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Archive for the ‘Cena napolitana’ Category

Hoy me he levantado con ganas de música, de fiesta y de verbena, que aún queda verano por delante. Y aquí estoy dándole vueltas a una pregunta esencial para la Humanidad. ¿Cuál es la canción italiana más famosa de todos los tiempos? Seguro que cada uno de vosotros tiene una respuesta, pero hay algunas en las que coincidiríamos todos:

  • Felicitá” – Cuando aún eran felices y comían perdices, Al Bano y Romina ganaron el segundo premio en San Remo con esta canción en 1981.
  • Azzurro” – Aunque no la compuso, Adriano Celentano fue quien la hizo famosa en 1968. Todavía sigue triunfando de verbena en verbena.
  • Nel blu dipinto di blu” – conocida universalmente como “Volare” (más bien, “Volare o-o-o-o“). Domenico Modugno, el padre de los cantautores italianos, ganó con ella el festival de San Remo en 1958.
  • Torna a Surriento” – se compuso en 1902 para la visita a Sorrento del presidente del consejo de ministros (con la intención de ablandarle el corazón y sacarle algún favorcillo). Os dejo una versión popular.
  • O sole mio” – pocas canciones compuestas en 1898 tienen tan buena salud. La ha cantado todo el mundo, pero el que más famosa la hizo fue ni más ni menos que Enrico Caruso, el grandísimo tenor.
Podría haber otras en esta selección, pero no me negaréis que estas cinco son conocidas en el mundo entero. Pues bien, dos de ellas, probablemente las más famosas (junto con “Volare“, todo hay que decirlo) son canciones populares napolitanas, con más de un siglo de antigüedad y una salud de hierro. Y eso que, intencionadamente, no he puesto ninguna de Renato Carosone, como “Questa piccolissima serenata” o “Tu vuo fa l’americano“, que desde luego se lo hubieran merecido… En fin, y aquí es donde quería llegar yo: decir “canción italiana” es, la mayor parte de las veces, decir Nápoles.
Y es que Nápoles es la verdadera Italia. O por lo menos la de los tópicos que todos tenemos en la cabeza y que no tienen nada que ver con la gris e industriosa Milán. Nápoles es música, desde la ópera (especialmente si la canta el napolitanísimo Enrico Caruso) hasta la canción más popular.

Polichinela

Canciones populares napolitanas hay ya desde la Edad Media, pero no será hasta el siglo XVII cuando nazca la tarantela (un baile de movimientos muy vivos cuyo nombre parece que viene de la ciudad italiana de Tarento, y no de la creeencia de que bailarla era la única curación posible para una locura que producía la picadura de la única gran araña europea, la tarántula). La tarantela ya tiene la primera característica de la mayoría de las canciones napolitanas: es alegre y vitalista. Para que lo comprobéis, aquí os dejo una compuesta en el siglo XIX por Rossini.
Segunda característica: son canciones para cantar en solitario, generalmente por un hombre. Y aquí la influencia hay que buscarla en las arias de ópera, los momentos en los que los cantantes se lucían cantando en solitario. La ópera buffa (de argumento cómico) había nacido en Nápoles en el siglo XVIII, y por influencia suya las canciones populares se volvieron mucho más teatrales (todo en Nápoles es teatral: no hay más que ver cómo gesticulan compradores y vendedores en cualquier mercado).
Seguimos con la ópera, porque el que hizo famosa la canción napolitana en todo el mundo fue el grandísimo tenor Enrico Caruso, que las grabó en disco y solía cantarlas en el Metropolitan Opera House de Nueva York cuando le pedían bises. Para que quede claro que la relación con la ópera sigue viva, aquí tenéis a Pavarotti cantando mi preferida: “Funiculi, funicula“. La canción se compuso en 1880, cuando se inauguró el funicular. ¿Os imagináis toda esa gente con sus sombreros, tan elegantes, y silbando aquello de “funiculí, funiculá, funiculí, funiculá…“?
En 1830 ocurrió algo fundamental: nació el festival de canciones napolitanas de las fiestas de Santa Maria di Piedigrotta (muchísimo antes que San Remo o Benidorm, que nacieron en 1951 y 1959 respectivamente). En aquella época el nacimiento de las editoriales permitió que se rescataran del olvido montones de canciones, que los músicos ambulantes cantaban por la calle. El festival fue esencial para su difusión y también para que los mejores músicos se dedicaran a componer otras nuevas, y de ahí que aquellos años fueran una auténtica edad de oro. De ese período son “O sole mio”, “Torna a Surriento” o “Funiculi, funicula”, tres de las más populares. El otro gran momento tuvo lugar después de la II Guerra Mundial, cuando Renato Carosone enriqueció la canción napolitana con ritmos procedentes del jazz, la música africana… creando canciones animadas, divertidas y muy bailables que se convirtieron en auténticos éxitos internacionales. ¿Un ejemplo? “Mambo italiano“.
¿Queréis conocer más historias sobre Nápoles? Pues podéis participar en nuestras cenas napolitanas, los martes 7 y 21 de agosto y el 4 de septiembre. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí. De momento, os dejo unos cuantos post de nuestro blog para que os vayáis animando a disfrutar de Nápoles con nosotros.
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Restos del gran claustro de la Cartuja de la Concepción

