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Orfeo, con su lira, tiene a los animales escuchándole con la boca abierta

Para estas navidades os proponemos pasar “Un día con los romanos” toda la familia en el Museo de Zaragoza (Plaza de los Sitios), y para ir calentando motores os iremos contando las historias de algunos de los personajes que viven allí, y también de los animales. Eso sí, id preparados, porque no sólo hay animalillos pequeños y pacíficos, sino que nos podemos encontrar cualquier cosa, desde leones hasta osos. ¿No os lo creéis? Pues ya lo veréis, pero no os preocupéis mucho, porque normalmente están de lo más tranquilos y relajados. ¿Sabéis por qué? Seguro que habéis oído miles de veces que la música amansa a las fieras, ¿no? Pues viendo este mosaico está claro que es verdad. Un hombre toca la lira y a su alrededor le escuchan tranquilamente águilas, serpientes, tigres, leones… ¿Quién puede ser, para tener semejante poder? Pues es Orfeo, y ahora mismo os hablo de él. Pero antes de nada: el mosaico que veis en la foto está en el Museo de Zaragoza, y apareció en una casa romana que estaba por la zona de San Juan de los Panetes. Estaba en el suelo del comedor, así que os podéis imaginar qué lujo. Para que os hagáis una idea os pongo una foto del comedor de otra casa de Caesaraugusta, que era como llamaban a Zaragoza los romanos, y ese sí podréis verlo si venís al Museo.

El comedor de los romanos finos se llamaba “triclinium”

Y ahora, a lo que vamos. ¿Quién era Orfeo? Pues respecto al padre no se ponen de acuerdo, pues unos dicen que era hijo de un rey y otros que del mismísimo dios Apolo. En cuanto a la madre, parece que fue una de las nueve musas, que eran las que inspiraban a músicos, poetas… así que el chico iba para artista ya desde que nació. El caso es que le dio por la música, y que no sólo tocaba bien sino que encima mejoró los instrumentos que había en aquella época. ¿Queréis un ejemplo? Pues a la lira le añadió un par de cuerdas y así sonaba muchísimo mejor, donde va a parar.

Orfeo tocando la lira. Los animales alrededor y él a su marcha, sin desconcentrarse

La cosa es que Orfeo tenía novia, Eurídice, pero cuando iban a casarse, a ser felices y a comer perdices… pues todo se torció. Un día, justo el de antes de la boda, ella iba paseando tranquilamente, pisó una víbora y claro, la otra se revolvió y le mordió un pie. Resultado: Eurídice se murió. ¿Os imagináis el sofocón? Orfeo, desesperado, se puso a tocar su lira, y lo que tocaba era tan, pero tan, tan triste, que todos los que le oían lloraban con él y le aconsejaron que la fuera a buscar al mundo de los muertos.

Caronte, el barquero de los dioses

Resulta que para llegar al Hades, el reino de los muertos, había que atravesar el río Aqueronte. Eso sí, a nado no se podía y la única forma era hacerlo en la barca de Caronte. Hasta aquí todo parece muy fácil, pero Caronte era de lo más pesetero y siempre pedía una moneda, por lo que se enterraba a los muertos con una moneda en la boca, para que le pudieran pagar. ¿Que no la tenían? Pues Caronte les hacía esperar nada menos que… ¡¡¡CIEN AÑOS!!!

“Al pasar la barca / me dijo el barquero…”. Os acordáis, ¿no? Pues en la barca de Caronte las niñas bonitas pagaban dinero como los demás, y si no, nada

El caso es que Caronte estaba allí para pasar las almas de los muertos, y cuando Perseo bajó a buscar a Eurídice… estaba muy vivo. “Que no te paso, que te pongas como te pongas no te paso“. “Pero chico, que te voy a pagar, no te pongas así“. “Si quieres que te pase te tendrás que morir“. “Pero hombre, no me digas eso, que soy muy joven todavía“. “Pues tú verás“. Así estaba la conversación hasta que Orfeo se puso a pensar. “¿Qué podría hacer yo para convencer a este hombre?“. ¿Ya os imagináis lo que se le ocurrió? Pues claro, se sentó en una piedra, sacó su lira, se puso a tocarla… y Caronte se ablandó, que tampoco era tan malo. “Hala, venga, que sí, que montes, que te llevo“. Y claro, como el truco le funcionó lo repitió en la mismísima puerta del Hades, donde estaba de portero un perro de tres cabezas, el can Cerbero (os suena lo de “cancerbero”, ¿no?).

Orfeo convenciendo a Hades, con todo el jaleo del infierno detrás

La cuestión es que Orfeo llegó hasta donde estaba Hades, el rey del inframundo. Ya os imagináis la cara que se le quedaría, claro: “Y tú, ¿cómo has llegado hasta aquí si estás vivo? Cuando coja yo a Caronte y al can Cerbero les voy a enseñar lo que vale un peine, vaya que sí, menudo par de blandos“. La cuestión es que Orfeo, que ya se había aprendido el truco, se puso a cantarle sus penas a Hades y a su señora hasta que les convenció, pero… siempre hay un pero. “Eurídice te seguirá, pero tú no puedes volverte a mirarla hasta que no hayáis salido al sol. Si no, la perderás para siempre“.

