medio de altura más siete de pedestal), están erguidos, altivos, orgullosos de su papel, vigilantes… Aquellos eran de piedra, y estos de bronce. Otra cosa completamente diferente, la verdad. Si aparecieran los antiguos y a alguien se le ocurriera que había que elegir unos u otros, yo no sabría con cuáles quedarme, porque me gustan todos.

Y no sólo me gustan esos, sino que hay 25 más… que me encantan. Cuando en el año 2006 El Corte Inglés cumplió 25 años en Zaragoza lo celebró de una manera muy peculiar. Se hicieron 25 leones de poliéster que reproducían a escala los del Puente de Piedra, y se le encargó a 25 artistas diferentes que los pintaran a su gusto. El resultado fue espectacular, pero lo mejor es que aquellos leones no desaparecieron. Están escondidos en diferentes lugares de Zaragoza, y cuando menos te lo esperas… te encuentras uno. Os proponemos un reto: ¿por qué no intentamos localizarlos entre todos? A medida que vayan apareciendo los iremos poniendo aquí, con el nombre de su descubridor. Vamos a hacer un mapa “leonino” de nuestra ciudad, ¿os apetece? De momento, os dejo los dos primeros:

Descubierto por Nacho e Irene, colegio de las Escuelas Pías

Sin pincháis aquí podréis encontrar el catálogo de aquella exposición, y veréis fotografías de los 25 leones.

Descubierto por Marisa, edificio Pignatelli

Descubierto por Ana, está en el Colegio La Salle Franciscanas

Ahí queda la propuesta: vamos a construir este post entre todos poco a poco. Iremos añadiendo las fotos de todos los leones que vayáis encontrando, las iremos geoposicionando para que todo el que quiera pueda acercarse a ver cada uno de los leones… esperamos vuestra colaboración para que sea algo hecho entre todos.

Y si queréis saber mucho más sobre la fauna que vive en los edificios, las calles y las plazas de Zaragoza podéis apuntaros el domingo 19 de mayo a nuestra ruta “Un safari en Zaragoza” a un precio muy especial con motivo del DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí.

 

Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El perro de San Roque no tiene rabo

El caballo de Palafox 

El caballito de la Lonja

Los ¿delfines? de Neptuno

Los gallos de las veletas… y algún otro

El león del Batallador

El tocinico de San Antón

La cierva de San Gil

Los camellos de la Seo

El dragón de San Jorge

Leones de colores

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Lo primero de todo: lo que viene a partir de ahora hay que leerlo con música, pero no con una cualquiera sino con el más torero de todos los pasodobles: Amparito Roca. Aunque tampoco estaría mal El gato montés, España cañí o Capote de grana y oro. O mejor aún, la jota del maestro Borobia, conocida como Jota de los toros de Zaragoza.

Parece ser que el 13 de octubre de 1881 toreaban en Zaragoza Lagartijo y Frascuelo, los dos toreros que estaban en aquel momento en lo más alto del escalafón. Cuando las mulillas estaban arrastrando al quinto de la tarde el director de la banda se arrancó con los compases de una jota, y todo el mundo se puso a bailar en los tendidos. En 1906 Ramón Borobia, director de la Banda de Música del Hospicio Provincial (hoy conocida como Banda de la Diputación) actualizó los compases de aquella jota, y desde entonces se toca cuando sale el sexto, el “toro de la jota”, que así se le llama, y todo el mundo la acompaña con palmas. Por cierto, que yo la aprendí de niño con una letra que es puro lirismo “A la Mari Pepa / le ha pillao el toro / le ha metido el cuerno / por el chirimbolo“. También la he oído dedicado a Mari Jose, Mari Pili, Mari Carmen…

Puerta principal del Coso de la Misericordia, y debajo una de las estupendas cabezas de toro que hay en ella

...y una de las estupendas cabezas de toro que hay en ella

Ahora que tenemos música apropiada sí que estamos en condiciones de empezar, y lo primero es decir que nuestra ciudad es mucho más taurina de lo que parece. ¿No os lo creéis? Pues como aperitivo aquí va una prueba definitiva:

¿Sabíais que en esta famosísima foto Ava Gardner estaba en la Plaza de la Misericordia, de Zaragoza? Pues sí, allí mismo. Cerca debía estar su amigo Hemingway, y está tomada justo en el momento en que le brindaba un toro Julio Aparicio (padre, claro). El “animal más bello del mundo” se sentó al menos un par de veces en nuestra plaza de toros, en cuya inauguración había estado el mismísimo Goya cuando era joven (16 añicos tenía). Y algunas de las cosas que vio allí le debieron impresionar tanto que cuando hizo los grabados de la Tauromaquia, unos cincuenta años después, las seguía teniendo frescas en su memoria.

Temeridad de Martincho en la plaza de Zaragoza

¿Qué os parece? Fue por aquellos años cuando se fijaron las reglas del toreo tal y como lo conocemos, pero Goya aún conoció un espectáculo muy distinto. Hoy se llama “corrida goyesca” a aquella en la que los toreros van vestidos, más o menos, como en época de Goya, pero una verdadera corrida goyesca sería otra cosa muy diferente. Seguramente el pintor y sus contemporáneos se aburrirían en una corrida actual, mucho menos espectacular que lo que ellos estaban acostumbrados a ver, y es probable que disfrutaran mucho más en un concurso de recortadores. Y si no, mirad a Martincho en estos dos grabados. En el de arriba sentado en una silla, con grilletes en los pies y usando un sombrero como muleta… puro espectáculo, igual que en este otro:

Otra locura suya en la misma plaza

Sobran las palabras, ¿no? Martincho fue quien lidió el primer toro en la plaza de Zaragoza. Nació en Farasdués (una pedanía de Ejea de los Caballeros), y llegó a ser uno de los toreros más famosos de su época. Si queréis ver todo esto en directo, en las estampas de Goya, lo mejor que podéis hacer es acercaros cualquier día de estos al Museo Ibercaja Camón Aznar, el único del mundo que expone todos los grabados del pintor. En ellos viven estos toros que veis aquí, con unos cuernos bastante más afilados que los de ahora. Y por cierto, en nuestra ciudad no falta una Plaza de la Tauromaquia de Goya. ¿Sabéis dónde está? Pues pinchad aquí, y lo veréis.

Plaza de Toros con la Real casa de Misericordia (actualmente conocida como “el Pignatelli”) al fondo

La plaza de toros de Zaragoza, probablemente la segunda más antigua de España, se inauguró en 1764 y su construcción fue iniciativa de Ramón de Pignatelli. Anteriormente las corridas de toros se celebraban en la plaza del Mercado, en el Coso o en el entorno de la Aljafería, en una zona que por esa razón se llamó Campo del toro. El objetivo de construir una plaza estable era contribuir a la financiación de la Real Casa de Misericordia, una gigantesca institución de caridad para la que se construyó el inmenso edificio que hoy es sede de la Diputación General de Aragón. Pignatelli consiguió que el gremio de carpinteros aceptara cobrar su trabajo en diez años, y se levantó un edificio con un aforo de 7.800 espectadores.