Lo que hoy es el parque del barrio de la Cartuja Baja, conocido como Huerto Frisón, era el gran claustro alrededor del cual estaban las celdas de los monjes. Y en su interior, donde hoy juegan los niños, estaba el cementerio en el que los cartujos esperarían al día de la resurrección de los muertos rodeados del mismo silencio que les había acompañado durante su vida. Puede que para nosotros, que muchas veces vivimos la vida queriendo olvidarnos de que la muerte está agazapada en cualquier esquina, sea algo macabro imaginar que a pocos metros de la celda donde el cartujo pasaba su vida se encontraba la fosa donde su cuerpo sería enterrado tras su muerte. Pero no creo que para ellos sea algo trágico encontrarse de frente con su tumba cuando salen de su celda, ni tampoco me los imagino esperando la muerte con ansiedad como Santa Teresa, cuando decía aquello de “Ven, muerte, tan escondida / que no te sienta venir / porque el placer de morir / no me vuelva a dar la vida“, sino más bien aceptándola con naturalidad, un poco como en los versos de Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje / casi desnudo, como los hijos de la mar“. 

San Bruno en la cartuja de Nápoles, reflexionando sobre la vida y la muerte

San Bruno suele aparecer representado contemplando una calavera. Viéndolo me viene a la cabeza Quevedo reflexionando sobre la fugacidad de la vida, cuando escribe aquellos versos en los que habla del hombre y dice:

Sueño fue ayer, mañana será tierra.

Poco antes nada, poco después humo.

Y también me viene a la cabeza esa imagen (probablemente falsa) del cartujo dando cada día de su vida una paletada para cavar su tumba al leer estos otros versos:

Azadas son la hora y el momento

que a jornal de mi pena y mi cuidado

cavan en mi vivir mi monumento.

Y sin embargo no tienen nada que ver. Quevedo ama intensamente la vida, disfruta hasta el último segundo, y más cuando nota que se le escapa entre los dedos. Su obsesión por la muerte es la otra cara de su vitalismo, ni más ni menos. Para el cartujo la muerte no es un final, algo tenebroso o que dé miedo, sino algo hacia lo que camina todos los días.

Claustro grande de la Cartuja de San Martino, en Nápoles

Yo comencé a entender un poco de todo esto en un lugar maravilloso, la Cartuja de San Martino, en Nápoles. En una ciudad bulliciosa como Nápoles, caótica, loca, desenfrenada… hay un oasis de paz, que es este claustro que se ve en la fotografía. Y en este claustro un cementerio que a mí me pareció en aquel momento un pequeño paraíso.

Cementerio de los cartujos

Queda claro que es un cementerio, aunque las tumbas no se ven por ninguna parte. Es un pequeño recinto, sencillo pero cuidadísimo, donde los cartujos esperan el juicio de Dios. Las calaveras que lo rodean no resultan macabras, o a mí no me lo parecen. En ningún otro lugar como en ése he tenido la tentación de creer que podía haber algo después de la muerte. Y precisamente por el momentáneo consuelo de creer que a lo mejor ésta no era un punto y final, en pocos sitios me he sentido tan bien como en aquel cementerio y en aquel momento.