¿Creéis que Orfeo aguantó sin volver la vista?

Orfeo echó a andar sin saber si Eurídice le seguía y aguantó, aguantó y aguantó sin volver la vista atrás, hasta que cuando salió por la puerta del Hades ya no pudo aguantar más, se volvió pensando que Eurídice ya estaría completamente fuera y bañada por los rayos del sol, y… lo único que alcanzó a ver fue como ella se volvía y desaparecía, esta vez para siempre.

Orfeo, en otro mosaico

Después de esto, comprendéis mejor porque el pobre Orfeo pasaba los ratos muertos tocando su lira y cantando sus penas a quien le quisiera oír, ¿no? Y claro, lo hacía tan bien, pero tan bien, tan bien, que todo el mundo se quedaba embelesado, empezando por los animales. Si venís al museo veremos ese maravilloso mosaico que os ponía al principio, contaremos esta historia y muchas más.

Cuándo – 26 de diciembre y 2 de enero a las 11’30 y a las 17’00

Dónde – Museo de Zaragoza, Plaza de los Sitios

Precio – 7 € por persona (familias numerosas, tercer hijo gratuito)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí


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La iglesia del seminario de San Carlos, dedicada en realidad a la Inmaculada Concepción, es una de las más impresionantes de Zaragoza. ¿Quieres recorrerla con nosotros en 10 paradas, para descubrir algunos de los motivos por los que no te la puedes perder? Pues empezamos:

Un exterior austero que va volviendo a la vida poco a poco…

1 – Es el colegio más antiguo de Zaragoza – ¿Cómo? ¿Antes no hubo colegios? Pues claro que los chavales iban a clase (no todos, los que se lo podían pagar), pero es el edificio más antiguo concebido como colegio que se conserva en la ciudad. Lo construyeron los jesuitas en la segunda mitad del siglo XVI y ahí sigue, aunque desde que Carlos III los expulsó en 1767 se trasladó aquí una institución que ya existía, el Seminario Sacerdotal de San Carlos Borromeo.

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. ¿A qué parece que esté a punto de decirlo?

2 – Aquí dio clases Baltasar Gracián – El que probablemente es el escritor aragonés más importante de todos los tiempos, el jesuita Baltasar Gracián, paso aquí algunas temporadas de su vida, escribiendo obras que hoy son mundialmente conocidas.

ES-PEC-TA-CU-LAR

3 – Entrar en su iglesia es viajar en el tiempo – Cuando los jesuitas la miraran por última vez, cuando fueron expulsados, la verían prácticamente como nosotros la vemos ahora. Entrar en ella es viajar al siglo XVII, al barroco más rico y espectacular.

Por todas partes nos rodean imágenes de santos de tamaño natural que nos miran, nos interpelan, nos cuentan cosas…

4 – La vista se pierde entre las docenas de imágenes que nos cuentan sus historias – Por todas partes hay cuadros, relieves, esculturas, inscripciones… que nos están hablando del fascinante mundo de la Contrarreforma. Todo está ahí por algo y tiene un sentido, nada es casual.

El oro del retablo de San José brilla como el primer día después de la restauración

5 – Nos deslumbra el brillo del oro – retablos dorados, bocas de capilla, rejas, relicarios… todo recubierto de resplandeciente pan de oro, que sigue brillando como el primer día. Es como estar dentro del cofre del tesoro o, como dijo un viajero del siglo XVIII, en una “tienda de espejero”.

¿Dónde está la trampa?

6 – Sorprendentes trucos barrocos – En el Barroco, puro teatro, nada es lo que parece. Lo que importa es la apariencia de las cosas, así que de vez en cuando nos encontramos con alguna sorpresa que no os revelaré aquí. Si queréis descubrir los “trampantojos”, o sea, las trampas que se le ponen al ojo, buscando engañarlo, tendréis que venir.

Portada de la capilla de la Comunión, con la Custodia flotando entre la Fe y la Incredulidad

7 – Una pequeña capilla que es una enorme joya – La capilla de la Comunión, o de San José, o de los duques de Villahermosa, merece una visita detenida por sí sola. Se conserva prácticamente como cuando se acabó, en 1692, pequeña, recoleta y llena de significados por todas partes.

Una imponente escultura de mármol, rezando para la eternidad

8 – La tumba de un duque… y la de una duquesa – Dos esculturas de mármol como estas no tienen nada de normal ni en Zaragoza ni en España. De hecho, se trajeron de Nápoles. Siguen allí y son mucho más que magníficas.

Un conjunto impresionante

9 – Fantásticas esculturas y pinturas bellísimas – Los cuadros de Vicente Berdusán en la capilla de San José o las pequeñas esculturas de San Miguel y el Ángel de la Guarda que hay sobre las puertas de la sacristía son de lo más delicado que se puede encontrar en la Zaragoza barroca. Una delicia para contemplar con calma.

