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La torre de la iglesia de San Antonio de Torrero es un “Sacrario militare italiano”, como dice la inscripción que hay sobre el arco de entrada. ¿Qué quiere decir eso? Pues veréis, resulta que a lo largo del siglo XX los italianos, cuando han participado en una guerra fuera de su país, se han preocupado mucho de cómo enterrar a sus muertos, a los que consideran héroes que han caído luchando por la patria. Y en vez de dejarlos dispersos en pequeños cementerios, muchas veces difíciles de localizar por los familiares que vengan a visitarlos, han preferido crear estos monumentos a los que han llamado “Sacrarios militares”, en los que se agrupan los muertos de una guerra determinada, en algún lugar del extranjero… Lo hizo Mussolini en los años 30 con los muertos de la Primera Guerra Mundial, y posteriormente también lo haría la República italiana con los de la Segunda. ¿Queréis ver algunas imágenes? Pues por ejemplo, el más espectacular es el Sacrario militare de Redipuglia, inaugurado en 1938 (Mussolini lo utilizó para conmemorar el 20 aniversario de la victoria) y dedicado a la memoria de 100.000 italianos muertos en la Primera Guerra Mundial.

Sacrario Militare Redipuglia

Esas impresionantes escaleras son, en realidad, la tumba donde descansan esos 100.000 soldados, de los que solo se conocen los nombres de 40.000, escritos debajo de una palabra que se repite miles de veces: “Presente”. No hay una expresión más impresionante “de la concepción fascista de la guerra y de la nación, una gigantesca apoteosis de la igualdad, el anonimato y la disciplina militar más allá de la muerte“.

Escaleras Redipuglia

Después de la Segunda Guerra Mundial se levantaron otros, como el impresionante del El Alamein, en Egipto, erigido durante los años 50 por la República italiana. Allí se custodian los restos de 5.200 soldados italianos muertos en África, muchos de ellos también desconocidos.

Sacrario Militare Italiano El Alemein

El exterior es una torre que domina el territorio circundante, muy llano (como en Zaragoza). El interior, de una blancura impactante, está cubierto de lápidas, en muchas de las cuales pone la palabra “Ignoto”, desconocido.

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¿Qué pasó con los más de 4.000 que murieron en nuestra Guerra Civil? En España se enfrentaron entre sí italianos de ambos bandos, librando así su particular Guerra Civil. Mussolini envió armas y casi 80.000 soldados para ayudar a los rebeldes sublevados, pero además muchos italianos vinieron aquí a apoyar a la República y luchar por la libertad en una guerra que en principio no era la suya, formando parte de las Brigadas Internacionales.

A la izquierda, tropas fascistas enviadas por  Mussolini para ayudar a Franco; a la derecha, la brigada Garibaldi, formada por italianos venidos voluntariamente a luchar por la República

A la izquierda, tropas fascistas enviadas por Mussolini para ayudar a Franco; a la derecha, la brigada Garibaldi, formada por italianos venidos voluntariamente a luchar por la República

¿Qué pasó con los que murieron en uno y otro bando? Las tropas enviadas por Mussolini estaban perfectamente organizadas en este sentido, y junto a los soldados siempre iba un capuchino que se ocupaba de los enterramientos. En plena guerra lo único que se podía hacer era enterrarlos con el mayor cuidado, identificarlos, llevar listas lo más precisas posible… En algunos cementerios se enterraron muy pocos, uno, dos, tres… pero en otros, por diversas razones, se concentraron más y se hicieron pequeños monumentos, inscripciones. Algunos han desaparecido, pero otros se conservan, como este del cementerio de Alcañiz (que sufrió un terrible bombardeo a manos de los pilotos italianos que luchaban con Franco).

En Zaragoza, antes de que se construyera la torre, hubo un cementerio italiano situado fuera de las tapias del de Torrero, en la parque que hoy ocupa el Tercer Cinturón. En él había un monumento idéntico a este, que ya no existe

En Zaragoza, antes de que se construyera la torre, hubo un cementerio italiano situado fuera de las tapias del de Torrero, en la parque que hoy ocupa el Tercer Cinturón. En él había un monumento idéntico a este, que ya no existe

Después de la guerra se planteó reunificarlos en algún lugar, y para ello se eligió Zaragoza (algo más de 1.000 habían muerto en la batalla del Ebro y estaban enterrados en nuestra ciudad o en pequeños cementerios del resto de Aragón, Zaragoza está bien comunicada, había sido fundada por Augusto, lo que le gustaba especialmente a Mussolini…). Se iniciaron las obras y se comenzó a trasladar los cuerpos, pero los fascistas perdieron la Segunda Guerra Mundial y fue el nuevo gobierno italiano quien tuvo que acabarlas. La consecuencia más visible es que el proyecto se redujo respecto al plan original por problemas de presupuesto, y la más importante es que se decidió que aquí también se enterrarían los que habían venido a luchar por la República con las brigadas internacionales. Eso sí, fue mucho más difícil recuperar sus cuerpos, no solo porque habían pasado años y no se había llevado un control riguroso de los enterramientos, sino también porque el gobierno de Franco no puso demasiadas facilidades para eso, como os podéis imaginar.

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En el interior de la torre hay miles de lápidas que recuerdan a todos los que murieron en España, sea cual fuera el bando en que lucharon, por orden alfabético. Eso sí, no todos ellos están aquí. Algunos desaparecieron; otros fueron heridos en España pero murieron en Italia; algunos cuerpos han sido repatriados y unos pocos siguen en cementerios de Baleares. A pesar de todo, son más de 4.000 los que hay enterrados aquí, lo que convierte a la torre en un lugar absolutamente sobrecogedor. En las lápidas a veces se especifica alguna condecoración recibida, si era brigadista, de qué cementerio se le trajo aquí… pero lo más importante es que los familiares siguen visitando este lugar, dejando fotos, cartas, alguna flor…

Si queréis conocer esta impresionante torre podéis participar en nuestras visitas:

Cuándo – Domingos hasta el 14 de diciembre a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de San Antonio (Paseo de Cuéllar, 10)

Precio – 8 € (7 € para jubilados y estudiantes menores de 26 años; 4 € para parados)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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¿Sois de los que creen que un cementerio es un lugar deprimente? ¿O más bien pensáis que son una inyección de vitalidad? Yo estoy cada vez más de acuerdo con la segunda opción, y voy a intentar demostrarlo. Eso sí, hay que reconocer que es cierto que todo en un cementerio nos recuerda que el tiempo pasa, que nada es para siempre y que todo se convertirá “en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada“, como dijo Góngora. Las tumbas abandonadas, las cruces rotas, las lápidas en las que el musgo oculta el nombre de los que están enterrados allí… Y sin embargo, al menos en teoría, en un cementerio el tiempo se ha congelado a la espera del día del Juicio Final, ese día en que el ángel del panteón de la familia Repullés de la Lata, en el cementerio de Torrero, acabará de bajar la escalera para anunciar que ha llegado la hora de abandonar las tumbas.

Las trompetas convocarán a los muertos, que levantarán la tapa del sepulcro para acudir al Juicio Final en el Valle de Josafat, como en estas pinturas de la pequeña ermita de San Miguel, situada en mitad del minúsculo cementerio de Barluenga, cerca de Huesca.