Un buen lugar para pasar la eternidad

Cuando muere el cartujo, en su celda y rodeado de sus hermanos, se le coloca sobre unas parihuelas, con el rostro cubierto con la capucha. Se lleva primero a la sala capitular, cubriendo el cadáver con un gran paño, y luego a la iglesia, y al acabar la misa toda la comunidad rodea al difunto y canta mientras el prior echa agua bendita sobre él. Parte entonces la procesión que atraviesa el gran claustro y se dirige al cementerio: un novicio con una cruz, el Prior y detrás los monjes en fila, el cuerpo llevado por cuatro de ellos y finalmente los hermanos,todos cantando salmos de alegría y esperanza hasta que llegan a la fosa cavada pocas horas antes. Se retira entonces el paño y se deja el cadáver sobre una tabla, depositándolo con cuidado en la fosa y cubriéndolo con tierra mientras el Prior dice: “Ilumina, Señor, el alma de tu siervo, cuyo cuerpo descansa ahora en las sombras de la muerte“. Un simple cruz sin nombre recordará su existencia.

Si queréis conocer una de las dos cartujas zaragozanas, los sábados por la mañana a las 12’00 haremos visitas a la Cartuja de Aula Dei. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar llámanos al 976207363 o entrad aquí.

Y si queréis saber más sobre los cartujos aquí os dejo algunos post de nuestro blog:

Las cartujas de Aragón

La cartuja de Aula Dei

Un paseo nocturno por la Cartuja Baja

Con la tele en la Cartuja Baja

Las sombras de la muerte

Cartujas y tortugas

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Hay un lugar en Nápoles al que las gentes de orden no deberían ir, por muchas ganas que tengan. Señoras que quieran seguir siéndolo, caballeros virtuosos, señoritas inocentes y virginales… deberíais dejar de leer en este punto y pasar a algo mucho más edificante, como el milagro de la sangre de San Genaro, sin ir más lejos.

A partir de aquí no se conoce la decencia, así de claro. El que siga, que se atenga a las consecuencias.

Si estáis leyendo todavía sólo puede ser porque os consume la curiosidad, estáis “echaos a perder” o las dos cosas a la vez. ¿O no? Pues nada, nada, vosotros lo habéis querido. Pasen y vean el… (redoble de tambores, por favor) ¡¡¡¡GABINETE SECRETO!!!! O sea, el lugar en el que se demuestra que os romanos eran una cuadrilla de golfos y despendolaos, ni más ni menos. Pero antes… hagamos un poco de historia de este lugar.

¿A que el Museo Arqueológico de Nápoles parece una institución seria? Pues fíate de la Virgen y no corras

Durante mucho tiempo los visitantes que llegaban a Nápoles hablaban casi entre susurros de un lugar que todos querían visitar aunque ninguno se atrevía a confesarlo: el gabinete secreto del Museo Arqueológico y sus “oggetti pornografici”. No cualquiera podía entrar en aquel lugar, porque lo que allí había podía pervertir fácilmente a las mentes débiles y llevarlas directamente al camino de la perdición. Había que pedir permiso y probar una fortaleza moral capaz de soportar cualquier tentación, porque lo que se veía… tenía por lo menos tres rombos, así por lo bajo.

Míralos, qué majicos y qué garbosos. ¡¡¡Cuánto arte!!!

Cuando nació el museo, a mediados del siglo XVIII, se estaban excavando las ruinas de Pompeya y Herculano, sepultadas por la erupción del Vesubio del año 79 d.C. Y continuamente aparecían pinturas, esculturas y todo tipo de objetos de “alto voltaje”, con un contenido erótico tan explícito que hacía que la sociedad de la época se fuese poniendo colorada por momentos. Tanto, que se llegó a creer que Pompeya debió ser algo así como Sodoma y Gomorra, y que por eso Dios tuvo que castigarlas a golpe de volcán.