La plaza de toros después de la reforma de la segunda década del siglo XX

A principios del siglo XX la Diputación Provincial de Zaragoza, propietaria de la plaza, la reformó para ampliarla y darle un aspecto mucho más monumental. Prácticamente se construyó de nueva planta, pasando el aforo a más de 13.000 localidades. De entonces proceden las arquerías que la envuelven y le dan su aspecto tan característico, la portada monumental… tiempo después, en 1990, se convertiría en la primera plaza cubierta del mundo.

Cartel de las fiestas del Pilar de 1882

La Feria del Pilar cierra la temporada taurina, que se abre en Sevilla el Domingo de Resurrección, pero hay algunos festejos más a lo largo del año. Este es el cartel de la feria de este año, para la que queda poco más de un mes.

Lógicamente eso ha dado lugar a que a la sombra de la plaza hayan surgido a lo largo del tiempo bares, restaurantes… uno de ellos, el Mesón del Campo del Toro, es un auténtico museo taurino lleno de cuadros, esculturas, trajes de luces, carteles… y de toros, claro.

De todas formas, de todos estos locales de ambiente taurino el que mí más me gusta está lejos de la plaza. Es una pequeña taberna escondida en una callejuela del casco histórico, con unas tapas que están entre las mejores de Zaragoza y un nombre de lo más taurino: Los Victorinos (C/ José de la Hera, 6).

Fotografías, carteles auténticos de Fiestas del Pilar de hace muchos, muchos años, cabezas de toros… y unas tapas que están de rechupete

Ya que estamos hablando de toros, hablemos también un poco de toreros y concretamente de dos, cuyas tumbas están en el cementerio de Torrero. Los dos murieron en la plaza, los dos siendo jóvenes y con muy pocos años de diferencia.

La tumba de Florentino Ballesteros ya no tiene el busto de bronce del torero. Lo robaron el pasado noviembre

Florentino Ballesteros murió en 1917 después de una cogida en la plaza de Morón. Tenía una extraordinaria carrera por delante, y de hecho aquel año tenía firmadas 60 corridas y compartía cartel con Joselito y Belmonte. Su entierro fue una enorme demostración de duelo popular, porque la ciudad lo consideraba como a un hijo y viceversa (se había criado en el Hospicio Pignatelli, al lado de la plaza de toros). Su historia me recuerda a la de aquella copla que le compusieron Quintero, León y Quiroga a la Piquer en los años 50: Romance de valentía.

En cuanto a Herrerín, que se llamaba Jaime Ballesteros pero no era familia suya, había muerto en 1914 siendo todavía novillero. Los dos fueron rivales en los ruedos, pero sus tumbas están a pocos metros la una de la otra y las calles que la ciudad les dedicó también están juntas. ¿Dónde? Sólo os diré que están por el barrio de Las Fuentes.

La afición, representada como una mujer, llora a los pies de la tumba de Herrerín

La historia de Herrerín me recuerda a una canción de la época, que nuestra paisana Raquel Meller hizo famosa en el mundo entero: El relicario. Cuenta la historia de un torero… pero, casi mejor, oigámosla a ella.

Al lado de la plaza de toros, en lo que fueron los talleres del Hospicio Pignatelli (que se situaba en el edificio de la Real Casa de Misericordia), está el Museo Pablo Serrano (Instituto Aragonés del Arte y la Cultura contemporáneos), donde entre otras cosas se conserva una gran parte de la obra del escultor. ¿Y sabéis lo que tenemos? Pues toros, claro, pero eso sí, muy diferentes.

Entre los dos pequeños toros de arriba y el de abajo, de casi dos metros de altura, hay enormes diferencias. Para empezar, el material. Los dos de arriba, de poco más de 20 centímetros, están hechos con materiales tradicionales y nobles: piedra negra y bronce dorado. El de abajo está hecho con chatarra, lo que Pablo Serrano llamaba Hierros encontrados y soldados, o también Ordenaciones del caos, porque a partir de todo tipo de materiales que se encontraba en cualquier sitio (desde una chatarrería hasta el Vesubio) creaba algo nuevo. Los dos primeros son suaves, con superficies pulidas que apetece acariciar, mientras que el otro está hecho con chatarra oxidada, cortante, afilada… Pero hay una similitud entre las tres piezas: ninguna es una escultura abstracta. Las tres representan, aunque sea de forma muy distinta, algo que podemos reconocer e identificar, en este caso un toro, mientras que una obra abstracta no representa nada en concreto, aunque al mirarla podamos creer ver algo en ella (más o menos como cuando miramos las nubes y les encontramos parecidos con diferentes cosas).

En algún lugar del alero del patio del Museo Pablo Gargallo está el signo de Tauro

Por cierto, en otro museo zaragozano, el dedicado al gran Pablo Gargallo, hay otro toro, pero no es una de sus esculturas, sino que lleva ahí desde el siglo XVII, nada menos. En el alero de madera del patio se representa un zodiaco completo, con el signo de Tauro incluido, claro. No os pongo foto de detalle para no daros demasiadas facilidades, y que os animéis a ir a verlo en directo.

El toro de Osborne sobre el desierto

Hay muchísimos toros más en Zaragoza, pero… fuera de la ciudad también, y no muy lejos, porque en la provincia hay cinco toros de Osborne: Alfajarín, la Muela, Calatayud, Monreal de Ariza y Pina de Ebro. El toro de Osborne nació en 1956 para promocionar el brandy Veterano, pero hasta 1962 no se empezaron a fabricar las siluetas metálicas de 14 metros de altura que pronto se convirtieron en parte fundamental del paisaje español (y mejicano, ¿eso lo sabíais?). Si queréis conocer su historia, pinchad aquí. Hoy quedan 90, declarados Bien de Interés Cultural, y no sé a vosotros, pero a mí me encanta ir encontrándomelos de vez en cuando. No sólo me parecen espectaculares, sino que hacen que me sienta en casa. Y eso… no tiene precio.

El toro de Osborne es un protagonista más de “Jamón, jamón”, rodada cerca de Zaragoza

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¿Alguna vez has visto un león con alas, un libro entre las patas y una aureola alrededor de la cabeza? Pues si cumple todos o casi todos esos requisitos no hay duda, es el león de San Marcos, y hay grandes posibilidades de que estés en Venecia. ¿O no? Pues no siempre, porque en Zaragoza también lo puedes encontrar.

El león de San Marcos, tan campante en un edificio zaragozano

Eso sí, está en un lugar que tiene cierta vinculación con Venecia, porque el edificio lo construyó la compañía de seguros “La Adriática”, y el Adriático es el mar que baña las costas de la ciudad de los canales. La cuestión es que esta empresa acostumbraba a construir sedes monumentales en cada una de las ciudades donde operaba. Se quedaba con las plantas que necesitaba y posteriormente alquilaba o vendía los bajos para locales comerciales y el resto para viviendas. Seguro que, aunque no lo sepáis, habéis visto algunos de los edificios que “La Adriática” construyó por España. Os pongo algún ejemplo y veréis como sí, porque habitualmente son edificios monumentales, que no pasan desapercibidos y que están en lo mejor de cada ciudad.

Madrid, en la Gran Vía con la plaza del Callao

El de Madrid está en plena Gran Vía, y era la sede central de la compañía. Es de los años 20, como el de Sevilla, que a mi me gusta mucho más. Está en la Avenida de la Constitución, en la esquina frente al Ayuntamiento, y en los bajos se sitúa un clásico de la ciudad: la confitería Filella.