Pero mientras llega el “Día de la ira”, si es que tiene que llegar, lo cierto es que cada lápida, cada esquela, cada flor que vemos nos cuentan historias que no nos dejan olvidar que la muerte viene en un abrir y cerrar de ojos, “In ictu oculi“, como pintó Valdés Leal en este terrible cuadro del Hospital de la Caridad de Sevilla. En él un indiferente esqueleto apaga con sus dedos descarnados la llama de una vela en un segundo, mientras con la otra mano sujeta la guadaña con la que segará nuestra vida y el ataúd que nos está destinado.

Igual de terrible es este bodegón de Antonio de Pereda que se conserva en el Museo de Zaragoza, y al que le cuadra perfectamente el título de “Naturaleza muerta” que se suele dar a este tipo de pinturas. Tres calaveras nos recuerdan esa frase que aparece en muchas tumbas: “Como te ves, yo me vi. Como me ves, te verás“. Y por si no quedara suficientemente claro, junto a ellas hay un reloj con la llave para darle cuerda. Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Tic, tac, tic, tac, tic, tac… Siempre el reloj para recordarnos que el tiempo nunca se detiene y cada vez nos queda menos, menos, menos, menos, menos… Como ese esqueleto que sale bajo la tumba de Alejandro VII mostrándonos un reloj de arena que lleva en la mano, para recordarnos que nuestro turno también está cerca y que ninguno tenemos ni idea de cuántos granos nos quedan.

O como ese otro que ve Don Juan Tenorio en los últimos instantes de su vida, en el diálogo alucinante que mantiene con la estatua del comendador, Don Gonzalo de Ulloa, a la que él mismo había invitado a cenar (mostrando muy poco respeto por los muertos):

Don Juan ¿Y ese reloj?

Estatua                                Es la medida

                         de tu tiempo.

Don Juan                            ¡Expira ya!

Estatua       Sí, en cada grano se va

                          un instante de tu vida.

Don Juan   ¿Y esos me quedan no más?

Estatua       Sí.

Don Juan          ¡Injusto Dios! Tu poder

                          me haces ahora conocer,

                          cuando tiempo no me das

                          de arrepentirme.

Estatua                                             Don Juan,

                          un punto de contrición

                          da a un alma la salvación,

                          y ese punto aún te lo dan.

Don Juan cogió al vuelo la oportunidad que se le brindó en el último momento, y gracias al amor de Doña Inés se arrepintió de todas las barrabasadas que había hecho justo en el momento en que caía el último grano en el reloj de su vida. Pero como todos tenemos el nuestro, os voy a hablar de otro reloj de arena que, lamentablemente, no os puedo enseñar porque hace tiempo que desapareció. Estaba en el cementerio de Torrero, al pie de esta impresionante escultura:

Estamos en 1907 y Enrique Clarasó, uno de los mejores escultores funerarios que ha habido en España, nos dejó aquí una obra magnífica hecha para la familia Gómez y Sancho (propietaria de un almacén de tejidos que estaba en la calle Manifestación y que cerró hace no mucho): El Tiempo pasa las hojas del libro de la vida.  Un anciano calvo y de larga barba, que mira no sabemos dónde, tiene entre sobre sus rodillas un gran libro cuyas hojas va pasando sin mirarlas siquiera…

Eso sí, las hojas del libro de la vida no se pasan y ya está. ¿Acaso es posible releerlo? No, porque cada minuto que vivimos pasa para siempre, no hay vuelta atrás, y por eso cada hoja que pasa la arruga entre sus manos y la arranca (la haya leído o no), arrojándola al suelo. ¿Queréis ver una de ellas? Pues aquí la tenéis. “Breves son las horas de los hombres“, dice, una cita del libro de Job que nos sigue recordando que el tiempo pasa inexorablemente.

Clarasó se inspiró para esta espectacular escultura en otra no menos impresionante, que casualmente también se hizo para una tumba: el “Moisés“, hecho por Miguel Angel para la del Papa Julio II a principios del siglo XVI. El mismo anciano de largas barbas, la misma torsión del cuerpo, la misma mirada dirigida al infinito… pero contemplando algo distinto. En el caso de Moisés, seguramente el terrible poder de Yahvé después de entregarle las tablas de la ley en el Sinaí, o quizá a los israelitas adorando el becerro de oro; en el caso del Tiempo, quizá esté contemplando la eternidad y le baje un escalofrío por la columna vertebral al darse cuenta de lo que eso significa. Siempre, siempre, siempre, siempre, siempre… sin la consoladora posibilidad de un final.

El Moisés es pura tensión y movimiento, aunque debido a su colocación en la tumba solo podemos verlo de frente y en parte desde los lados. En cambio la escultura de Clarasó está colocada en el centro, de forma que podemos girar alrededor de ella y cada punto de vista nos cuenta nuevas cosas.

¿Cuántas hojas quedan en nuestro libro? ¿Cuántos granos quedaban en el reloj de arena que estaba a los pies de la escultura? No lo sabemos, nadie lo sabe, y por eso cada una de las tumbas que vemos en un cementerio nos está gritando que aprovechemos el tiempo que nos quede, sea mucho o poco, y que disfrutemos de ese inmenso regalo que es la Vida, con mayúsculas. Y por eso los cementerios son una enorme inyección de optimismo, porque uno sale de ellos sintiéndose mucho más vivo que cuando entró y deseando exprimir al máximo las posibilidades de cada segundo. Lo único malo es lo pronto que se nos olvida. ¿O no?

Y si queréis pasar UN OTOÑO DE MUERTE con nosotros, recorriendo el cementerio y muchos otros rincones desconocidos de nuestra ciudad, disfrutando con los versos del Tenorio y descubriendo las historias de los zaragozanos “del otro lado”, tenemos un montón de propuestas para vosotros. Entrad aquí y las encontraréis, o si lo preferís llamadnos al 976207363 y os las contaremos.

Y si queréis leer otros post de nuestro blog dedicados a este tema, aquí os dejo unos cuantos:

Drácula, Don Juan, el Amor y la Muerte

El triunfo de la Muerte… y los nuestros

La Belleza y la Muerte

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El otoño ya está aquí, y para recordárnoslo nadie mejor que Yves Montand con “Les feuilles mortes“, las hojas muertas que nos recuerdan que el tiempo no se detiene y la vida va pasando.

De pronto nos percatamos de algo que durante la primavera se nos olvida, que todo a nuestro alrededor envejece y tiene fecha de caducidad. La muerte se hace más presente en nuestras vidas por unos días, y todo nos recuerda que el tiempo pasa: una gota que cae, el tic-tac de un reloj, una vela que se consume… Hay que ser un poco cenizo para pensar en la muerte en abril, pero desde que el mundo es mundo noviembre es así. No hay más que recordar aquellos versos que escribió Jorge Manrique tras la muerte de su padre: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando, / cómo se pasa la vida / como se viene la muerte / tan callando“. La vida se nos escapa como arena entre los dedos, así que… aprovechémosla, porque cuando queramos darnos cuenta ya no habrá vuelta atrás y el tiempo se habrá ido. “Tempus fugit“, que decía el clásico. Así que “Carpe diem“, que dijo otro. Aprovecha el momento, por si acaso es el último.