El papel de las cabras en la Historia Universal de la Lujuria no ha sido suficientemente valorado. De hecho, esta escultura les pareció demasiado escandalosa incluso para el “gabinete secreto”

Lo asombroso del asunto es que los objetos que iban apareciendo estaban por todas partes: en cualquier espacio de las casas, en la calle, en joyas… y eso por no hablar de las pinturas eróticas del lupanar, un verdadero manual para “enseñar al que no sabe”. ¿Queréis ver una? Pues aquí tenéis lo que toda la vida se ha llamado un trío, en la versión dos hombres+una mujer.

Mira qué bien se lo pasan jugando al tren chú-chú y sin hacer mal a nadie

La cuestión es que todo aquello hizo que les salieran los colores a las gentes biempensantes, y se decidió ocultarlo a la vista de todos los que no fuesen investigadores. Lo que se podía transportar se llevó a Nápoles y se encerró dentro del “gabinete secreto”, y lo que no, fue cubierto o acordonado para que no corrompiera la sensibilidad de niños, mujeres y obreros que trabajaban en las excavaciones.

El Hércules Farnesio siempre ha estado en el Museo a la vista de todos, pero seguro que su culo perfectamente convexo ha protagonizado muchos sueños húmedos

La cuestión es que hoy el “Gabinete secreto” forma parte de la visita normal a uno de los museos más impresionantes del mundo, así que… ¿a qué estáis esperando a coger el primer patinete que pase y marchar para allí? Seguro que incluso a vosotros, que os creéis tan liberales, hay alguna cosa que os hace mirar para otro lado con cara de “yo pasaba por aquí”. Y eso será fantástico, porque significará que no habéis perdido la capacidad de asombro.

Y si queréis más lujuria, con motivo de San Valentín tendremos nuestra ruta UNA HISTORIA DE LA LUJURIA EN ZARAGOZA.

Cuándo – Sábado 14 a las 19’00 y domingo 15 a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de la Magdalena

Precio – 8 € (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 7 €; parados, 4 €)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

Más información – Entrando aquí

Si queréis seguirnos podéis entrar en http://www.facebook.com/gozARTE y pinchar en “me gusta”, o en twitter @gozARTE. Y ahora, os dejo unos cuantos post de nuestro blog con historias de lo más lujuriosas:

Lujuria es… Liz Taylor

Lujuria es… Olympia

Lujuria es… Marilyn Monroe

Pecadores encantadores – Rebeca y la lujuria

Lujuria es… el jamón

Lujuria es… el champagne (francés, bien sûr)

Lujuria es… sexo en Nueva York

Lujuria es… unas piernas de cinco millones de dólares

Lujuria es… el Bulli

Lujuria es… Venus

Lujuria es… el teatro chino de Manolita Chen

Lujuria es… Sodoma y Gomorra

Lujuria es… el “gabinete secreto” de Nápoles

Lujuria es… Marlon Brando

Lujuria es… Sofía

Lujuria es… la guerra de los biquinis

Lujuria es… el biquini

Lujuria es… El Plata

Lujuria es… Zeus y sus chic@s

Lujuria es… la Lollo

Lujuria es… pecado

Lujuria es… San Juan de la Cruz


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A estas alturas ya os habréis dado cuenta de que tengo un serio problema de adicción a Nápoles, pero lo que todavía no he confesado es que una de las cosas que más me gusta hacer allí es ir a ver… ¡¡¡BELENES!!! Sí, sí, belenes, porque Nápoles es la capital mundial del Belén, esto es un hecho indiscutible. Y más concretamente una pequeña callejuela en Spaccanapoli, el corazón de Nápoles: la via San Gregorio Armeno.

Hay pocos lugares más mágicos en el mundo que ésta pequeña callejuela, estrecha, oscura y…           M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-A

El niño que todos llevamos dentro va a pegar saltos de alegría en cuanto dobléis la esquina y entréis en un mundo en el que el tiempo se paró hace mucho, mucho tiempo… los mejores artesanos belenistas tienen aquí sus tiendas y talleres, y en cualquier momento del año las figuras del Belén son las protagonistas. ¿Queréis ver cómo es una de estas tiendas por dentro? Pues aquí tenéis una imagen de mi preferida, Ferrigno (no me pagan por hacerles publicidad, aunque no me importaría que me diera alguna figurita como comisión).