Un pequeño paraíso pintado sobre el altar

10 – Pequeñas y grandes joyas de las artes decorativas – Relicarios, puertas, rejas, frontales de altar pintados sobre estuco o bordados… en cada rincón de esta iglesia aparecen sorpresas como estas.

Estos son 10 de los 10.000 motivos que podríamos haber elegido para visitar la iglesia del Real Seminario de San Carlos. Si os apetece descubrir con nosotros este lugar fascinante, este mes de diciembre tenéis la oportunidad.

 

  • Cuándo – 5, 6, 7, 14, 20 (completo), 21, 27 y 28 de diciembre a las 17’00
  • Dónde – Puerta de la iglesia de San Carlos
  • Precio – 10 € por persona (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 8 €; parados, 5 €)
  • Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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El 20 de diciembre de 1591 rodó la cabeza de Juan V de Lanuza, Justicia de Aragón, en la Plaza del Mercado de Zaragoza. Felipe II le había condenado a muerte por “levantar banderas contra su rey“. “Los soldados ocuparon las calles“, “se hizo pública la sentencia del justicia y envolvió en luto y en silencio toda la ciudad. Y desde aquella casa hasta el cadalso fue llevado con pregones, en que decían que el rey le mandaba cortar la cabeza, derribar sus casas y castillos y confiscar su hacienda“. ¿Qué había pasado para llegar a ese punto?

“Quien tal hace, que tal pague”

Para empezar, ¿qué es eso del Justicia? Pues la institución más específicamente aragonesa. Al principio no había justicias estables y el rey nombraba un juez para que actuase en su nombre para disputas concretas. El cargo se creó en las Cortes de Ejea de 1265, para juzgar los pleitos entre el rey y los ricos hombres o caballeros, o entre ellos mismos. El Justicia acabó por convertirse en la figura más respetada del reino. Ante él juraban los Fueros los monarcas, presidía las Cortes en ausencia del rey e interpretaba las leyes, pudiendo incluso formar un ejército si el Reino se encontraba en peligro. Era un caballero que ejercía su cargo de forma vitalicia, sin posibilidad de renuncia o destitución, lo que le permitía ganar en poder e independencia frente al rey y las presiones de los nobles. Lo malo es que tras la unión con Castilla los nuevos reyes no entendieron la sensibilidad aragonesa hacia sus leyes y empezaron a poner límites a la autonomía del Justicia.

Monumento al Justiciazgo

Fernando el Católico había puesto la primera piedra, y sus sucesores Carlos I y Felipe II terminaron un edificio donde la monarquía designaba cargos políticos, nombraba obispos, imponía sus jueces y tribunales y tomaba todo tipo de decisiones. En Aragón algunas medidas, como nombrar a castellanos para cargos políticos dentro del Reino o desprestigiar las sentencias del Justicia de Aragón, fueron mal recibidas.  La cosa empezó así y fue a más. Los Virreyes, representantes del Rey en Aragón, llegaron a tomarse la justicia por su mano, ajusticiando a prisioneros o torturándolos a pesar de que el Justicia era el único que podía juzgar los delitos cometidos por aragoneses. Y la gota que colmó el vaso fue cuando Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, huyó de Castilla y pidió la protección del Justicia. La nobleza aragonesa salió en su defensa y desafió al rey, que enfurecido envió un ejército, tomó Zaragoza, cortó la cabeza del Justicia y encarceló a los nobles rebeldes.

“Se hizo pública la sentencia del justicia, y envolvió en luto y en silencio toda la ciudad”

Si queréis conocer con detalle lo que pasó en aquellos tremendos meses y recorrer los escenarios en los que todo aquello tuvo lugar, podéis participar en nuestra ruta “¿Dónde está mi cabeza?“.

Cuándo – Sábado 20 y domingo 21 de diciembre a las 11’30

Dónde – Delante del edificio de Capitanía (plaza de Aragón)

Precio – 8 € (7 € para estudiantes menores de 26 años y jubilados; 4 € para parados)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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De toda la vida yo he sido de los Reyes Magos, y eso no va a cambiar, pero… si de Nueva York se trata, hay que reconocer que Melchor, Gaspar y Baltasar no tienen allí mucho cartel. El que de verdad tiene tirón por aquellas tierras es Santa. Santa Claus, quiero decir. No hay más que oír a Bing Crosby para que quede bien claro.

En 1934 se compuso “Santa Claus is coming to town”, vamos, que “Santa Claus está viniendo a la ciudad“. Para entonces ya se había convertido en un señor que vestía de rojo y venía cargado de regalos de algún lugar muy, muy lejano en un trineo tirado por ocho renos y uno más muy especial, que se llamaba Rudolph y tenía una nariz luminosa que venía de perlas para las noches de niebla. Sin embargo, esta historia comienza mucho, muchísimo antes. ¿Queréis saber dónde?