“In ictu oculi”, o sea, “En un abrir y cerrar de ojos”

Un abrir y cerrar de ojos es el tiempo que cuesta apagar con los dedos la llama de una vela, o lo que necesitan las Parcas para cortar con su tijera el hilo de una vida. La muerte está siempre ahí, acechando, y no debemos olvidarlo. ¿Sabéis por qué? Porque tenerlo siempre presente es la mejor manera de disfrutar a tope de ese maravilloso regalo que es la vida. Por eso nos encanta hacer las visitas al cementerio cuando llegan estas fechas, porque es un subidón caer en la cuenta de que uno está vivo y podría no estarlo. Este año os proponemos cinco completamente diferentes, tres diurnas y dos nocturnas, además de nuestras tradicionales cenas teatralizadas con don Juan Tenorio y una excursión al Moncayo mágico y misterioso. Si queréis más información o reservar, pinchad en los enlaces o llamadnos al 976207363.

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DE DÍA

  • Sábados a las 11’30: FUSILADOS EN LAS TAPIAS DEL CEMENTERIO – Las tapias del Cementerio de Torrero fueron durante la Guerra Civil y la posguerra testigo del fusilamiento de miles de personas, cuyos cuerpos fueron arrojados después a las fosas comunes que se construyeron en el mismo cementerio. Lo más fácil es que se hubiera perdido la memoria de lo que pasó allí, pero el padre Gumersindo de Estella, un capuchino que ejercía como confesor en la cárcel de Torrero, llevó un diario de todas las atrocidades que veía y gracias a eso aquellas historias nunca caerán en el olvido. Nuestra ruta nos llevará de la cárcel hasta los diferentes escenarios del cementerio en los que tuvo lugar todo esto, con momentos duros y terribles y otros emocionantes y entrañables. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar aquí. Sábados entre el 18 de octubre y el 29 de noviembre a las 11’30.

 

  • Sábados a las 11’30: EL CEMENTERIO DE LA CARTUJA – El cementerio más antiguo \”en activo\” que hay en Zaragoza es el de la Cartuja Baja, que en un principio era el destino de los que morían en el Hospital de Gracia y no tenían donde enterrarse. Posteriormente pasó a manos de su actual propietario, la Diputación Provincial, y esa es la razón de que en el panteón de la beneficencia descansen personajes cuyos nombres nos suenan a todos, aunque solo sea porque dieron nombre algunas calles de nuestra ciudad: Manuel Lasala, Lasierra Purroy, el alcalde Caballero, el doctor Cerrada… ¿Queréis descubrir con nosotros algunos de los secretos de este lugar? Si queréis más información o reservar entrad aquí. Sábados entre el 8 y el 29 de noviembre a las 11’30.

 

  • Domingos a las 11’30: LA TORRE DE LOS ITALIANOS – A principios de los años 40 Mussolini mandó construir en Zaragoza un Sacrario militare italiano para enterrar aquí los restos de la mayoría de los italianos muertos en la Guerra Civil. El proyecto, una enorme torre que dominara toda la ciudad, se quedaría más o menos en la mitad de lo previsto, pero aún así es espectacular. ¿Habéis entrado alguna vez en la torre de la iglesia de San Antonio? Pues os proponemos descubrir un lugar que os impresionará de verdad, un enorme panteón cuyas paredes están completamente cubiertas de lápidas y de recuerdos de todos aquellos hombres muertos en la guerra de España. Para saber más entrad aquí, y para reservar aquí. Domingos entre el 19 de octubre y el 30 de noviembre a las 11’30.

 

  • Domingos a las 11’30: RUTA ARTÍSTICA DEL CEMENTERIO DE TORRERO – La parte antigua del cementerio es uno de los rincones más bonitos, románticos y sorprendentes de Zaragoza. Tumbas ilustres, panteones espectaculares, esculturas sorprendentes… ¿Por qué no desafiar a la superstición con una visita diferente para las mañanas de domingo? Si queréis más información o reservar entrad aquíDomingos entre el 19 de octubre y el 30 de noviembre a las 11’30.

 

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DE NOCHE

  • Una noche en el cementerio” – ¿Qué pasa en un cementerio cuando se cierra la puerta? ¿Tenía razón Bécquer, cuando escribía aquello de “qué solos se quedan los muertos”? ¿O más bien Mecano, cuando cantaba que “No es serio este cementerio”? ¿Por qué no lo comprobamos? Atreveos a recorrer con nosotros el cementerio de noche y con un farol en la mano. Descubriréis un mundo mucho más animado y mucho menos terrorífico de lo que os imaginabais. Al fin y al cabo, ¿quién dijo que los cementerios son lugares tristes? ¿Se os ocurre algo más alegre que poder decir que estamos vivos? Por eso precisamente en nuestro recorrido cantaremos jotas, coplas y hasta alguna romanza de zarzuela, recitaremos versos inolvidables y disfrutaremos al recordar a cada momento que estamos vivos. ¡¡¡Y eso sí que es una gran noticia!!! Para saber más entrad aquí, y para reservar aquíSábados y domingos entre el 18 de octubre y el 30 de noviembre, y viernes 31 de octubre a las 18’30.

 

  • Visita teatralizada nocturna al cementerio – Las noche de alrededor de Todos los Santos el mundo de los muertos y el de los vivos se tocan por unas horas, y cualquier cosa puede ocurrir. Es posible que nos encontremos con algún difunto vuelto a la vida, estatuas que hablan y muchas otras sorpresas que nos demostrarán que nada es tan dramático como parece. ¿Os atrevéis? Para saber más entrad aquí, y para reservar aquí31 de octubre, 1, 2 y 8 de noviembre a a las 20’30; 15 y 22 de noviembre a las 18’00.

Viernes 31 de octubre y sábado 8 de noviembre

Cena teatralizada – UNA NOCHE CON DON JUAN TENORIO 

Ya está aquí Todos los Santos, y ¿cuál es nuestra tradición preferida para estas fechas? Pues aparte de visitar el cementerio, que también, pasar un buen rato con don Juan y con doña Inés, que como de todos es sabido llevan siglos contándonos su historia por estas fechas. Y como nos vuelven locos sus andanzas, y sabemos que a muchos de vosotros también, vamos a viajar cuatrocientos años atrás en el tiempo y nos vamos a cenar ¡¡¡al panteón de la familia Tenorio!!! Si queréis más información entrad aquí, y para reservar aquíViernes 1 de noviembre a las 21’30 y sábado 8 de noviembre a las 21’00.

Inés

Domingos 26 de octubre, 9 y 23 de noviembre

Nos vamos de excursión – MONCAYO MÁGICO Y MISTERIOSO

Si hay un lugar en Aragón cargado de leyenda, magia y misterio, ese es el Moncayo… Por eso, y aprovechando que se acerca Todos los Santos, hemos preparado una excursión para, de la mano de Bécquer, descubrir las leyendas de esa zona y visitar algunos lugares extraordinarios y con historias… difíciles de explicar. Visitaremos el Pozo de los Aines en Grisén, la cueva de Caco en Los Fayos, el castillo de Trasmoz y el monasterio de Veruela. ¿Os animáis? Pues si queréis más información entrad aquí, y para reservar aquí.