Esto del Belén nació cuando San Francisco empezó a montar belenes vivientes con sus frailes hace unos 800 años, pero se convirtió en arte en el Nápoles del siglo XVIII

Cuando vayáis no os quedéis aquí, vosotros hasta la cocina. Subid a la planta de arriba, donde están las mejores piezas (y las más caras, claro) y el taller donde trabajan. Si vais con niños, va a ser una experiencia que recordaréis toda la vida, seguro. Si no, también. Por encima de vuestras cabezas veréis revolotear docenas de ángeles de todos los colores, y miréis donde miréis habrá todo tipo de personajes que os contarán cómo era la vida en esta ciudad hace doscientos y pico años. Viva, bulliciosa, un poco caótica, colorista, animada… vamos, exactamente igual que ahora.

¿Qué os parece esta charcutería, con todos los detalles? Sus jamones, sus chorizos, su de tó.

Pero corro mucho. ¿Veis la figura del tendero? Pues vamos a ver cómo se hacen. Aquí tenéis unas cuantas desnudas. Las cabezas de barro, las manos de madera y el resto del cuerpo de alambre envuelto en esparto, para que se pueda cambiar la posición de brazos y piernas a la hora de montar el Belén.

Las figuras hay que vestirlas, claro, pero no de cualquier manera. Con todo lujo de detalles y telas de calidad, especialmente la estupenda seda de San Leucio, que se producía para toda Europa y que hoy sigue presente en los mejores lugares. Por poner sólo un par de ejemplos, las banderas de la Casa Blanca o del palacio de Buckingham están hechas con ella. Igual que las ropas de estas figuras. ¿O es que esta chica no puede ir a cualquier sitio con este estupendo traje?

Lo más curioso de los belenes napolitanos es que intentan captar la vida de la ciudad, y tanto esfuerzo se dedica a la tienda del pescadero, del que vende piezas de vidrio, de la lotera, del que vende cuadritos de devoción… como al portal. Y no sólo al personaje, sino a cada uno de los infinitos detalles que forman parte de su establecimiento.

Mis sardinitas, qué ricas son…

Y claro, si tenemos en cuenta que cada figura tiene entre 35 y 45 cm, y que hay belenes que tienen cuatrocientas o más… pues podremos imaginar que en un rincón de casa no nos caben (aunque los hay desde tres figuras, la Virgen, San José y el niño). Los montajes son muchas veces espectaculares, y la vista se pierde por todos los rincones.

¿Qué os parece éste? Pues la foto muestra sólo una parte, pero sólo con el torbellino de ángeles os podéis hacer una idea del conjunto. Está en uno de los lugares más bonitos de Nápoles, la cartuja de San Martino, junto con otros muchos, grandes y pequeños. ¿A qué estáis esperando para hacer las maletas y marcharos para allí?

Si queréis conocer estas y otras muchas historias sobre LAS TRADICIONES DE LA NAVIDAD, no os podéis perder la cena que hemos preparado para el sábado 28 de diciembre en el MUSEO DIOCESANO. Si queréis toda la información entrad aquí.

Cuándo – Sábados 21 y 28 de diciembre a las 21’30
Dónde – Taquillas del Museo Diocesano
Precio – 29 € por persona
Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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Os suena este nombre, ¿no? A lo mejor no le ponéis cara, pero casi seguro que le ponéis música. Os doy una pista: aquellas verbenas de pueblo de cuando éramos adolescentes, aquellas orquestas que (gracias a Dios) aún no conocían Operación Triunfo y tocaban los grandes éxitos de ayer, hoy y siempre… y sonaba esto.