Todo comienza aquí, junto a las venerables piedras del templo de Saturno, en Roma

Resulta que los romanos tenían por estas fechas unas fiestas dedicadas a Saturno: las Saturnales. ¿Qué celebraban? Pues más o menos lo mismo que nosotros. A lo largo de la primavera el día se va haciendo más y más largo, hasta que parece que la luz va a triunfar definitivamente. Llegamos así al solsticio de verano, la noche más corta del año (que se llena de luz con las hogueras de San Juan, como si quisiéramos ayudar a que ese día durase 24 horas), y vuelta a empezar. La noche va alargando, alargando, alargando… hasta que la oscuridad lo cubre casi todo. Y ¿qué día es el más corto, a partir del cual el sol empieza a reconquistar su terreno perdido? Pues el del solsticio de invierno, que coincide justamente (y no es casualidad, por supuesto, pues Cristo se identificó con la luz del mundo) con nuestra Navidad. Todos hemos oído decir aquello de que “eres más corto que el día de Navidad“, ¿no? Pues a partir de ese día la noche empieza a acortar y eso hay que celebrarlo. Los romanos tenían las Saturnales, y los cristianos, que vinieron después, aprovecharon que la gente ya estaba acostumbrada a celebrar una gran fiesta por esas fechas y simplemente cambiaron el nombre. Por cierto, ¿sabéis lo que hacía la gente para las Saturnales? Se intercambiaban regalos. Como lo oís. Os suena, ¿no?

Los Reyes Magos, en el retablo mayor de la Seo de Zaragoza

La tradición de los regalos por estas fechas se ha mantenido. Otro día hablamos de los Reyes Magos, pero también podríamos hablar de la Befana, el Orentzero, la tronca de Navidad… y San Nicolás.

La iglesia de San Nicolás, en Zaragoza

Allá por el siglo IV, en tierras turcas, hubo un obispo que se llamaba Nicolás y que llegó a ser santo. Ahora bien, de ahí a que en muchos lugares se considere que es el que lleva regalos a los niños por Navidad… Vayamos por parte y todo tendrá sentido. Resulta que el hombre era muy caritativo, y lo primero que hizo fue repartir la fortuna de sus padres entre los pobres. Pero es que además cuentan que había por allí un hombre desesperado porque no podía casar a sus hijas (no tenía dinero para la dote) y aquellas pobres chicas iban a acabar en la prostitución (yo creo que había otras opciones menos radicales, tipo solterona, monja… pero bueno, ellos no lo debían ver así). Total, que San Nicolás les dejó a cada una un saquito con monedas de oro en el zapato. ¿Qué? ¿Os va sonando la cosa? Pues aún hay más. Era una época de crisis y penalidades, y un día unos niños fueron a pedirle algo de comer a un carnicero. No sólo no les dio nada, sino que los troceó y los metió en salazón (otro que no conocía el término medio; con haberles dicho que no valía, digo yo). Siete años después pasó por allí San Nicolás, vio el barril donde estaban (que no los hubiera vendido en todo ese tiempo es algo que escapa a mi capacidad de comprensión, pero bueno, cosas de santos y milagros) y los devolvió a la vida (enteros, no a trozos). Repartía dinero, lo dejaba en los zapatos, era bueno con los niños… de ahí a que San Nicolás se convirtiera en el que llevaba los regalos a las criaturas hay un paso.

Imaginaos la sed que tendrían los angelicos después de siete años en sal

Nos vamos ahora para el norte de Europa, y concretamente a Holanda. Allí llega todos los 5 de diciembre Sinterklaas (San Nicolás, en holandés), en barco de vapor y desde España, con su ayudante Pedrito el negro (realmente lo llaman Zwarte Pieten), que va echando unas galletitas a la gente. Luego monta en un caballo blanco y empieza su reparto (bueno, el que baja por las chimeneas es su ayudante, claro).

Qué cosas, ¿verdad? Nadie diría que sale de España, porque aquí no le hacemos ni caso al hombre y allí se desviven.

Por cierto, ¿adivináis qué ponen los niños holandeses, ya desde el siglo XV, la noche en que viene Sinterklaas? Pues sus zapatos junto a la chimenea, claro. Bueno, o sus zuecos, que para eso estamos en Holanda.

¿Quién nos iba a decir que esto de los zapatos venía de tan lejos?

Resulta, resulta… que Nueva York lo fundaron en realidad los holandeses, y su primer nombre fue Nueva Amsterdam (bueno, antes estuvieron los franceses, pero no dejaron mucha huella). Para allí se llevaron sus costumbres y sus tradiciones, y entre ellas la de Sinterklaas, que también llegaba hasta aquellas tierras todos los 5 de diciembre. Y en ese momento comienza un proceso que es la especialidad de los americanos: coger los viejos mitos europeos, transformarlos un poco o un mucho y después vendérnoslos por nuevos. Es decir, convertir al viejo San Nicolás-Sinterklaas en Santa Claus.

Comienza la transformación

Para empezar, el que transforma el nombre holandés en Santa Claus es Washington Irving (el de los “Cuentos de la Alhambra“), en un cuento que escribe en 1809: “Historia de Nueva York“. Unos años después, en 1823, se escribe un poema en que Santa Claus es un duende enano y delgado que regala a los niños juguetes por Navidad y que viene en un trineo tirado por ocho renos.