La Sevilla en la que se construyó la plaza de España y todos los edificios del parque de María Luisa es la que vio nacer el edificio de “La Adriática”

Hay otros edificios de “La Adriática” repartidos por España, pero en este caso yo creo que el de Zaragoza gana por goleada. En pleno Coso, es moderno, elegante, airoso, monumental… lo tiene todo. A mí, desde luego, es uno de los edificios que más me gustan de nuestra ciudad.

El primer rascacielos zaragozano. Sólo tiene 50 metros, pero tiene todo el garbo de los primeros rascacielos americanos. Si no fuera porque está situado entre una estupenda iglesia barroca y un palacio renacentista más estupendo aún, podríamos pensar que estamos en el Chicago o el Nueva York de principios del siglo XX

Se terminó en 1952 y encaja perfectamente en un entorno muy monumental, con la iglesia de la Mantería, la Audiencia, el edificio de los Escolapios… En cualquier caso, a nosotros lo que nos interesa hoy es el león. ¿Os habíais olvidado de él? Pues está justo sobre la cornisa donde empieza el segundo cuerpo del edificio, en la parte central (encima del arco, por si aún no lo habéis visto). Y es un león perfectamente veneciano, aunque le falte el nimbo alrededor de la cabeza.

El león, tan feliz sobre la cornisa

Zaragoza…

y Venecia


El león de San Marcos sobre una de las dos columnas de la piazzetta de Venecia

La idea de representar a San Marcos como un león con alas viene ni más ni menos que del Apocalipsis. Ya sabéis, se abre el libro de los siete sellos, llegan los cuatro jinetes, la gran ramera de Babilonia… en fin, un festival, y en medio de todo el follón hay cuatro personajes alrededor del trono de Dios, alabándole: un águila, un ángel, un león y un toro (estos dos con alas también). Cada uno de ellos se acabó identificando con uno de los cuatro evangelistas, y a San Marcos le correspondió el león. ¿Por qué? Pues a lo mejor porque su Evangelio comienza hablando de San Juan Bautista como la “voz que clama en el desierto“, y se ha identificado esa voz con el rugido de un león. O a lo mejor no.

“Pax tibi, Marce, evangelista meus. Hic requiescet corpus tuum”. O sea, “La paz sea contigo, Marcos, mi evangelista. Aquí descansará tu cuerpo”

Por cierto, que el león de San Marcos lleva muchas veces entre las garras un libro con el principio de una frase, que no es la primera de su Evangelio, para nada. Es la que se supone que le dijo un ángel cuando estaba por la laguna de Venecia (la ciudad no existía aún, así que no pudo hacer el guiri dándose el típico paseo en góndola o comprando máscaras). Aunque claro, también hay gente que dice que eso se lo inventaron los venecianos después. En fin, que maliciosos con ganas de malmeter no faltan nunca. ¿A quién se le ocurre pensar eso de los venecianos, que eran buenísima gente, y tan, tan honrados?

Esculturas, relieves, cuadros… por todas partes, en Venecia, aparece el león con su libro

Primera cuestión: un ángel le dijo a San Marcos que su cuerpo descansaría donde luego se levantó Venecia. Segunda cuestión: una tradición cuenta que él fue el primer cristiano que llegó a Alejandría, allá por los años 60 (los del siglo I d.C., claro) y acabó siendo el obispo de esta ciudad. Allí quedó su cuerpo hasta que unos 800 años después, año arriba, año abajo… llegaron por allí unos mercaderes venecianos. Ni cortos ni perezosos decidieron robar el cuerpo del santo (para cumplir con la profecía del ángel, claro, no por otra cosa) y se lo llevaron a Venecia. Y claro, como Alejandría por aquel entonces (corría el año 828 d.C.) era musulmana, metieron el cuerpo en un cargamento de carne de cerdo, y a los musulmanes ni se les ocurrió registrarlo (aparte de que me imagino que las reliquias de San Marcos a ellos les daban un poco igual, vamos, digo yo).

Tintoretto, el extraordinario pintor veneciano del Renacimiento, representó en estos dos cuadros que se conservan en la Galería del Academia de la ciudad el hallazgo y el robo del cuerpo de San Marcos (que, para haber pasado casi 800 años desde su muerte, se conservaba estupendamente, para qué vamos a decir otra cosa)

Descubrimiento del cuerpo de San Marcos en Alejandría

Robo del cuerpo de San Marcos por los mercaderes venecianos

Cuando los mercaderes llegaron a Venecia le entregaron el cuerpo al Dux (el “jefe” de la Serenísima República), y fue entonces cuando se empezó a construir la maravillosa basílica de San Marcos que aún se puede visitar hoy.

Hemos visto el león de San Marcos en el edificio de la Adriática, pero la relación de Zaragoza con Venecia va mucho más lejos. Muchos os acordaréis del cine Venecia, habréis paseado por los pinares de Venecia, a lo mejor vivís en la calle Venecia o compráis en Puerto Venecia…

En realidad, el origen de todo esto está en el Canal Imperial, por el que navegó durante muchos años una góndola a la que se llamaba “El cisne del Canal”. Y claro, tanto éxito tuvo que la gente llamaba a aquella zona “la pequeña Venecia”, con su canal, su góndola… no faltaba de nada. Y claro, tanto con Venecia arriba y abajo… hoy tenemos un Stadium Venecia, los pinares se siguen llamando así y la calle Venecia continúa en su sitio, aunque el cine ya desapareció. Eso sí, que sepamos nunca se han visto por allí leones con alas, pero… tiempo al tiempo.

El Cisne del Canal, nuestra góndola particular, hacia 1900

Pero es que aún hay más. Resulta que en 1876 se fundó una de las empresas más importantes de la historia de Zaragoza, y no os vais a creer cómo se llamaba. ¿Lo adivináis? Pues claro, “La veneciana”, fundada por Basilio Paraíso, el de la plaza Paraíso. ¿Y por qué se llamó así? Pues porque fue la primera empresa española especializada en la fabricación de vidrio, vidriera artística y espejos, y el prestigio de Venecia en estos temas era incuestionable (¿quién no ha oído hablar del cristal de Murano?). Pura estrategia de márketing que se llevó hasta las últimas consecuencias, pues cuando en 1908 llegó la Exposición Hispano-Francesa, ¿os imagináis cómo era el pabellón de “La veneciana”?

¿Veis asomar la punta de la góndola?

Estaba construido sobre un pequeño canal artificial, en el que había hasta góndolas, para que no faltara de nada (si os fijáis bien, debajo del puente sobre el que está construido el pabellón asoma la punta de una de ellas). Al fin y al cabo su propietario había sido el principal impulsor de la Exposición Hispano-Francesa, y una empresa tan pujante (que aún existe, con el nombre de Saint Gobain – La veneciana) podía y debía permitirse estos lujos. Por cierto, y ya para acabar, obras suyas hay por toda España, pero os pongo un ejemplo que seguro que conocéis: las vidrieras de la Casa Solans, en la Avenida de Cataluña.