¿Qué? Os trae recuerdos, ¿no? A mí, muchísimos. Esta canción me huele a noche de verano como ninguna otra. En Nápoles o en mi pueblo, da lo mismo, porque Renato Carosone tuvo tal éxito que sus canciones se escuchaban (y se escuchan) en medio mundo.  Seguramente nadie le hubiera dicho a su “mamma” cuando el chiquillo nació allá por 1920 que su Renato iba a tocar en el mismísimo Carnegie Hall de Nueva York, pero enseguida empezó a apuntar maneras. Con 17 añicos ya tenía el título de piano, y enseguida consiguió un contrato como director de orquesta para una gira por Africa. Cuando acabó se quedó como pianista en Addis Abeba, lugar exótico donde los haya. ¿Qué pintaba allí? Pues todo tiene su explicación. Unos años antes a Mussolini le había dado por conquistar Etiopía y aquello estaba lleno de italianos. Diez años se pasó por aquellas tierras, y al final volvió a Italia después de la II Guerra Mundial.

Guapo, lo que se dice guapo, no era. Pero tenía cara de graciosico, ¿verdad?

Después de diez años en el extranjero en Italia no le conocía nadie, claro. Así que otra vez a empezar, tocando el piano con pequeñas orquestas de baile, algo para lo que siempre había trabajo. La Italia de finales de los 40 era muchísimo más liberal que España (justo al revés que ahora). Aquí el baile agarrao se consideraba pecado casi mortal (cuando los obispos lo nombraban en sus sermones, que era casi siempre, era como si estuviesen hablando del Apocalipsis, poco más o menos), y allí se aplaudían los escotes de la Lollo y Lucía Bosé ganaba el concurso de Miss Italia, Fellini rodaba “La dolce Vita”, Sofía Loren estaba a punto de ganar el primer óscar que se daba a un actor por una película de habla no inglesa…

Anita Ekberg bañándose en la fontana de Trevi, Audrey Hepburn lanzando la moneda de espaldas en “Vacaciones en Roma”… todo alegría y felicidad

Pues bien, fue Renato Carosone quien puso banda sonora a aquella Italia feliz. Pronto le encargaron crear una banda para la inauguración de un local, y aquel “Trío Carosone” sería el germen de su orquesta, y pronto llegaron sus grandes éxitos. El primero, inolvidable, “Tu vuò fa’ l’americano”, una de las canciones más versionadas (aún hoy) del siglo XX. Seguro que queréis oirla y bailar un poco, ¿no? Pues adelante, pinchad aquí.

Y a partir de aquí todo éxitos, incluyendo una gira que les llevaría desde La Habana hasta el mismísimo Carnegie Hall de Nueva York, un lugar que supone la verdadera consagración de cualquier gran artista. Tres años después, cuando estaba en pleno éxito, se retiró durante quince años a pintar, pero en 1975 volvió a la carga. Y fue en esta etapa de su carrera cuando compuso, para una gira por España, la canción que seguramente fue su mayor éxito: “Torero“. Se tradujo a doce idiomas y estuvo catorce semanas en el número uno de las listas de éxitos de Estados Unidos, que se dice pronto. Con ella os dejamos, y si os entran ganas de bailad… no las reprimáis. Seguro que Renato os acompaña tocando el piano desde su tumba.

¿Queréis conocer más historias sobre Nápoles? Pues podéis participar en nuestras cenas napolitanas, los martes 7 y 21 de agosto y el 4 de septiembre. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí. De momento, os dejo unos cuantos post de nuestro blog para que os vayáis animando a disfrutar de Nápoles con nosotros.

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El patrón de Nápoles es San Genaro, un santo que allí desata auténticas oleadas de fervor pero que en cualquier otro lugar del mundo no se le conoce de nada. El hombre era obispo de Benevento, una pequeña ciudad a unos 100 km de Nápoles, allá por el 305. Mala fecha para estas cosas, pues justo le pilló la última persecución de los romanos contra los cristianos (la cosa fue mucho menos de lo que pintan, pero bueno, eso para otro día).