Trasmoz

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Sólo hay una cosa que sobreviva a la muerte, y es el amor. Lo afirma Quevedo en un soneto maravilloso en el que dice que sí, que podrá venir la muerte a buscarnos, que se nos llevará, que nos descompondremos y no quedará más que un montón de polvo, pero…

Cenizas son, más tendrán sentido.

Polvo serán, más polvo enamorado.

Son los dos versos más extraordinarios que he leído nunca, pero para mí son mucho más que eso. Cuanto más contacto tengo con los cementerios (por las visitas que hacemos en ellos, fundamentalmente) más claro tengo que es así, que la muerte no acaba con el Amor, cualquier tipo de amor, sino todo lo contrario. La mayoría de las tumbas, aparte de lo que pueda haber en ellas de vanidad (que a veces es mucho) son un acto desesperado de lucha contra el olvido, porque no podemos soportar la idea de que las personas a las que hemos querido (y seguimos queriendo) desaparezcan para siempre.

Un beso que durará toda la eternidad

Hay una tumba perdida en el cementerio de Montparnasse de París que representa maravillosamente esto que estamos diciendo. Estamos en 1908 y los padres de Tania Rachevskaia, una anarquista rusa que se suicidó por amor, encargaron la escultura a Constantin Brancusi, un escultor rumano (como nuestro conde preferido) que había llegado a París unos años antes. Parece que no se quedaron muy contentos con la obra, pero Brancusi, que la consideraba perfectamente adecuada para una mártir del amor, no quiso cambiarla. A mí me parece maravillosa.

Sólo hay otro beso en el que dos personas se fundan de esta manera, y es el de Burt Lancaster y Deborah Kerr en “De aquí a la eternidad”

Si nos vamos ahora a Portugal encontraremos otra maravillosa historia de amor que vence a la muerte, la del rey Pedro I e Inés de Castro. Si os digo que ella reinó después de morir a lo mejor os imagináis por dónde van los tiros, pero vamos a empezar por el principio. Resulta que, por uno de estos matrimonios concertados, una noble gallega se casó con un infante de Portugal y se llevó con ella a unas cuantas damas para no sentirse sola. El infante se casó con quien debía, pero se enamoró de… Inés, una de aquellas damas y, para colmo, prima de la susodicha. La legítima murió, Pedro e Inés se casaron en secreto, tuvieron hijos… y ante el miedo de que aquellos bastardos pudieran llegar a reinar el abuelo, el rey don Alfonso IV, mandó asesinar a Inés. Así, como suena, en un lugar de Coimbra que hoy se sigue llamando “Quinta das lágrimas”.

Inés de Castro en su tumba

Cuando Pedro llegó a reinar su venganza fue terrible. Fue a por los asesinos y, entre otras cosas, les mandó arrancar el corazón en vivo y a uno de ellos por la espalda (cuentan que el rey incluso llegó a morder los corazones con la rabia que sólo puede experimentar alguien que está vengando a aquella de la que sigue enamorado). Pero fue mucho más lejos. Mandó desenterrar a Inés, la sentó en el trono y todos los nobles tuvieron que pasar a besar la mano de la reina. “Reinar después de morir”, se titula una obra de teatro escrita siglos después de aquello.

Las tumbas, una frente a la otra, en el monasterio de Santa Clara de Coimbra

Lo mejor de la historia es que el rey mandó que su tumba y la de Inés se colocasen no una al lado de otra, sino enfrentadas. ¿Sabéis para qué? Pues para que el día del Juicio Final, cuando llegase la hora de la resurrección, al levantarse  viera frente a él, antes que ninguna otra cosa, a su amada Inés. “Polvo serán, más polvo enamorado”. Pedro e Inés ya no están en Coimbra, pues sus tumbas fueron trasladadas al espectacular monasterio de Alcobaça. Eso sí, siguen estando el uno frente al otro esperando el día en que puedan volver a mirarse a los ojos.

Los dos amantes, uno frente al otro, en el monasterio de Alcobaça

La eternidad es algo terrible de imaginar. No hay perspectiva más escalofriante que la de algo que no se acaba nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca… Sin embargo, cuando uno está enamorado todo el tiempo es poco, y necesita la vida eterna para estar con la persona amada. A lo mejor pensáis que todo esto forma parte más de los mitos y las leyendas que de la vida real de la gente de verdad, aunque bien mirado, el amor es lo único que puede convertir un minuto corriente de una vida normal en algo extraordinario. Historias cotidianas para demostrarlo las hay a miles, pero para contradecirme un poco a mí mismo voy a acudir a dos personajes de ficción que me fascinan especialmente y entre los que últimamente estoy encontrando muchas relaciones: Drácula y don Juan Tenorio. Los dos están tremendamente solos y da la impresión de que no quieren saberlo. A lo mejor por eso mismo los dos son insaciables y viven en una angustiosa carrera por acumular conquistas (que caen en sus brazos más o menos voluntariamente) en la que nunca están satisfechos y siempre necesitan más. Escuchad a Leporello, criado de Don Giovanni en la ópera de Mozart, cantando el catálogo de las conquistas de su señor. Si queréis leer la letra en italiano y la traducción en español pinchad aquí, pero os resumo lo que dice: a mi señor, con tal de que lleven falda, lo demás les da igual.

Aún tienen Drácula y Don Juan más cosas en común, pero sobre todo una: los dos se sienten invulnerables, y los dos encuentran una mujer que se sacrifica por ellos y les salva de sí mismos por amor.

Un amor apasionado, intemporal, desgarrado, atormentado… y con final feliz

¿Drácula? Pues sí, Drácula, pero no uno cualquiera, sino el protagonista de la maravillosa película de Coppola, una de las historias más grandes jamás contadas. ¿No la habéis visto? ¿Y a qué estáis esperando? Anque la promoción dijera que era una versión fiel de la novela de Bram Stoker, escrita casi un siglo antes, no es cierto en absoluto. Coppola coge la novela y mantiene lo esencial del relato, pero… inventa algunas cosillas, crea un prólogo inolvidable (los primeros cinco minutos de la película) y de pronto todo encaja. ¿Por qué Drácula se había convertido en un vampiro? ¿Por qué es como es? ¿Va hacia algún lado, o sólo aspira a la “supervivencia”, si es que esa palabra se puede aplicar en el caso de un no-muerto? Nada de eso tiene respuesta en la novela, donde Drácula es un ser maligno, monolítico y sin matices al que hay que aniquilar, pero queda claro en la película: todo es por amor.