El chalet que Juan Solans se construyó al ladito de su fábrica de harinas también tiene su punto veneciano, como tantas cosas en Zaragoza

Por cierto, y ya con esto acabo: Juan XXIII, que antes de ser Papa fue Patriarca de Venecia, murió bajo el manto de la Virgen del Pilar porque él mismo lo pidió. Y también antes de ser Papa estuvo en nuestra ciudad (aún os diré más, durmió en el Colegio Mayor Miraflores). ¿Qué os parece? ¿Sorprendente? ¿Os ha parecido interesante la historia del león de San Marcos?

Si queréis saber mucho más sobre la fauna que vive en los edificios, las calles y las plazas de Zaragoza podéis apuntaros los sábados de julio a las 19’30 a la actividad para familias con niños UN SAFARI A LA FRESCA. Si queréis más información o reservar llamadnos al 976207363 o entrad aquí.

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San Roque delante del retablo de San Pablo, preparado para salir en procesión por las calles del barrio del Gancho

Eso de “la pareja del verano” no viene de ahora, ni mucho menos. Es un invento tan viejo que una de las dos parejas estrella año tras año es la formada por la Virgen y San Roque (15 y 16 de agosto). La otra, la de Santiago y Santa Ana (25 y 26 de julio). A todos nos encantan, porque son sinónimo de fiesta, verbena en el pueblo, baile agarrao, unos vinos de más, risas con los amigos de siempre y todas esas cosas que hacen que la vida merezca la pena. Eso sí, como la cosa va de bichos nos quedaremos con San Roque. Bueno, con San Roque y su inseparable perro, que también forman una de las parejas más estables de todo el santoral. O perra, que esto no está muy claro. En Calatayud, de donde San Roque es patrón, dicen que era perra y se llamaba Rouna (y de ahí el nombre de una de las peñas).

San Roque saliendo de la iglesia de San Valero, en las Delicias

San Roque está presente en varias iglesias zaragozanas, como San Pablo o San Valero (de estas dos salen procesiones el 16 de agosto). Sin embargo, creo que no hay ninguna iglesia dedicado al santo en Zaragoza, aunque tiene plaza, y eso no lo puede decir todo el mundo. Y no en cualquier sitio, no: en pleno Coso, delante del colegio de las Escolapias. Allí estaba el arco de San Roque, ya desaparecido como tantos en nuestra ciudad.

El arco de San Roque estuvo ahí, viendo pasar el tiempo, hasta 1942

El arco estaba pegado al convento de Santo Tomás de Villanueva, al que pertenece la iglesia de la Mantería, sobre lo que hoy es la calle Teniente Coronel Valenzuela. ¿Y por qué se llamaba así? Pues porque San Roque era el patrón del gremio de los manteros, que estaban instalados en esta zona. Y muy cerca de allí, en la parroquía de San Pablo, se fundó en 1876 (aunque la devoción es mucho más antigua) la archicofradía de San Roque, que hoy sigue organizando la fiesta en honor del santo cada 16 de agosto.

San Roque saliendo a la calle

Ese día la imagen sale a la calle en procesión y se reparte el pan bendito. El resto del año se conserva en una hornacina que está al lado de la sacristía, así que si os animáis a pasaros por allí un día de estos podréis ver esta estupenda imagen del siglo XVII. Y para que no tengáis que esperar hasta el próximo 16 de agosto aquí tenéis un vídeo con imágenes de la procesión.

¿Quién era este San Roque para ser tan popular? Pues parece que allá por 1295 nació en Montpellier, así que le pasaría aquello de la canción:

Asombróse un portugués

al ver que en su tierna infancia

todos los niños de Francia 

supieran hablar francés.

Arte diabólico es,

dijo arrugando el mostacho,

que un hidalgo en Portugal

llega a viejo y lo habla mal,

y aquí lo parla un muchacho.

¿Queréis oirlo en la voz de la Niña Pastori? Pues pinchad aquí, y disfrutad de “El portugués”.

El caso es que el pequeño Roque, que es a lo que íbamos, no sólo hablaba francés desde siempre, que eso en Montpellier no le llamaba la atención a nadie, sino que nació con una cruz roja en el pecho, y eso sí que les impresionó bastante, que prodigios así no se veían todos los días. La cuestión es que pronto se quedó huérfano, y en vez de dedicarse a vivir de las rentas vendió la herencia de sus padres y la repartió entre los pobres. Decidió entonces marcharse de peregrinación a Roma, y pronto se hizo famoso por que tenía mano de santo para curar a los enfermos de la peste. Y claro, de tanto tentar a la suerte paso lo que tenía que pasar, que él mismo se contagió y se tuvo que retirar a un bosque para no infectar a otros. Si a eso le sumamos que había recibido un flechazo en la pierna, debía de estar el pobre para pocos trotes, la verdad. ¿Os lo imagináis allí solo, enfermo, sin comida ni nadie que le cuidara? Pues no os preocupéis demasiado, que ahora es cuando aparece el perro. Ya le estabais echando en falta, ¿no? Pues ya llega, tranquilos.

San Roque va vestido como un peregrino, con el sombrero a la espalda, una bolsa en bandolera, el bastón, las botas… y su inseparable perro con el pan en la boca. Ah, y la herida de la flecha en la pierna, que se me olvidaba.

Resulta que un perro descubrió a Roque en medio del bosque y a partir de entonces cada día robaba un panecillo de la mesa de su amo, un hombre rico que, un día, ya un poco mosqueado, decidió seguirlo. Asombrado, se llevó a Roque a su casa, le alimentó (que no sólo de pan vive el hombre) y le curó. Eso sí, parece que el que le curó definitivamente fue un ángel, que aquel señor (Gottardo Pallastrelli, para más señas) de medicina debía saber más bien poco. La cuestión es que a pesar de que su vida está envuelta por las brumas de la leyenda y hay más dudas que certezas, es todavía hoy un santo de lo más popular, y a lo largo de los siglos se le ha pedido protección sobre todo en caso de peste. Si en la iglesia de tu pueblo hay una imagen suya, es más que probable que en algún momento, hace siglos, le invocaran para que les salvara de alguna epidemia, le sacaran en procesión… como hoy se sigue haciendo en tantos lugares.

¿Os ha parecido interesante la historia del perro de San Roque? Pues si queréis saber mucho más sobre la fauna que vive en los edificios, las calles y las plazas de Zaragoza podéis apuntaros el domingo 19 de mayo a nuestra ruta “Un safari en Zaragoza” a un precio muy especial con motivo del DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí.

 

Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El caballo de Palafox 

El caballito de la Lonja

Los ¿delfines? de Neptuno

Los gallos de las veletas… y algún otro

El león del Batallador

El tocinico de San Antón

La cierva de San Gil

Los camellos de la Seo

El dragón de San Jorge

Leones de colores

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¿Os acordáis del caballito de la Lonja? Pues bien, aquí tenemos un caballo, un señor caballo. Serio, solemne, con su pata levantada y la mirada al frente… vamos, un caballo como Dios manda. Estamos en la Plaza José María Forqué, en pleno centro de Zaragoza, y aquí está el único retrato ecuestre de tamaño monumental que hay en nuestra ciudad (el que hubo dedicado a Franco en la Academia General Militar ya se retiró, y el de Alfonso I el Batallador en el cabezo del Parque no se llegó a hacer a caballo por problemas de presupuesto). Si no lo conocéis, ya tenéis una excusa para daros un paseo hasta allí esta misma tarde.