Como en tiempos de San Genaro no había fotos ni tampoco se estilaba que los obispos se hicieran retratos, nos creeremos que era así y en paz. Además, dentro está su auténtica calavera, así que…

La cuestión es que según dicen que han dicho que dicen, el obispo Genaro fue martirizado por el gobernador romano, pero con tan mala suerte que no se le moría ni a tiros (si los hubiera habido entonces, que no). Primero fueron por las buenas, y le pidieron que renegara de su fe. Nones. Pues nada, Genaro, tú te lo has buscao, nosotros ya te hemos dado la posibilidad de salvarte y tal y tal y tal, así que… al horno que vas de cabeza. Ya estaban los romanos convencidos de que iba a acabar churruscado por los dos lados, cuando ante su sorpresa… salió del horno tan campante. Ni una mancha en la ropa, como os lo digo. Lo nunca visto.

Aquí san Genaro totalmente crudo

El gobernador romano era cabezón y se había empezado en cargarse a este hombre, así que al día siguiente dijo: “A los leones“. Y ya se sabe, donde hay patrón no manda marinero, y a los leones (a a lo que tuvieran aquel día). Si estáis pensando que se lo comieron os vais a llevar otro chasco. Las fieras se echaron a sus pies como si fueran inocentes corderillos (vamos, que aquel día estaban los bichos harticos de comer). La cosa es que cuando a un gobernador romano se le metia algo en la cabeza… “Fuera la cabeza ya. Que decapiten a este hombre y a otra cosa, mariposa“. Y dicho y hecho, que a este señor no le debía discutir nadie. En fin, que con todo esto comprenderéis que lo hicieran santo, que si esto no son milagros… pues que baje Dios y lo vea.

San Genaro subiendo al cielo (todo compuesto, como siempre) y dejando atrás este valle de lágrimas que tantos sofocones le había dado al pobre

Y ahora viene lo bueno: alguien debió estar al tanto y recogió la sangre de San Genaro. Hasta aquí nada excepcional, que reliquias las hay de todos los colores (gotas de leche de la Virgen, plumas del arcángel Gabriel, prepucios de Cristo…). Lo curioso es que esa sangre, que después de 1700 años está toda reseca, como os podréis imaginar, se licúa tres veces al año. ¿Cómo se os queda el cuerpo? Pues seguid leyendo y os cuento más.

Alguna persona limpia y aseada (curiosa, que diríamos por aquí) recogió la sangre que cayó, y ahí sigue, dando que hablar

La cosa es más o menos así. Un sacerdote (en la foto de abajo el cardenal de Nápoles) coge la ampolla con sus manos, la mira, la menea un poco… mientras los fieles cantan, rezan y demás.

“Venga, le está diciendo el señor cardenal a la sangre, que si no esta gente nos corre a gorrazos”

Al principio muy píos, pero como la cosa se retrase le empiezan a decir al pobre San Genaro, que no tiene culpa de nada, barbaridades salidas de lo más selecto de los bajos fondos napolitanos (que son más bajos y más fondos que en ningún sitio). Especialmente un grupo de señoras muy devotas, las “tías de San Genaro”. Lo que llega a salir de sus bocas como el milagro tarde es como para no contarlo.

¿Qué la cosa funciona y la sangre se licúa? Pues este señor de negro, tan arreglao para la ocasión, saca el pañuelo blanco y aquello estalla. ¿Que no…?

Pues a veces pasa que no hay manera, y la sangre sigue allí como un pegote reseco por mucho que los fieles la insulten. Os podéis imaginar: desgracias garantizadas para Nápoles durante una buena temporada, está claro que San Genaro este año no está con nosotro. Y eso es un problemón, porque claro, acostumbrados como están los napolitanos a que su santo les saque las castañas del fuego (o sea, que detenga las erupciones del Vesubio con sólo levantar la ceja, por poner un ejemplo) pues claro, se quedan de lo más desprotegidos.

Por cierto, y ya para acabar, esto pasa dos veces al año: primer domingo de mayo, 19 de septiembre. Si os pilla por allí, no os lo perdáis. Y luego hay un tercer día, el 16 de diciembre, en el que simplemente se mira a ver, y si la sangre se ha licuado sola pues se saca la ampolla y se expone para que los fieles le den unos besos.