Leyendo las cartas…

Hacia 1863 se convierte en un anciano gordo, barbudo y bonachón, gracias a las tiras ilustradas por Thomas Nast para la revista Harper’s Weekly. Ya se va pareciendo a lo que conocemos, ¿no? Pero aún faltan bastantes detalles que ahora nos parece que llevan ahí toda la vida. Por ejemplo, ¿de dónde viene la idea de que Santa Claus vive en el Polo Norte, o en Laponia? Pues de una campaña de publicidad de Lomen Company, una empresa que vendía carne de reno. En la Navidad de 1926 llevaron por varias ciudades de Estados Unidos a Santa Claus en un trineo tirado por renos, que se convirtió en una de las tradiciones más queridas de la Navidad en USA. A partir de entonces ya todo el mundo tuvo claro que Santa Claus se desplaza en este medio de transporte, y punto. Ya sabéis, en América el márketing lo es todo. Tanto, que el traje de Santa también se asocia con otra campaña publicitaria. ¿Os imagináis de qué?

La chispa de la vida…

Pues claro, de Coca Cola, en 1931. No es que ellos se inventaran el color blanco y rojo del traje, pues antes también había aparecido vestido así. Pero está claro que contribuyeron definitivamente a universalizar al personaje y a hacer que su imagen fuera igual en todas partes. ¿Falta algo? Pues claro que falta, un personaje fundamental de la tradición, un reno con la nariz brillante y luminosa que es perfecta para guiar a sus ocho compañeros en las noches de nieve, niebla… Rudolph parece que se popularizó a partir de un cuento de 1939 (aunque ya existía antes), y si queréis conocer su historia nada mejor que oírla contada por dos monstruos: Bing Crosby y Ella Fitzgerald.

Hoy, Santa Claus está por todas partes, y uno puede ir paseando por Nueva York y encontrarse a 150, todos iguales, y cantando “Let it snow“, “Santa Claus is coming to town“, “Have yourself a merry little christmas” o cualquier otro éxito de ayer, hoy y siempre que nos hemos acostumbrado a oír en la voz de Judy Garland, Bing Crosby, Frank Sinatra, Dean Martin, Ella Fitzgerald… y otros grandes de la canción americana.

“Santa Claus is coming to town”

Si queréis conocer estas y otras muchas historias sobre LAS TRADICIONES DE LA NAVIDAD, no os podéis perder la cena que hemos preparado para el sábado 28 de diciembre en el MUSEO DIOCESANO. Si queréis toda la información entrad aquí.

Cuándo – Sábados 21 y 28 de diciembre a las 21’30
Dónde – Taquillas del Museo Diocesano
Precio – 29 € por persona
Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí
Y si queréis conocer más historias, aquí os dejo algunos posts de nuestro blog:

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La Seo, una de las dos catedrales de Zaragoza, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, espectacular, maravillosa… es un lugar inagotable, lleno de historias y secretos. Hoy os propongo recorrerla conmigo en busca de todo lo relacionado con un tema tan fascinante como la muerte. ¿Os apetece? Pues empezamos:

1 – UNA TUMBA EN LA QUE SÓLO HAY UN CORAZÓN – el príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV, murió en Zaragoza con 17 añicos. Su cuerpo acabó en el Panteón de Infantes de El Escorial, pero su corazón… enterrado en la Seo (por cierto, el de su hermanastro, Don Juan José de Austria, está en el Pilar). No os digo dónde, pero os dejo un retrato suyo.

Velázquez lo pintó como lo que era, un proyecto de rey

2 – UN RELICARIO CON UN CRÁNEO DENTRO – El cuerpo de San Valero, por cosas de la vida, acabó en la catedral de Roda de Isábena. Eso sí, como los humanos tenemos la fea costumbre de no dejar a los santos descansar en paz y de irlos descuartizando poco a poco para repartir sus trozos un poco por todas partes, primero se trajo a Zaragoza un brazo y después el cráneo. No os cuento el milagro que hizo, pero os dejo esta foto para que vayáis pensando dónde puede estar.

El busto-relicario de San Valero, con el cráneo dentro

3 – UNA PIEDRA DE MOLINO QUE NO SE HUNDE NI A TIROS – Cuentan que a San Vicente, diácono de San Valero, le martirizaron de todas las formas posibles y no había manera de que se muriera. Cuando por fin lo lograron tiraron el cuerpo al mar atado a una rueda de molino… ¡¡¡y flotaba!!!

El cadáver de San Vicente, tan ricamente sobre su rueda de molino

4 – UN SANTO, UN DRAGÓN Y MUCHA SANGRE – En algún rincón de la Seo está mi dragón preferido. San Jorge le mete una lanza por la boca y se la saca, llena de sangre, por la nuca. Cuando estás debajo casi parece que te vaya a caer alguna gota encima.

¿Estáis seguros de que el pobre dragón era tan malo como para esto?

5 – UN ARZOBISPO HIJO DE OTRO ARZOBISPO – El arzobispo Don Hernando de Aragón fue hijo del arzobispo Don Alonso de Aragón, que a su vez también fue padre del arzobispo Juan II de Aragón y abuelo de San Francisco de Borja… ¿Os aclaráis con este lío archiepiscopal?