112 años después del primer Sitio se levantó, por fin, el monumento a Palafox

Ya en septiembre de 1808, después del primer Sitio, se quiso levantar un monumento a Palafox en la plaza del Pilar, pero… a veces las cosas de palacio van muy, muy, muy despacio, y hasta diciembre del 2.000, unos 112 años después, no se consiguió. Lo cierto es que al acabar la Guerra la cosa no estaba como para pensar en monumentos, así que Palafox debió de pensar que si quería un homenaje lo mejor era buscarse la vida. ¿Qué hizo? Pues encargarle a Goya que le hiciese un retrato como general victorioso montado a caballo.

Palafox cabalgando por el Museo del Prado

Hasta aquí todo normal. Goya pintó el retrato, pero cuando fue a cobrarlo… Palafox no andaba muy sobrado de liquidez, y pretendió darle largas, pedirle que le hiciera un precio… Eran malos tiempos para todos y el pintor no estaba dispuesto a regalárselo, así que la cosa se fue alargando, alargando, y en 1831, 17 años después, el cuadro todavía estaba en poder del hijo de Goya. Acabaría en el Museo del Prado, donde está hoy, y sirviendo como modelo para el retrato del general en el monumento a los Sitios que hizo Agustín Querol en 1908.

Palafox sobre su caballo, junto al pueblo zaragozano

El monumento es uno de los mejores de nuestra ciudad, lleno de detalles de una enorme calidad plástica. Si quieres apreciarlos lo mejor es darte una vuelta por la Plaza de los Sitios, pero también puedes pinchar aquí antes o después de ir, para que no se te escape nada. Seguro que además del caballo de Palafox encuentras otros animales.

Si váis a la Plaza de los Sitios podréis ver a Palafox también en los medallones de la fachada del Grupo Escolar Gascón y Marín (como uno de los ejemplos que se ofrecían a los alumnos cada mañana cuando iban a clase, junto a Goya, Damián Forment o Ricardo Magdalena), y cerca está su escultura presidiendo la escalera del edificio de Capitanía, pero monumento, lo que se dice monumento dedicado en exclusiva a Palafox… na de na. Hasta que en 1985 se creó la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza”, que se propuso como uno de sus objetivos fundamentales sacarlo adelante. El escultor Iñaki diseñó la escultura después de una gran cantidad de bocetos. La fundición fue financiada por quince empresas diferentes (que de alguna manera representan al conjunto de la ciudad) y el pedestal por el Ayuntamiento. ¿Os hacéis una idea de su tamaño? Pues sólo os daré un par de datos: el caballo con su jinete miden 4’80 metros de altura, y pesan 2.500 kilos, que se dice pronto.

Por cierto, ¿este monumento es el último que la ciudad le ha dedicado a Palafox? Pues no, porque en el año 2008, bicentenario del inicio de los Sitios, Zaragoza le hizo un regalo maravilloso convirtiéndolo en uno de los personajes de la comparsa de Gigantes y Cabezudos. Y eso, en Zaragoza, sí que es subir al Olimpo al que han llegado muy pocos elegidos, porque la comparsa cuenta “otra” historia de nuestra ciudad, la más entrañable, la más cercana, la que más nos toca las fibras sensibles y la que durará para siempre. ¿Y no os parece que una ciudad en la que el pasaporte a la inmortalidad no te lo da una estatua de bronce sino un gigante de cartón tiene que ser muy especial? Pues sí, así es Zaragoza, ni mejor ni peor, pero desde luego distinta, peculiar, rara en el mejor sentido… Y qué queréis que os diga… ¡¡¡ME ENCANTA MI CIUDAD!!!

Pa’l Pilar sale lo mejor, y ya en el Pilar de 1808, entre el primer y el segundo Sitio, Palafox decidió que la comparsa saliera a la calle, que bastante pena tenía la gente como para quedarse sin sus Gigantes y sus Cabezudos

Si queréis saber mucho más sobre la fauna que vive en los edificios, las calles y las plazas de Zaragoza podéis apuntaros el domingo 19 de mayo a nuestra ruta “Un safari en Zaragoza” a un precio muy especial con motivo del DÍA INTERNACIONAL DE LOS MUSEOS. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí.

 

Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El perro de San Roque no tiene rabo

El caballito de la Lonja

Los ¿delfines? de Neptuno

Los gallos de las veletas… y algún otro

El león del Batallador

El tocinico de San Antón

La cierva de San Gil

Los camellos de la Seo

El dragón de San Jorge

Leones de colores

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El otro día los chicos de ZTV hicieron un reportaje sobre nuestro safari a la fresca. Aquí os dejo a nuestra Maribel hablando (por los codos, ella es así) de bichos, bichicos y bichejos.

 

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Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El perro de San Roque no tiene rabo

El caballo de Palafox 

El caballito de la Lonja

Los ¿delfines? de Neptuno

Los gallos de las veletas… y algún otro

El león del Batallador

El tocinico de San Antón

La cierva de San Gil

Los camellos de la Seo

El dragón de San Jorge

Leones de colores


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Ya vamos viendo que nuestra ciudad está llena de animales, pero aparte de los leones me da la impresión de que ninguno es tan abundante como los caballos. Y tan variado, porque los tenemos grandes, pequeños, de bronce, de madera, de acero, serios, festivos… Iremos hablando de ellos en diferentes días, pero de momento aquí tenéis el primero, seguramente el más famoso de todos. Y eso que no es un caballo sino un caballito, que no es lo mismo.

Casi nos podemos imaginar a Joselito montado y cantando “Doce cascabeles”

No es que un caballito sea más pequeño, las diferencias son más sutiles. Pensadlo un poco, puede haber caballos de 5 centímetros y caballitos como éste, que tiene un pelín más de un metro de altura. Pero los caballos son serios y formales, están metidos en su papel, y los monta un santo, un jefe indio, un rey… mientras que los caballitos son divertidos, y normalmente los montan niños o adultos que son como niños, que viene a ser lo mismo. Hoy la cosa va de los segundos, y concretamente de uno de cartón. El que Angel Cordero Gracia plantó junto a la Lonja allá por 1925 y no movió hasta 53 años después. Corrió mucha agua debajo del Puente de Piedra en todos aquellos años, y él hizo fotografías a miles de niños que pasaron por allí.

Estas ¿hermanas, primas, amigas? no quisieron perderse su foto con el caballito de la Lonja

Angel Cordero era un fotógrafo minutero. ¿Habíais oído la expresión? Pues es una cosa que suena muy antigua pero aún los hay. Se plantaban en plena calle (muchas veces aprovechando fiestas, ferias… en fin, esos momentos en los que el bolsillo va más suelto y la gente está más dispuesta a hacer cosas especiales) con un tenderete que incluía cámara y laboratorio de revelado, y en unos ocho minutos eran capaces de hacerte la foto, revelarla y positivarla para que te la llevaras calentita. Sólo necesitaban agua, porque lo demás lo traían todo puesto. Y claro, lo tenían todo para convertirse en personajes de la pequeña historia de un lugar, protagonistas de los recuerdos de aquella gente para la que hacerse una fotografía no era algo normal a lo que no se daba ninguna importancia, sino un momento muy, muy, muy especial que se vivía pocas veces en la vida.