Sólo he podido encontrar este extraordinario prólogo en inglés (y no completo), pero las imágenes son tan potentes que si no entendéis el texto no pasa nada. Drácula, enamorado de Elizabetha, sale a encabezar sus ejércitos contra los turcos. Sobrevive y vuelve a su castillo, pero antes de que llegue sus enemigos han enviado un mensaje en el que dice que ha muerto, y su amada, creyéndolo, se ha suicidado. Al llegar la encuentra muerta y los sacerdotes, sin piedad, le advierten que ella está fuera de la ley de Dios. Drácula reacciona enfurecido contra la iglesia que él ha luchado por defender contra el avance de los turcos, clava su espada en la cruz y recoge la sangre que cae en un cáliz de oro, del que la bebe. A partir de ahí empieza la historia que todos conocemos y que nunca más podremos volver a ver de la misma forma.

“¿Cree usted en el destino?”

¿Veis esta imagen? Algo similar aparece en muchas de las versiones cinematográficas que se hicieron anteriormente, desde “Nosferatu” en adelante. Drácula quiere trasladarse a una gran ciudad (en la que haya muchas presas) y se ha puesto en contacto con un despacho de abogados de Londres, que le envía a Jonathan Harker con los contratos. En un momento dado a Jonathan se le cae una foto de su novia, Mina. Nosferatu, p.ej., queda prendado de ella, y la desea tanto que cuando la consigue olvida todo, incluso que la luz del sol puede acabar con él, y prácticamente se “suicida” por poderla seguir disfrutando. Pero esto es otra cosa, porque al Drácula de Coppola, cuando ve la foto sobre su mesa, le da un vuelco el corazón y pregunta a Jonathan: “¿Cree usted en el destino?”. Por una vez sus nervios le fallan, derrama el tintero sin querer cuando va a cogerla y no puede evitar llorar. ¡¡¡Drácula llorando!!! En ese momento sus intenciones respecto a su viaje a Londres cambian. Tiene una cita con su Destino y desde luego no va a faltar a ella. No os cuento cómo sigue la cosa (ved la película, es inolvidable), pero sí os diré que ella, enamorada tan locamente como él, hará un inmenso sacrificio por amor, y que, probablemente, los dos pasarán la eternidad juntos.

Los dos amantes pintados en la cúpula de la iglesia del castillo de Drácula, juntos para siempre

¿Qué pasa con Don Juan? Pues una cosa similar, que Zorrilla consigue reescribir el mito y darle una dimensión nueva gracias a que Doña Inés también se sacrifica por él. Don Juan es un calavera sin conciencia hasta que conoce a Inés y se enamora de ella (nadie está más desprotegido contra el amor que aquel que cree que la cosa no va con él). Eso sí, las cosas se complican, Don Juan tiene que huir de Sevilla y Doña Inés muere del sofocón. En ese momento llega a las puertas del cielo, se planta ante Dios y más o menos le viene a decir que o con Don Juan o nada. ¿Qué pasa después? Don Juan vuelve cinco años más tarde, y cuando está ante la tumba de Doña Inés… mejor lo escucháis de los labios de sus protagonistas, ¿no? Pinchad aquí e id hasta el minuto 10, 5 segundos aproximadamente.

Paco Rabal, como Don Juan, tiene momentos estupendos. Y a Doña Inés también la habréis reconocido, claro. Es una joven Concha Velasco que dice:

Yo a Dios mi alma ofrecí

en precio de tu alma impura.

Y Dios, al ver la ternura

con que te amaba mi afán

me dijo: espera a Don Juan 

en tu misma sepultura.

Y pues quieres ser tan fiel

a un amor de Satanás,

con Don Juan te salvarás

o te perderás con él.

Y Zorrilla los salvó, igual que Coppola. Y por amor, pero amor de verdad, del grande, sin ñoñerías. El Amor y la Muerte, el Tiempo y la Eternidad, unidos como una sola cosa. Lo dicho, que al final la verdad siempre está en Quevedo: “Polvo serán, más polvo enamorado“.

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Esos ojos, esa boca, esos dedos… ¡¡¡Qué miedo!!!

Seguramente Béla Lugosi es una de esas personas a las que nunca invitarías a cenar, por si acaso (¿o sí?). Drácula es igualico, igualico que él, no hay más. Y es que ya desde pequeño Béla estaba destinado a convertirse en el conde más famoso del mundo. Para empezar, nació en la mismísima Transilvania, concretamente en Lugoj, y por eso se puso de nombre artístico Béla (que era su nombre real) Lugosi (o sea, el de Lugoj). Vamos, como Marifé de Triana, pero en rumano. No sabemos si por su origen, por su aspecto físico o por todo junto, pero el caso es que interpretó tantas veces al vampiro más famoso de todos los tiempos y se sintió tan identificado con él que cuentan que llegó a creérselo. Tanto, que pidió que le enterraran vestido con su capa negra forrada de satén rojo. ¿Cómo lo veis?

Después de ver esto, ¿quién se atreve a asegurar que los vampiros no existen?

Cuenta una vieja leyenda de Hollywood (probablemente más falsa que Judas) que en el entierro de Béla Lugosi se juntaron dos astros del cine de terror, Vincent Price y Peter Lorre, y mirándolo dijeron: “¿No deberíamos clavarle una estaca por si acaso?“. No lo hicieron, entre otras cosas porque parece que ninguno de los dos estuvo realmente en el funeral, pero aunque sea falsa la anécdota es genial. Y seguro que lo mismo piensan los que hicieron este muñeco “encantador”.

¿Os imagináis dormir con “esto” en la habitación?

Pero estamos yendo muy deprisa. Es verdad que la muerte es el nacimiento a la no-vida de un vampiro, pero… ¿qué sabemos del auténtico Béla? Pues para empezar, que nació en 1882, 15 años antes de que Bram Stoker escribiera su novela “Drácula“. Y que al principio se ganó la vida como actor haciendo papeles “normales“. Y que por sus ideas políticas de izquierdas tuvo que marcharse primero a Alemania y luego a Estados Unidos, sin un céntimo en el bolsillo y pagándose el viaje trabajando en las máquinas del barco. Y que con treinta y tantos años encontró el papel de su vida. A partir de 1927, cuando empezó a interpretarlo en Broadway, y todavía más cuando lo llevó al cine en 1931, Béla Lugosi sería para todo el mundo el conde Drácula, y viceversa.

Drácula nunca fue tan elegante

No era la primera vez que la novela se llevaba al cine. Murnau había rodado en Alemania, en 1922, una película inolvidable: “Nosferatu“, aunque tuvo que cambiar el nombre de Drácula por el de Conde Orlok por no haber conseguido de la viuda de Bram Stoker los derechos de la novela.

De tan feíco casi da ternura, ¿verdad?

Nosferatu es un ser monstruoso, horriblemente feo y desagradable, con rasgos de roedor y largas uñas. Nada que ver con el Drácula que encarnará Béla Lugosi nueve años después: apuesto, seductor, impecablemente vestido… todo un galán.

Como para decirle que no, con ese gesto que tiene de estar encantado de haberte conocido

Aunque Tod Browning, que fue contratado por la Universal Pictures para dirigir “Drácula” en 1931, buscaba un actor desconocido para que resultase aún más siniestro (se decía que para “Nosferatu” habían contado con un auténtico vampiro para representar el papel, y había que estar a la altura), el estudio le impuso en el cásting a Béla Lugosi, que llevaba tres años representando al conde en el teatro con un enorme éxito. El acierto fue total. Béla pudo usar todos los recursos aprendidos durante 30 años de profesión: los gestos de la cara, su mirada penetrante, unas manos que pueden expresar desde el mayor refinamiento hasta el más absoluto terror, una media sonrisa capaz de helarte la sangre en las venas y un acento centroeuropeo que hacía aún más creíble el personaje. Os dejo aquí una escena para que podáis comprobarlo.