¿Queréis conocer más historias sobre Nápoles? Pues podéis participar en nuestras cenas napolitanas, los martes 7 y 21 de agosto y el 4 de septiembre. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí. De momento, os dejo unos cuantos post de nuestro blog para que os vayáis animando a disfrutar de Nápoles con nosotros.

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En una ciudad en la que todo es exceso y exageración, el plato más exquisito no puede ser más sencillo: simple masa de pan (eso sí, amasada por los aires, finísima y hecha en horno de leña), tomate del de verdad, mozzarela, albahaca fresca y un chorro de aceite de oliva. Nada más. Y nada menos.

¿Cómo se llama esta delicia? Pues pizza Margarita, o más bien Margherita, la reina de las pizzas y la pizza de las reinas. Por lo menos de una de ellas, Margarita de Saboya, o más bien Margherita Maria Teresa Giovanna di Savoia, que con este nombre tan sencillo la bautizaron. Y claro, como era la mujer del rey Humberto I, pues con reina Marguerita que se quedó.

¿Os imagináis a toda una señora reina comiendo pizza con la mano?

Pero vamos a remontarnos en el tiempo en busca de los orígenes del que probablemente es el plato más internacional que existe. Algo parecido a la pizza ya comieron los griegos y los romanos (tampoco hacía falta ser el inventor de la pólvora para hacer algo así con los ingredientes típicos de una gastronomía de pobres, la verdad sea dicha), pero la pizza moderna nació en Nápoles en pleno siglo XVII (o sea, la época de los virreyes españoles, cuando era una de las ciudades más ricas, divertidas, hermosas, alegres, bulliciosas y pobladas del mundo). Se cuenta que en época del rey Fernando I (hijo de nuestro Carlos III, que antes de ser rey de España había reinado por aquellas tierras) su señora se puso reinona y dijo que de comer pizza en la Corte ná de ná, que eso era cosa de plebeyos y a ella le iba más el rollo sofisticao (normal, era hija de una emperatriz de Austria y hermana de María Antonieta, que antes de perder la cabeza la tenía en su sitio, o sea, sobre los hombros, y era de lo más requetefina). Total, a lo que íbamos, que su marido no podía vivir sin pizza, según se ve, y se disfrazaba de plebeyo para comerla por los barrios bajos de Nápoles (nuestro Alfonso XIII hacía cosas parecidas pero parece ser que para ir en busca de señoritas, de bueníiiiiisima reputación todas ellas).

122 añicos tiene ya la pizza Margherita y oye, como el primer día

Rebobinamos. Hablábamos de la reina Margarita y ahí la hemos dejado, abandonadica a la pobre. Resulta que un día Su Majestad pasaba por Nápoles, y un cocinero, un tal Raffaele Esposito, decidió crear una pizza dedicada a ella. Y como eran tiempos en los que la unificación italiana estaba reciente y la cosa patriótica se estilaba mucho, decidió utilizar los colores de la bandera, que es una cosa que a reyes y reinas les ha gustado de toda la vida. Así que cogió tomate (del de verdad, del que sabe a tomate), albahaca fresca y mozzarella y creó una bandera comestible, que al fin y al cabo eso es. Y chico, un éxito. La cosa funcionó, y hoy sigue siendo la reina de las pizzas. Eso sí, cuando vayáis a Nápoles no hace falta que vayáis a buscar la pizzería Brandi, que es donde está la placa que veis arriba. Perdeos sin miedo por Spaccanapoli, y entrad algún sitio con mesas de formica, baldosas blancas de cocina de las de antes en la pared y un señor parecido a Totó con una gran pala de madera en la mano. Seguro que es el local es feo, bullicioso, con luz fría y manteles de papel, pero os aseguro que nunca habréis comido una pizza igual. Bueno, una… o dos, porque no creo que seáis capaces de resistir la tentación de repetir.

¿Queréis conocer más historias sobre la Italia de aquellos años, y sobre todo sobre su personaje más popular, Giuseppe Verdi? Pues aprovechando que se cumplen 200 años de su nacimiento hemos organizado unas CENAS TEATRALIZADAS tituladas UNA NOCHE CON VERDI. Si queréis más información entrad aquí, y para reservar llamadnos al 976207363 o entrad aquí.

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