Angel Cordero preparado para entrar en acción

Angel Cordero llegó a hacerse tan querido en Zaragoza que, cuando se retiró en 1978, se le echaba en falta. ¿Qué podíamos hacer? Pues justo lo que hizo el Ayuntamiento cuando trece años después encargó a Paco Rallo un caballito de bronce para colocarlo en el mismo lugar donde había estado el otro durante más de medio siglo. Así los niños podrán seguir haciéndose sus fotos montados en él, y aunque ya no haya un fotógrafo (últimamente todos llevamos uno dentro de nuestro teléfono móvil) seguirán siendo fotos con un aire antiguo y entrañable que se ha quedado pegado a ese lugar para siempre.

Os dejo con este video, que muestra a un fotógrafo minutero en acción. Quedan pocos, pero a lo mejor un día os encontráis a uno de ellos a la vuelta de cualquier esquina. Si eso ocurre, esconded vuestro teléfono móvil y poneos en sus manos. Seguro que viviréis una experiencia diferente, y lo que sale tendrá muchísimo más sabor.

¿Creíais que ya no existían fotógrafos minuteros? Pues aquí tenéis la prueba de que sí. Más o menos así sería el chiringuito de Angel Fernández Cordero. Todo portátil, para podérselo llevar a cuestas de lado a lado

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Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El perro de San Roque no tiene rabo

El caballo de Palafox 

Los ¿delfines? de Neptuno

Los gallos de las veletas… y algún otro

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Uno de mis rincones preferidos en Zaragoza es la fuente de Neptuno, y para allí nos vamos hoy. Porque además de Neptuno hay en ella cuatro estupendos delfines, o tritones, o no se sabe muy bien qué, un poco peculiares pero fantásticos.

Tiene cara de malote, pero es inofensivo

Pero vayamos un poco atrás en el tiempo, y luego mucho más atrás. Porque, como otros monumentos de Zaragoza, esta fuente tiene vocación viajera y ha pasado largas temporadas yendo de lado a lado de la ciudad, hasta encontrar su ubicación ¿definitiva?

Neptuno, cuando vivía en la plaza de España, o de San Francisco, o de la Constitución… que todos esos nombres ha tenido

Los viajes de Neptuno comienzan exactamente en la actual plaza de España, después de los Sitios. Los franceses, que desde que entraron en febrero de 1809 hasta el final de la Guerra de la Independencia pasaron unos añitos mandando en Zaragoza, decidieron que no podía ser que aquí no hubiera fuentes (nunca las hubo, porque en las casas había pozos y no eran necesarias), y encargaron una escultura del dios Neptuno para hacer una verdaderamente monumental (el dios de las aguas en una fuente era algo de lo más normal, y no hacía mucho que en Madrid se le había dedicado otra).

Ahí está el dios de las aguas con su tridente, viendo la vida pasar

El escultor de Alcañiz Tomás Llovet hizo su escultura, pero la guerra se acabó, los franceses se marcharon (por las malas, pero se marcharon) y de Neptuno no se acordó nadie más en una larga temporada. Volvió Fernando VII de Francia y fue un subidón, luego vino el bajón cuando se negó a firmar la Constitución, luego se sublevaron los liberales y tuvo que firmar, luego vinieron a ayudarle los Cien Mil Hijos de San Luis y otra vez dijo que nones… en fin, un follón. Y entretanto tuvo no una hija, sino dos, riquísimas las dos: Isabel y María Luisa Fernanda.

“Para eternizar el primer acto de fidelidad a Dª Isabel II como princesa de Asturias, Zaragoza 1833”

Y claro, como Isabelita era la mayor, en 1833 juró su cargo como princesa de Asturias, y ese mismo año se ponía la primera piedra de la fuente, que por eso se llamo… fuente de la princesa, claro.

Así se había quedado esta zona después de los sitios. Deshechica, que diría mi abuela

Pero vamos demasiado deprisa, porque… justo donde se iba a instalar la fuente, antes había habido algo. ¿Veis este grabado? Lo que hay al fondo son las ruinas del Hospital de Gracia (más o menos, lo que ahora sería la parte del Banco de España hasta el ex-Mc Donalds), y en medio del Coso… está lo que queda de unas columnas encima de un montón de escombros. Era la Cruz del Coso, un templete que mandó construir Fernando el Católico justo en el lugar en el que habían sido martirizados, según la tradición, Santa Engracia y sus compañeros, los Innumerables Mártires (dieciocho, concretamente). Ahí llevaba unos cuantos siglos, pero después de los Sitios quedó hecho un pingo, como gran parte de la ciudad.

El caso es que fue justo en ese lugar donde se levantó la fuente de Neptuno, y claro, a las mentes conservadoras de la ciudad no les hizo ninguna gracia que, justo en el lugar donde se había derramado la sangre de los mártires, se levantase una estatua de un dios pagano y medio desnudo. Y claro, no pararon, no pararon, hasta que consiguieron echar de allí al pobre Neptuno, que no tenía culpa de nada.

Mucho monumento para una sala plaza

¿Veis algo raro en la foto? A la derecha, la fuente de Neptuno. A la izquierda, el monumento a los Mártires, la Religión y la Patria (o sea, el que hay ahora) en plena construcción (el sector más de derechas de la ciudad, encabezado por el deán del Pilar, Florencio Jardiel, consiguió que tampoco el monumento al Justicia se construyese aquí). La fuente se inauguró en 1845 y estamos en 1903, así que si echáis cuentas veréis que no les costó mucho “espachar” de allí a aquel dios pagano que a algunos les resultaba tan provocador.

¿Quién diría que esto es la arboleda de Macanaz?

La fuente pasó una larga temporada desmontada en algún almacén municipal, hasta que se montó una temporadilla corta en la arboleda Macanaz, al lado del río. Se supone que allí Neptuno estaría a gusto, con tanta agua, pero nadie le preguntó al dios y otra vez se lo llevaron de allí, y esta vez a un destino que se supone definitivo. ¿O no? Nunca se sabe en esta ciudad.

¿Os imagináis a Neptuno poniendo los brazos en jarras y arrancándose con unas buenas jotas?

Lo cierto es que Neptuno, en el parque, está como en su casa. Con esas palmeras, el Huerva a sus pies, las cotorras que no paran… está como un dios, sí señor. ¿Y sus delfines? ¿O no son delfines? En realidad, qué más da. Algunos les llaman delfines, pero entre la tersura de la piel de un delfín, tan simpático y tan majete, y las escamas, la cola, las aletas y el gesto peligrosillo de estos de aquí… hay una diferencia. Tampoco son exactamente tritones, porque estos suelen tener cola de pez y cuerpo de hombre. Pero en fin, ¿a quién le importa? Siempre podemos preguntarles a ellos como prefieren que los llamemos, ¿no?