Ese ambiente de castillo gótico en ruinas combinado con la elegancia británica del vestuario; el conde parado en mitad de la escalera, con el candelabro en la mano; las sombras que lo cubren todo; el aullido de los lobos, “children of the night“, hijos de la noche, la música preferida del conde… ¡¡¡Inolvidable!!! He puesto la versión inglesa para que disfrutéis de la voz de Béla, de su hablar lento y parsimonioso, de sus movimientos tan elegantes como precisos, tan lentos como contundentes… todos los recursos que había adquirido en 30 años de profesión están aquí.

El conde quiere trasladarse a vivir (bueno, a no-vivir, para ser exactos) a Londres y ha contactado con un despacho de abogados para comprar una propiedad. Renfield será el primer enviado a Transilvania para resolver los detalles. El conde le recibe, le dice que ya ha cenado y echa una primera mirada a los contratos. Su invitado se corta con un cuchillo, aparece la sangre por primera vez y poco después el conde le da las buenas noches (una ironía como otra cualquiera). Cuando Renfield (que algo ya se debe oler) abre la ventana, ve revolotear un murciélago, y al poco llegan tres “vampiras” (lo de vampiresa sería más adecuado para ese tipo de mujer que es la perdición de los hombres, aunque no les saque la sangre literalmente), a las que el conde expulsa de allí. Esa misma escena de la cena aparece en muchas otras películas. ¿Queréis verla en alguna? Pues por ejemplo, pinchad aquí para ver cómo Nosferatu recibe a su invitado (id hasta el minuto 20, 18 segundos), o aquí para ver cómo en el año 2.000 se recreó aquel rodaje en “La sombra del vampiro“, una película en la que John Malkovich interpretó a Murnau, el director, y en la que se daba como real la leyenda de que contó con un vampiro auténtico para su conde Orlok. Cine que bebe del cine que bebe del cine que bebe de una novela que bebe de innumerables tradiciones que beben de la vida misma. Eso es arte, y del bueno.

Una imagen de la misma escena en el inolvidable “Drácula” de Coppola. El conde, su sombra (que va por libre) sobre el plano de Londres, el pasante enviado por el despacho de abogados…

Aquella película fue el mayor acierto de Béla Lugosi. Su mayor error lo tuvo muy poco después, cuando rechazó el papel de Frankestein, que llevaría al estrellato al que sería su eterno rival, Boris Karloff. Haría muchas más películas de terror, pero poco a poco su carrera se iría deslizando hacia abajo, pasando a la Serie B y más abajo aún. Murió arruinado y consumido por la morfina en 1956, pero los mitos nunca mueren. Hoy está enterrado en el cementerio de Holy Cross, cerca de Los Angeles, en una estupenda compañía. Si de noche vuelve a la vida podrá bailar con Ryta Hayworth mientras suena la música de Bing Crosby y John Ford dirige la escena, pues todos ellos (y muchos más) también están enterrados allí. Una compañía estupenda para pasar la eternidad, para qué nos vamos a engañar. Su tumba sigue siendo visitada por sus admiradores, que a lo mejor esperan verlo aparecer por allí en cualquier momento, quizá en forma de murciélago.

Si esta lápida pudiera hablar…

Alguien decía, siempre que hablaba de él: “He’ll be back“, o sea, volverá. Aquellas palabras fueron proféticas, porque Tim Burton volvió a darle vida en una estupenda película dedicada al peor director de cine de todos los tiempos, “Ed Wood“, con el que hizo sus últimos trabajos (Martin Landau consiguió el Oscar por su memorable interpretación de una estrella en la decadencia, y Johnny Depp, que interpreta a Ed Wood, vive hoy en la casa de Béla Lugosi, que la vida da muchas vueltas). ¿La habéis visto? Pues aquí os dejo un enlace a youtube para que podáis verla entera (está en varias partes, pero completa; cuando acabe cada una pinchad en la siguiente y ya está). En cualquier caso, como no quiero que os quedéis con esa imagen de un Béla olvidado por todos, enganchado a las drogas, arruinado… os dejo una imagen del actor en su esplendor:

Nunca habrá otro vampiro más elegante y seductor

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Va a hacer 450 años que se pintó uno de mis cuadros preferidos: “El triunfo de la Muerte“, de Pieter Brueghel el Viejo. No me preguntéis por qué ya me quedaba embelesado delante cuando mis padres me llevaban al Museo del Prado hace muchos, muchos años, porque no lo sé. Lo que sí recuerdo es lo que pensaba siempre: “por favor, por favor, por favor… si me tengo que morir que sea después de Semana Santa” (después de pasarla en Híjar, claro, tocando el tambor con mi gente).

“Cuando tú llegas airada / todo lo pasas de claro / con tu flecha”, decía Jorge Manrique

Me sigue fascinando este cuadro. Su sentido está muy claro: la muerte siempre vence. ¿Siempre? Eso ya lo veremos, porque nosotros también tenemos nuestros pequeños (y no tan pequeños) triunfos sobre ella, pero lo que está claro es que viendo este cuadro no da esa impresión. Vamos a detenernos en alguno de sus detalles, pero como somos gente educada vamos a empezar por la protagonista, la propia Muerte, cabalgando sobre un caballo rojizo y dirigiendo a sus huestes.

La Muerte, cabalgando sobre su escuálido caballo y con la guadaña en la mano

Todos tenemos que morir, esto es una verdad indiscutible, pero ¿siempre ha sido así? Pues no, porque hubo un tiempo en que fuimos inmortales,o al menos eso cuenta la tradición cristiana, para la que la Muerte es una consecuencia del hecho de que Eva cogiera la manzana del árbol del Bien y del Mal y ella y Adán fueran expulsados del Paraíso. A partir de entonces los hombres no sólo estuvimos condenados a trabajar, sino también a morir. En cualquier caso, lo que siempre se ha considerado una condena, bien mirado, ¿no fue una liberación? Luego volvemos sobre eso, pero antes viene la primera victoria sobre la Muerte. ¿Os imagináis cuál es? Pues la resurrección de Cristo, claro. Y como según el Cristianismo Dios nos hizo a su imagen y semejanza… la consecuencia directa es que también resucitaremos.

La sangre de Cristo escurrió desde la cruz hasta el cráneo de Adán, limpiándolo así del pecado original y abriéndonos otra vez las puertas de la Eternidad, aunque sin liberarnos del trago de la Muerte

Sonarán las trompetas que nos convocarán al Juicio Final en el valle de Josafat, los muertos dejarán la fosa y San Miguel pesará las almas para decidir quién se salva y quién no. Como dicen los curas, igual que hemos compartido la muerte de Cristo compartiremos su resurrección.