Aquí os dejo, de momento, la tumba de Don Hernando de Aragón. Por cierto, su corazón… Mejor os lo cuento en la visita

6 – UN CRISTO QUE HABLA Y UN CANÓNIGO QUE PEDÍA DEMASIADO – Cuentan que un día estaba el canónigo Martín de Funes rezando ante el Santo Cristo de la Seo, y de pronto… Cristo le habló. Sí, sí, como lo oís. ¿Os imagináis qué le diría para que el canónigo le hiciera una fantástica capilla y se enterrar allí, rezándole eternamente?

Colgando delante del Santo Cristo están las palabras que dijo

7 – UN “BANQUERO” QUE SE HIZO RICO CON SUS CHANCHULLOS – Gabriel Zaporta no era exactamente un banquero, pero más o menos. Y lo que está claro es que se forró haciendo negocios de todo tipo, incluso alguno limpio. Además de su casa (en la que estaba el “patio de la Infanta”) se hizo una estupenda capilla para enterrarse en la Seo. Si venís podréis ver su retrato (hecho un pincel, por cierto) en la lápida de encima de la tumba.

“Ya que sea, que se vea”, debió pensar Gabriel Zaporta después de haberse gastado sus buenos cuartos en la capilla

8 – UNOS HUESOS PERDIDOS Y ENCONTRADOS – Cuenta la tradición que Santo Dominguito de Val, infantico de la Seo, fue martirizado por los judíos. No sólo nos encontramos su historia representada por todas partes, sino que se conserva una arqueta con sus reliquias, encontradas por casualidad en la sacristía siglos después de haberlas perdido. No pongáis esa cara, que a todos nos han pasado cosas así. ¿O no?

¿Dónde está ahora la arqueta con las reliquias de Santo Dominguito?

9 – UN CANÓNIGO ASESINADO QUE HACE MILAGROS DESPUÉS DE MUERTO – Una noche de luna de 1485 un grupo de conspiradores entró por la puerta de la Pabostría de la Seo y, delante del altar mayor, asesinó a Pedro Arbués, el primer inquisidor de Aragón. ¿Queréis saber por qué? ¿Os imagináis qué milagros ocurrieron esa misma noche?

Un santo de la casa se merece una capilla, ¿no? Qué menos

10 – Y MUCHAS COSAS MÁS… – Muchas más historias de tumbas, muertes, reliquias, milagros y hasta algún otro asesinato. ¿Queréis descubrirlo todo? Pues no os podéis perder nuestra visita “Muerte en la Seo”.

Las naves de la catedral están llenas de historias…

Si queréis descubrir LOS SECRETOS DE LA SEO no os podéis perder la visita que hemos preparado para los sábados de julio y agosto a las 10’30, con la fresca.

Cuándo – Sábados de julio y agosto a las 10’30 de la mañana
Dónde – Puerta principal de la Seo
Precio – 10 € por persona (jubilados, 8 €; parados, 5 €)
Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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¿Quién no se ha imaginado alguna vez patinando en esta pista de hielo mientras suena la banda sonora de “Love Story” o alguna ñoñería parecida?

De toda la vida, a los americanos (y con esto quiero decir norteamericanos, claro) les gustan las cosas grandes. Muy grandes, a poder ser. Más grandes todavía. Yo aún diría más: las más grandes. Y claro, cuando llega la Navidad quieren tener el árbol más grande del mundo. ¿Lo consiguen? Pues no lo sé, pero lo que sí logran es que sea el más famoso, porque no hay otro más conocido que el “Rockefeller Center Christmas Tree”, o sea, el árbol de Navidad del Rockefeller Center de Nueva York.

¿Alguien no conoce esta foto?

Seguro que conocéis esta foto, la pesadilla de cualquiera que se dedique a la prevención de riesgos laborales y todas esas cosas. Pues bien, fue tomada en 1932, durante la construcción del Rockefeller Center, el proyecto privado más grande (¿qué os decía yo?) construido en el siglo XX. Los Rockefeller, que se habían forrado con el petróleo, plantearon un enorme complejo de edificios para oficinas, centro comercial y de ocio en pleno corazón de Manhattan. Llegó el crack del 29 pero ellos siguieron adelante, construyendo a lo largo de los años 30 un complejo impresionante, de lo más espectacular de Nueva York. Hoy se puede subir a la terraza del rascacielos que veis en esta foto (y que para mí es el más elegante de la ciudad), conocido como el edificio General Electric.

El séptimo edificio más alto de Nueva York, con 259 metros de nada (y 70 plantas)

¿Sabéis cómo se llama la terraza? A mí me encanta el nombre: “Top of the Rock. Ya no puede ser más sonoro, más contundente y más comercial (que es de lo que se trata en los USA, no lo olvidemos, de hacer caja y que entre mucho cash, que diría mi admirada Carmen Lomana). ¿Queréis ver la vista que se tiene desde allí arriba?