Si queréis conocer esta y muchas otras historias no os podéis perder nuestra visita sobre las “Historias del Parque Grande”, todos los sábados y domingos hasta el 7 de junio Si queréis saber más solo tenéis que entrar aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí. Y si queréis conocer más historias del Parque Grande…

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El gallo de la casa Marín Corralé, vigilando la calle Don Jaime (San Gil, de toda la vida)

A pesar de que el gallo volar, lo que se dice volar, vuela poco, estamos acostumbrados a verlos por las alturas. Nuestras ciudades están llenas de veletas con gallos de todos los tamaños, pero ¿qué hacen ahí? Es más, en Zaragoza nos nos privamos de nada y tenemos nuestro propio barrio del Gallo, y además aparecen en montones de capillas, retablos… ¿Qué han hecho los gallos para tener tanto protagonismo? Pues como siempre, la explicación está en alguna esquina de la Historia, así que… vamos a ver qué encontramos (eso sí, por si no tenéis ganas de leer y preferís oírlo aquí os dejo un podcast de la sección que tenemos todos los martes de verano en “Hoy por hoy” de Radio Zaragoza y a la que hemos llamado “Animalario zaragozano”).

Y lo primero de todo, y como la verdad sólo tiene un camino, es decir que los gallos se lo deben todo a San Pedro. No hay más. Así que abrochaos los cinturones, porque nos vamos de viaje al primer Jueves Santo. Jesús y los apóstoles se van a rebajar la cena dando un paseo hasta el monte de los olivos (también conocido como Getsemaní, que se vea que somos gente leída). Los apóstoles se duermen, Jesús se agobia (“Padre, aparta de mí este cáliz“), Judas llega con los soldados a prender a Jesús (por 30 monedas de plata, una de las cuales cuentan que se fundió con el bronce de la campana de Velilla, pero esto nos llevaría muy lejos y lo dejamos para otro día). El caso es que de pronto se arma el revuelo, a Pedro le sale el pronto ése que le pierde y le corta la oreja a Malco (no preocuparse, Jesús se la vuelve a poner en su sitio en un pispás). En fin, resumiendo, que los soldados se llevan a Jesús a casa de Anás, y luego de a la de Caifás. Y aquí es donde queríamos llegar.

San Pedro diciéndole a la criada de Caifás que no, que él pasaba por aquí

Ya en la cena Jesús le había dicho a Pedro: “Antes de que el gallo cante dos veces tú me habrás negado tres”. Hala, ahí queda eso. “¿Yooooooooooooooo? Imposible, pero imposible de toda imposibilidad”. Más le valía haberse callado al pobre, porque si tres le preguntaron en el patio de la casa de Caifás que si conocía a Jesús, a los tres les dijo lo mismo: “¿Yoooooooooooooo? Yo pasaba por aquí, de verdad de la buena”. El miedo es muy malo, y todos hubiéramos hecho lo mismo, no nos engañemos. El caso es que a la tercera va la vencida, y nada más contestar Pedro… el gallo cantó. El sofocón que se llevó el pobre hombre él sólo lo sabe.

En el Santo Entierro de Sevilla no podía faltar el gallo, claro que no. Por cierto, ¿que tienen que ver ese gallo y Sevilla?

Pero lo mejor viene ahora. ¿Qué fue del gallo? Siempre nos olvidamos de los personajes secundarios de las historias, pero de éste en concreto… algo sabemos. Y lo que sabemos es que no acabó guisado, sino incinerado. Sí, sí, lo que os cuento. Y lo sabemos porque resulta que mil quinientos y pico años después el Marqués de Tarifa se fue de peregrinación a Jerusalén y, como por aquel entonces la cosa era complicadilla, pues el hombre se pasó el resto de su vida contando la hazaña a todo el que le quiso oír. La cuestión es que no se vino de vacío, y se llevó para Sevilla… ¡¡¡Las cenizas del gallo!!! Repito: ¡¡¡LAS CENIZAS DEL GALLO!!! Sí, sí, hasta con negrita si hace falta: ¡¡¡¡LAS CENIZAS DEL GALLO!!!! No pongáis esa cara de incredulidad, gente de poca fe, que parece que tenéis alguna duda sobre su autenticidad. El caso es que las cenizas allí siguen, en la maravillosa Casa de Pilatos, que como todo el mundo sabe en Sevilla es el lugar donde Pilatos se alojaba cuando iba a pasar la Semana Santa (los sevillanos, que son gente sabia, siempre dicen que “menos mal que el jodío de Pilatos se lavó las manos, porque si no nos deja sin Semana Santa”; y estoy absolutamente de acuerdo con ellos)

¿Sabría Nati Abascal, cuando fue duquesa de Feria, en qué lugar exacto de su casa está la urna con las cenizas del gallo? Segurísimo, ella es una mujer sabia y estas cosas no se le escapan

Y llegamos a las veletas, que es donde habíamos empezado. ¿De dónde vino la costumbre de poner gallos en las veletas? Pues para esto tenemos que irnos al siglo IX, porque parece que fue el papa Nicolás I el que mandó poner un gallo coronando los templos para que siempre tuviéramos presentes las negaciones de Cristo (vamos, para recordarnos eternamente que si Pedro, nada menos que Pedro, fue capaz de negar a su Maestro, los demás éramos todos unos pedazo de pecadores como la copa de un pino). El caso es que de las iglesias pasaría a otros edificios, como las casas (al principio hemos visto una foto del torreón de la esquina de la casa Marín Corralé) y hasta los museos.

Ahí tenéis al gallo, sobre el tejado del Museo Pablo Gargallo, despertando cada mañana a los vecinos de la Plaza de San Felipe

En concreto, en el Museo Pablo Gargallo. Cuesta un poco verlo cuando uno está en la plaza (hay que alejarse bastante de la fachada, pero ahí está). No es una obra suya, pero en el interior del Museo tenemos la plantilla de cartón que él hacía antes de recortar las chapas de metal con las que montaba algunas de sus esculturas.

De todas maneras, si de veletas con gallo hablamos, hay en Zaragoza una que no podemos olvidar. No sólo corona una torre espectacular, sino que llegó a dar su nombre a todo un barrio: la Magdalena, el barrio del Gallo (por oposición a San Pablo, el barrio del Gancho).

La torre de la Magdalena, en pleno corazón del barrio del Gallo, con su veleta

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Resulta que en la Edad Media, cuando cualquiera que se preciase un poco tenía un escudo, se empezó a pensar cuáles serían las armas de Cristo. Y se llegó a la conclusión de que lo que mejor resumía su gloria eran los instrumentos de su Pasión, que se empezaron a representar en cuadros, retablos, relieves de capillas… cada vez más y más variados. La bolsa con las treinta monedas, la escalera para descolgarlo de la cruz, los dados con los que se jugaron sus vestiduras, la lámpara que llevaban los soldados que subieron a buscarlos al monte de los olivos, los clavos y el martillo para clavarlo a la cruz, el látigo y la columna… y el gallo, claro. Están representados en muchos sitios, pero a mí me encantan los que hay en la Seo, concretamente el de la capilla del Santo Cristo.