El día del Juicio los muertos saldrán de sus fosas, desnudos pero de peluquería (como puede verse), que la ocasión no es para menos

No conozco ninguna representación más impactante del triunfo de Cristo sobre la Muerte que “La Canina“, el paso más singular de la Semana Santa de Sevilla. “La muerte venció a la propia Muerte“, dice una inscripción que lleva. Es decir, que la muerte de Cristo venció a la Muerte, y por eso todos podemos tener la esperanza de resucitar como él. Si queréis verla en la calle, el Sábado Santo por la tarde durante la procesión del Santo Entierro, pinchad aquí.

Canina se ha quedado la pobre de no comer, claro

La victoria de Cristo sobre la Muerte nos abre las puertas de la Eternidad, pero ¿conocéis algún concepto más terrible? ¿Os imagináis algo que no se acabe nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca…? Me da a mí que no hay Paraíso tan maravilloso que no llegue a aburrir. Saber que algo estará ahí siempre, siempre, siempre, siempre, siempre… ¿no le quita valor e interés? La vida se disfruta y se exprime más cuanto más presente tengamos que podemos perderla, que no es eterna y que antes o después moriremos.

“Si un día para mi mal / viene a buscarme la Parca”, que diría Serrat

¿Cómo se ha representado a la Muerte a lo largo del tiempo? Los antiguos imaginaron a las Parcas, las tres hermanas que controlaban el hilo de cada vida: Cloto lo hilaba, Láquesis lo medía y Atropos lo cortaba. Esos nombres les dieron los griegos, pero a mí me gustan más los que les pusieron los romanos: Nona, Décima y Morta. Aquí las tenéis en acción en “Hércules“, la película de Disney.

Así de simple: un tijeretazo y ya está. Un segundo, un abrir y cerrar de ojos, o sea, “In ictu oculi“. Eso es lo que pintó Valdés Leal en sus inolvidables cuadros del Hospital de la Caridad de Sevilla. ¿Cuánto le cuesta a la muerte acabar con una vida? Lo mismo que apagar una vela, un parpadeo, no más.

“Como se pasa la vida / como se viene la muerte / tan callando”. Jorge Manrique dixit

¿Desde cuándo se representa a la Muerte como un esqueleto? Pues desde el siglo XIII, más o menos, y sobre todo desde el XIV. Eran “tiempos recios“, la peste acechaba, las guerras eran algo habitual y los cuatro jinetes del Apocalipsis campaban a sus anchas por Europa. La Muerte te podía sacar a bailar en cualquier momento…

Bailando con la Muerte

Así lo contaban las “Danzas de la Muerte”, donde ésta bailaba con el Papa y con el mendigo, con el caballero y con el emperador, con el joven, el niño y el anciano…

“Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir. / Allá van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir. / Allá los ríos caudales / allá los otros medianos / e más chicos. / E llegados son iguales / los que viven de sus manos / e los ricos”. Otra vez Jorge Manrique

Brueguel representa a la muerte montada en su caballo, con su guadaña y con su inmenso ejército de esqueletos. La imagen viene de los cuatro jinetes que ya aparecen en el Apocalipsis, donde se describe a la Muerte montada en un caballo bayo (de color pálido), como la imaginó Durero.

Los cuatro jinetes sembrando la destrucción

La Muerte, montada en el caballo que está más cerca de nosotros, atropella a todos los que se ponen por delante. ¿Hay algo que os choque? Pues probablemente sí, porque siempre la asociamos con una mujer pero aquí es un hombre. Y es lo habitual en aquella época, aunque poco a poco se fue representando como un personaje femenino (no siempre, en cualquier caso). De más o menos un par de siglos después, del XVII, es ésta otra imagen:

La tumba de Alejandro VII, en San Pedro

Bernini hizo esta tumba monumental, espectacular, para el Papa Alejandro VII. A lo mejor en esta fotografía no apreciáis el detalle, pero un esqueleto con un reloj de arena en la mano levanta esa pesada tela y sale de abajo, parece que de la mismísima cripta (a la que se accede por esa puerta de madera) para llevarse al Papa con él, como en las “Danzas de la muerte” medievales, de dos o tres siglos antes.

Tic, tac, tic, tac…

También como un esqueleto aparece en esta tumba del cementerio de los vampiros de Celakovice, susurrándole algo al oído a esta joven, probablemente que se vaya apurando, que esto se ha acabado y ha llegado su hora.

¿Vienes conmigo?

En cualquier caso, nadie cuenta ese momento como Jorge Manrique en sus coplas. Don Rodrigo, su padre, está a punto de morir, y en ese momento entra la Muerte en la habitación y habla con él con toda naturalidad: “En la su villa de Ocaña / vino la muerte a llamar / a su puerta“.

No se os haga tan amarga

la batalla temerosa

que esperáis,

pues otra vida más larga

de la fama glorïosa

aquí dejáis.

Y aunque esta vida tercera

tampoco no es eternal,

ni verdadera,

aún con todo es muy mejor

que la otra temporal,

perecedera.

No se podía resumir mejor lo que la gente de aquel tiempo pensaba. Esta vida terrenal que tanto disfrutamos y a la que nos agarramos como a un clavo ardiendo, vale poco. La buena es la vida eterna, la del Más Allá, junto a Dios, pero mientras tanto, y como ninguno nos resignamos a desaparecer completamente de la faz de la Tierra… queda un premio de consolación: la Fama. Que se acuerden de uno, y a ser posible para bien. Pura vanidad, si nos vamos a poner puntillosos, pero no está mal, ¿no? No deja de ser otra victoria sobre la Muerte, pues de alguna manera, y aunque sea algo también temporal, la Fama consigue vencerla durante un tiempo.

“Finis gloriae mundi”, o sea, “El fin de las glorias del mundo”

Y sin embargo, también la Fama pasa y las vanidades del mundo acaban convertidas “En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada“, como decía Góngora. Mientras lo de la resurrección de los muertos no pase de ser una hipótesis, solo tenemos la certeza de una cosa que realmente puede vencer a la muerte. ¿Sabéis cuál es? De eso hablaremos el próximo día, pero os daré una pista que nos dejó Quevedo: “cenizas son, más tendrán sentido; / polvo serán, más polvo enamorado“. Así que el próximo día… hablaremos del Amor.

Y si queréis pasar UN OTOÑO DE MUERTE con nosotros, recorriendo el cementerio y muchos otros rincones desconocidos de nuestra ciudad, disfrutando con los versos del Tenorio y descubriendo las historias de los zaragozanos “del otro lado”, tenemos un montón de propuestas para vosotros. Entrad aquí y las encontraréis, o si lo preferís llamadnos al 976207363 y os las contaremos.