¿Veis el Empire State Building justo al fondo? Pa’flipar, que diría el clásico

Pero vamos al grano, que nos estamos desviando. El Rockefeller Center es conocido por muchas cosas: por las Rockettes del Radio City Music Hall, que está ahí mismo (y cuyo nombre viene precisamente de Rockefeller), por la famosísima pista de hielo (¿en cuántas películas la habéis visto?) y sobre todo por el árbol de Navidad, una tradición que comenzó en los años 30. ¿Queréis ver cómo?

Unos inicios modestos, para qué mentir

Estamos en 1931 (un año antes de la foto de los obreros sentados en la viga), en plena Gran Depresión (todo es grande en América). Los trabajadores que están construyendo el Rockefeller Center instalaron un pino que adornaron con guirnaldas de papel y latas de conserva vacías. Dos años después ya se hizo un “encendido” oficial, y en 1951 comenzó a retransmitirse por televisión. Hoy es un fiestón, con cientos de miles de personas y famosos, famosillos y famosuelos (este año, por ejemplo, estarán allí Justin Bieber para las adolescentes, y Michael Bublé para las personas con gusto musical) que actúan junto a las Rockettes, que son las verdaderas protagonistas de la fiesta. ¿Las habéis visto alguna vez? Pues dadle a play y disfrutadlas. ¿Habéis visto alguna vez algo más perfecto? ¿Cuántos miles de horas de ensayos tiene que haber detrás de esas piernas que se levantan a la vez?

A lo mejor nosotros, con nuestro complejo de europeos, pensamos que 78 años no son nada, y que los americanos no necesitan mucho para convertir algo en una tradición “de toda la vida”. Pobrecillos, no tienen historia, y todas esas cosas que tanto nos gusta decir. Pues bien: nuestra multitudinaria Ofrenda de Flores, absolutamente tradicional, entrañable y muchísimas cosas más… sólo tiene 53, así que esta vez también ellos se llevan el “más” (más antiguo, pero en cuanto a la gente que participa… eso habría que verlo). Eso sí, lo que más les preocupa es que su árbol sea el más alto, y para eso organizan toda una operación de búsqueda hasta que lo encuentran.

¿Cuál será el elegido?

Al Rockefeller Center llegan cientos de propuestas de todo Estados Unidos, ofreciéndoles el árbol perfecto. Además, el jefe de jardinería sobrevuela los bosques de Connecticut, Nueva Jersey, Ohio, Vermont y hasta de Canadá si es preciso hasta que encuentra el árbol ideal, siempre con más de 50 años de vida y más de 20 metros de altura. Este año, concretamente, 22 metros y 55 centímetros (o lo que es lo mismo, 74 pies, que dicho así parece más que veintipocos metros, ¿o no?). ¿Y dónde lo han encontrado? Pues en Mifflinville, Pensilvania, en la finca de la familia Keller, que está encantadísima de haber contribuido de esta manera a poner a su pueblo en el mapa (de no ser por esto, ¿alguien conocería Mifflinville?).

La familia Keller al completo (suponemos) posa feliz ante su árbol

Una vez elegido el árbol, comienza la delicada operación que culminará con el encendido, el primer miércoles después de Acción de Gracias (que es el tercer jueves de noviembre; este tipo de juegos a los americanos les encantan). Este año, será el 30 de noviembre, y para que todo esté a punto para ese momento el árbol llega unos 20 días antes a Manhattan. Este año llegó el día 11. ¿Queréis ver cómo ha sido el viaje desde el ya famoso pueblo de Mifflinville hasta el mismísimo corazón de la Gran Manzana? Pues aquí va el relato en imágenes.

¡¡¡A serrar!!!

¡¡¡Arbol va!!!

Cuidadín, no se rompa

Llegamos a Manhattan

¿Y ahora quién levanta esto?

¡¡¡Arriba con él!!!

¡¡¡Todos a una!!!

Ahí queda eso

El traslado de un árbol de más de 8 pisos de altura es una operación costosa y delicada, y si tenemos en cuenta que lo han convertido en todo un ritual, nos podemos imaginar la expectación que hay alrededor. Los medios de comunicación siguen el traslado paso a paso, hasta que el árbol queda instalado en su sitio. Y entonces… comienza la siguiente fase del proceso: la decoración. Y para eso lo primero que hay que hacer es construir un enorme andamio alrededor de nuestro árbol.

Todo listo para empezar a poner bombillas como locos

No es para menos: 30.000 luces (desde hace unos años, led de bajo consumo), ocho kilómetros de cable y una enorme estrella de cristal Swarovski coronándolo todo (enorme de verdad, de tres metros de diámetro y 250 kilos de peso). El resultado es… ¡¡¡ESPECTACULAR!!! Así que cada año se congregan allí cientos de miles de personas para el momento del encendido (aunque sólo lo pueden ver directamente unos pocos, que llevan allí horas y horas muertos de frío, porque la plaza es más bien pequeña).

Un momentazo, para que nos vamos a engañar. Recordad, este año el 30 de noviembre. Si estáis por allí, no os lo perdáis. Y si pensáis pasaros por Nueva York antes del 7 de enero, pues lo mismo. Como diría la canción, “It’s Chritsmas time in the city”, y para escuchársela a otro, ¿quién mejor que Bing Crosby? Pues pinchad aquí y disfrutad.