¿Cuánto hace que no estáis en la Seo? A lo mejor es hora de que volváis . Una cacería de gallos es una excusa tan buena como otra cualquiera

En el trascoro (o sea, en la parte de atrás del coro) de la Seo hay una estupenda capilla. En ella aparece un Calvario y coronándola Cristo resucitado, rodeado de ángeles con los instrumentos de la Pasión (la columna, por ejemplo). Pero además, y esto es lo que nos interesa, se hizo un zócalo de piedra negra de Calatorao (que en la foto queda justo detrás de los bancos) en el que se representaron, con piedras de otros colores, las monedas, el farol, la túnica de Cristo… y nuestro gallo. ¿Por qué no os acercáis a verlo un día de estos? Seguro que encontráis muchas más cosas de las que imaginabais.

No sólo de veletas viven los gallos, tienen muchas más salidas profesionales

Ya para acabar, un último gallo: el del reloj de la Seo. Porque el gallo también se asocia con la puntualidad, con el día que llega y trae la luz (que vence a las tinieblas, igual que Dios vence sobre el demonio, y por eso el gallo se utilizó desde muy pronto para representar a Cristo), con la vigilancia (contra el pecado, p.ej.)… pero de eso hablaremos en nuestro “Safari en Zaragoza, porque este gallo del reloj es lo primero que vemos en nuestro recorrido.

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Tarde de toros

El león de San Marcos, un trozo de Venecia en Zaragoza

El perro de San Roque no tiene rabo

El caballo de Palafox 

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En diciembre de 1118 un rey con nombre de calle, Alfonso I el Batallador, entraba en la Saraqusta musulmana, conocida desde entonces como Çaragoça por los cristianos. El rey siguió por todo el valle del Ebro venga a conquistar más territorios y por eso le llamaron Batallador. Eso sí, los problemas no se limitaban a batallar y conquistar, sino que había que organizar todo aquello, conseguir que hubiera población para trabajar las tierras (muchos musulmanes se quedaron, pero muchos otros se fueron hacia el sur para no vivir en tierra de cristianos), impedir que los musulmanes volvieran a conquistarlo… en fin, un no parar. Tanto jaleo tenía el rey que se olvidó de su misión principal, tener un hijo, y cuando murió no tenía heredero. Y como era un caballero cristiano de los pies a la cabeza decidió dejarle el reino a las órdenes militares (la orden de San Juan, de la que dependía el Hospital de San Juan de Jerusalén, la del Temple…).

El Batallador mirando las tierras que ha conquistado

Aquello era imposible, así que a las órdenes hubo que darles compensaciones para que se quedaran tranquilas y no dieran mucho mal. ¿Por qué creíais que en Zaragoza hay una calle del Temple? Pues por eso, porque allí los templarios tuvieron propiedades. Y la Zuda se llamó Zuda del Hospital, porque toda esa parte y la iglesia de San Juan de los Panetes eran de los Hospitalarios, y así sucesivamente. La cuestión es que una vez que tuvieron claro que el testamento del rey estaba para no cumplirlo hubo que buscar a alguien, y todos pensaron en el mismo: Ramiro. ¿Y quién era Ramiro? Pues os lo presento rápidamente.

En principio no tenía por qué haber problema, pero… Ramiro era monje. Claro, era el pequeño de tres hermanos y ni se imaginaba que alguna vez le pudiera tocar reinar, pero su hermano mayor, Pedro, murió sin hijos; le sucedió su hermano mediano, Alfonso, que también murió sin hijos, y claro… como ninguno de los anteriores había hecho los deberes (porque la primera obligación de un rey es asegurar un heredero, o a ser posible más de uno) le toco a él. Lo malo es que como no tenía experiencia de gobierno al principio los nobles se le subían a las barbas, aunque él pronto tomó medidas y organizó el famoso episodio de la campana de Huesca.

La cuestión es que el rey estaba ocupado con tantas cosas a la vez (también tenía que buscar mujer para asegurarse un heredero urgentemente, porque ya no había otro hermano de repuesto) que no podía estar a todo, y los musulmanes amenazaban las fronteras del Reino. Tan fea se puso la cosa que fue el rey de León el que tuvo que entrar en Zaragoza para evitar que la ciudad cayera en sus manos. La ciudad siguió un tiempo bajo protección castellana y luego volvió a Aragón, pero de aquello le quedó algo. ¿Os imagináis el qué? Pues claro, el león de su escudo, que aún sigue ahí casi 900 años después.

Volviendo a Alfonso I el Batallador, el caso es que mucho tiempo después la ciudad seguía recordándolo, y cuando en la segunda mitad del siglo XIX el alcalde Candalija consiguió abrir una calle amplia, recta y de empaque que llevaba hasta el Pilar se le dio su nombre. Y por aquel entonces el pintor Francisco Pradilla (nacido en Villanueva de Gállego y famoso en toda España) pintó su retrato para el salón de plenos del Ayuntamiento.

Alfonso I el Batallador sitiando Saraqusta y calculando cuánto tardarán los musulmanes en entregarla

Unas décadas después, en 1918, se cumplía el VIII centenario de todo aquello, y se creó una Junta para celebrarlo que decidió encargar un gran monumento. Salieron varios nombres de escultores ilustres, como el valenciano Mariano Benlliure (que tenía en Zaragoza monumentos como el de la plaza del Portillo), pero finalmente el que se llevó el gato (bueno, el león) al agua fue un zaragozano, José Bueno. A lo mejor el nombre no os dice gran cosa, pero hizo muchas esculturas que seguro que os resultan familiares.

Os suena, ¿no? Está a la entrada del Paseo de la Constitución y el Paseo de la Independencia, y no la despiertan ni los coches, ni las obras, ni el tranvía

El caso es que José Bueno presentó dos proyectos, uno con el rey a caballo (hubiera sido una escultura de bronce) y otro inspirado en el retrato de Pradilla, que sería de piedra. Se eligió el segundo y se pusieron manos a la obra, aunque no creáis que la cosa fue una balsa de aceite, que no. De hecho José Bueno sólo hizo el modelado de la escultura en su tamaño definitivo (seis metros y medio de altura, que se dice pronto), mientras que otro escultor hizo el vaciado en escayola y otro la pasó a mármol de Carrara.

Ahí está el Batallador, dominando la ciudad desde las alturas

En una revista que se estrenó en la época aparecía el rey quejándose de la postura que le tocó en suerte, todo el día de pie:

Me canso de estar de pie, mas así me esculpió Bueno

y eligiendome terreno entre Areyzaga y Allué.

Maligno el odioso mote de muchachos deslenguados,

que me llaman “Rey de espadas” escapado de un guiñote.

El Batallador según David Guirao, uno de los mejores ilustradores de Aragón

La parte arquitectónica del monumento la diseñó Miguel Angel Navarro (hijo de Félix Navarro, el arquitecto del Mercado Central, y autor de cosas tan diferentes como el Colegio Joaquín Costa, la casa Solans, la ciudad jardín, las dos últimas torres del Pilar…). Sólo faltaba para completar el conjunto el león.

El león es una gran pieza de bronce fundida en los talleres de Averly a partir del molde hecho por el comandante de infantería Virgilio Garrán, que también era pintor aficionado. La pieza se fundió y estuvo año y medio medio olvidada en el jardín de la fundición, hasta que finalmente se colocó en 1927, con lo que se dio el monumento por acabado.

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Los ¿delfines? de Neptuno


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