Y si queréis descubrir otros posts de nuestro blog relacionados con este tema, aquí os dejo algunos:

 La Belleza y la Muerte

 El Tiempo y la Muerte

Drácula, Don Juan, el Amor y la Muerte

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Lo primero de todo: ¿por qué existe un día de Todos los Santos, si cada santo tiene su fiesta? Sin ir más lejos, para tal día como el 30 de octubre he encontrado a San Marcelo, San Alonso Rodríguez (viudo y portero, según el santoral católico), Santa Bienvenida Bolani, San Gerardo de Potenza y los beatos Angel de Acri, Terencio Alberto O’Brien, Alejandro Zaryzkyj y Dorotea de Montau. Y si vas a la Santopedia (juro que existe) todavía añade a San Claudio, San Lupercio, San Victorio y San Marcelo de León, Santa Eutropia de Alejandría, San Germán de Capua,  San Marciano de Siracusa, San Máximo de Cuma, San Serapión de Antioquía y un par de beatos más, Miguel Langevín y Juan Slade. Diecinueve, entre santos y beatos, y no sigo buscando porque seguro que encuentro más. Habrá días con más y otros con menos, pero si uno echa cuentas así por lo bajo se puede acabar preguntando: ¿pero tantos santos ha habido? Pues parece ser que sí, y aún deben parecer pocos, porque ya desde el principio la Iglesia pensó que alguno seguro que se les escapaba sin canonizar, que llevar el control de tanto martirio, tanto eremita que se retiraba al desierto a rezar toda la vida, tanta prostituta que se arrepiente y se pasa cuarenta años llorando encima de una calavera… en fin, que era complicado, y al final el papa Urbano II, allá por el lejano siglo XIII, decidió instituir la fiesta de Todos los Santos. Así, si alguno se había ido al cielo sin pasar por los altares se quedaba compensada la cosa, y en paz.

La infanta Elena sí que sabe: le puso a su chico Felipe Juan Froilán de Todos los Santos, y así no queda mal con nadie

Tradiciones para Todos los Santos las hay de todos los colores. A mí el Halloween éste de los americanos me da bastante igual, la verdad sea dicha. Al fin y al cabo no deja de ser lo de siempre: tradiciones europeas que los americanos transforman más o menos y que luego nos devuelven como si fueran nuevas. Yo, en este caso, prefiero lo de toda la vida. Me encanta, por ejemplo, comer “huesos de santo“, y no sólo por lo ricos que están, sino por que me fascina que se llamen así y que encima intenten imitar a los de verdad, con el hueso de mazapán y el tuétano de yema. Mmmmmmm. Una deliciosa profanación, ¿no? Muy español, por otra parte, eso de que la santidad y el pecado vayan de la mano.

Ni más ni menos que desde el siglo XVII llevamos comiendo “huesos de santo”. Y aún quedan

¿Santidad y pecado juntos y revueltos? Pues sí, y precisamente eso es lo que encontramos (y en cantidades industriales) en la principal tradición española relacionada con Todos los Santos. ¿Y cuál es? Pues el Tenorio, claro. No puedo imaginarme un 31 de octubre sin escuchar sus versos. “Oh, Don Juan, Don Juan, yo imploro / de tu hidalga compasión, / o arráncame el corazón / o ámame, porque te adoro“. Desde hace siglos la fiesta de Todos los Santos y la representación de la historia de Don Juan van de la mano en España, y aunque durante un tiempo pareció que poco a poco se iba a acabar perdiendo, lo cierto es que está resurgiendo cada vez con más fuerza. Se vuelve a representar cada vez en más teatros, pero también en iglesias (p.ej., en Sevilla utilizan la iglesia barroca de San Luis de los Franceses, un escenario que pone los pelos de punta), en cementerios… Nosotros, este año, otra vez vamos a dedicarle una cena teatralizada que va camino de convertirse también en tradicional.

La pareja, posando junto a la tumba de Doña Inés

¿Por qué se representa el Tenorio para Todos los Santos? ¿Y desde cuándo? La respuesta a la primera pregunta es fácil: una parte de la obra se desarrolla en un cementerio, entre tumbas y muertos que vuelven a la vida. Y en cuanto a la segunda, resulta que Zorrilla estrenó su obra en 1844, pero ya desde mucho antes se representaba la historia de Don Juan por estas fechas. Nada menos que desde que Tirso de Molina, allá por el primer tercio del siglo XVII, escribió “El burlador de Sevilla o el convidado de piedra“, creando así uno de los personajes más grandes de todos los tiempos. Luego vendrían muchas otras obras, como “No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, o el convidado de piedra“, de Antonio de Zamora, que se estaría representando hasta que Zorrilla escribió su “Don Juan Tenorio” en pleno Romanticismo. Y fuera de España también, porque Don Juan pronto se convirtió en un personaje universal. Moliére escribió su “Dom Juan oú le festin de pierre“, Mozart compuso una ópera inmortal, “Don Giovanni“, y así podríamos seguir hasta hoy mismo, porque el cine sigue volviendo al personaje de vez en cuando. Sin ir más lejos, de 1995 es “Don Juan de Marco“, protagonizada por Jonny Deep y con el mismísimo Marlon Brando en el reparto.

Don Juan

Doña Inés

¿Conocéis algún verso del Tenorio? A pesar de las muchas “versiones” de la historia que hay, los que todo el mundo conoce son los de Zorrilla, que no lo sabía, pero los escribió para que mucho tiempo después Paco Rabal los recitara con esa voz maravillosa. Entre él y su Doña Inés, Concha Velasco, hubo una química que pocas veces se ha dado entre esos dos personajes míticos. Una lástima que TVE no reponga aquellos “Estudio 1” en los que nuestros mejores actores representaban nuestros mejores textos clásicos. Al fin y al cabo, eran una estupenda forma de crear afición, ¿o no? Así se mantienen las tradiciones, haciendo que los chavales de hoy las sientan también como suyas. Y para ello nada mejor que encontrarse a Don Juan también en televisión.

Don Juan en la sevillana plaza de Refinadores

¿De qué va la obra? Pues resulta que Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía, calaveras notorios, borrachos, pendencieros, jugadores, mujeriegos… se juntan en Sevilla y ya se sabe, fanfarrones los dos… “que apostaron, me es notorio, /a quién haría en un año / con más fortuna, más daño“. Y un año justo después se vuelven a encontrar en torno a una mesa de La hostería del laurel de Sevilla, teniendo como testigos a sus amigotes y, sin saberlo (estamos en pleno Carnaval, así que pueden ir enmascarados) Don Diego Tenorio, padre de nuestro héroe, y Don Gonzalo, el comendador, padre de Doña Inés. Y con ese selecto público cada uno de ellos empieza a contar las barrabasadas que ha hecho en esos doce meses (y a fe mía que les cundió). Os dejo con Paco Rabal en el papel de Don Juan y a Fernando Guillén en el de Don Luis.

Si queréis conocer éstas y muchas otras historias, os proponemos vivir con nosotros UN OTOÑO DE MUERTE: visitas al cementerio (de día y de noche), excursiones, cenas… entrad aquí y encontraréis toda la información. Y si queréis pasar una noche CENANDO CON DON JUAN, los próximos días 1 y 2 de noviembre hemos organizado una CENA TEATRALIZADA en el mismísimo panteón de la familia Tenorio que no os podéis perder. Entrando aquí encontraréis todos los detalles. Y aún hay más, porque si queréis seguir los pasos de Don Juan por SEVILLA, os esperamos en la excursión que hemos preparado para el PUENTE DE LA INMACULADA. Entrad aquí y encontraréis el programa.

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