Sólo hay una forma digna de ser hortera, y es esta: a lo grande

Si queréis conocer estas y otras muchas historias sobre LAS TRADICIONES DE LA NAVIDAD, no os podéis perder la cena que hemos preparado para el sábado 28 de diciembre en el MUSEO DIOCESANO. Si queréis toda la información entrad aquí.

Cuándo – Sábados 21 y 28 de diciembre a las 21’30
Dónde – Taquillas del Museo Diocesano
Precio – 29 € por persona
Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí
Y si queréis conocer más historias, aquí os dejo algunos posts de nuestro blog:

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Esos ojos, esa boca, esos dedos… ¡¡¡Qué miedo!!!

Seguramente Béla Lugosi es una de esas personas a las que nunca invitarías a cenar, por si acaso (¿o sí?). Drácula es igualico, igualico que él, no hay más. Y es que ya desde pequeño Béla estaba destinado a convertirse en el conde más famoso del mundo. Para empezar, nació en la mismísima Transilvania, concretamente en Lugoj, y por eso se puso de nombre artístico Béla (que era su nombre real) Lugosi (o sea, el de Lugoj). Vamos, como Marifé de Triana, pero en rumano. No sabemos si por su origen, por su aspecto físico o por todo junto, pero el caso es que interpretó tantas veces al vampiro más famoso de todos los tiempos y se sintió tan identificado con él que cuentan que llegó a creérselo. Tanto, que pidió que le enterraran vestido con su capa negra forrada de satén rojo. ¿Cómo lo veis?

Después de ver esto, ¿quién se atreve a asegurar que los vampiros no existen?

Cuenta una vieja leyenda de Hollywood (probablemente más falsa que Judas) que en el entierro de Béla Lugosi se juntaron dos astros del cine de terror, Vincent Price y Peter Lorre, y mirándolo dijeron: “¿No deberíamos clavarle una estaca por si acaso?“. No lo hicieron, entre otras cosas porque parece que ninguno de los dos estuvo realmente en el funeral, pero aunque sea falsa la anécdota es genial. Y seguro que lo mismo piensan los que hicieron este muñeco “encantador”.

¿Os imagináis dormir con “esto” en la habitación?

Pero estamos yendo muy deprisa. Es verdad que la muerte es el nacimiento a la no-vida de un vampiro, pero… ¿qué sabemos del auténtico Béla? Pues para empezar, que nació en 1882, 15 años antes de que Bram Stoker escribiera su novela “Drácula“. Y que al principio se ganó la vida como actor haciendo papeles “normales“. Y que por sus ideas políticas de izquierdas tuvo que marcharse primero a Alemania y luego a Estados Unidos, sin un céntimo en el bolsillo y pagándose el viaje trabajando en las máquinas del barco. Y que con treinta y tantos años encontró el papel de su vida. A partir de 1927, cuando empezó a interpretarlo en Broadway, y todavía más cuando lo llevó al cine en 1931, Béla Lugosi sería para todo el mundo el conde Drácula, y viceversa.

Drácula nunca fue tan elegante

No era la primera vez que la novela se llevaba al cine. Murnau había rodado en Alemania, en 1922, una película inolvidable: “Nosferatu“, aunque tuvo que cambiar el nombre de Drácula por el de Conde Orlok por no haber conseguido de la viuda de Bram Stoker los derechos de la novela.

De tan feíco casi da ternura, ¿verdad?

Nosferatu es un ser monstruoso, horriblemente feo y desagradable, con rasgos de roedor y largas uñas. Nada que ver con el Drácula que encarnará Béla Lugosi nueve años después: apuesto, seductor, impecablemente vestido… todo un galán.

Como para decirle que no, con ese gesto que tiene de estar encantado de haberte conocido

Aunque Tod Browning, que fue contratado por la Universal Pictures para dirigir “Drácula” en 1931, buscaba un actor desconocido para que resultase aún más siniestro (se decía que para “Nosferatu” habían contado con un auténtico vampiro para representar el papel, y había que estar a la altura), el estudio le impuso en el cásting a Béla Lugosi, que llevaba tres años representando al conde en el teatro con un enorme éxito. El acierto fue total. Béla pudo usar todos los recursos aprendidos durante 30 años de profesión: los gestos de la cara, su mirada penetrante, unas manos que pueden expresar desde el mayor refinamiento hasta el más absoluto terror, una media sonrisa capaz de helarte la sangre en las venas y un acento centroeuropeo que hacía aún más creíble el personaje. Os dejo aquí una escena para que podáis comprobarlo.

Ese ambiente de castillo gótico en ruinas combinado con la elegancia británica del vestuario; el conde parado en mitad de la escalera, con el candelabro en la mano; las sombras que lo cubren todo; el aullido de los lobos, “children of the night“, hijos de la noche, la música preferida del conde… ¡¡¡Inolvidable!!! He puesto la versión inglesa para que disfrutéis de la voz de Béla, de su hablar lento y parsimonioso, de sus movimientos tan elegantes como precisos, tan lentos como contundentes… todos los recursos que había adquirido en 30 años de profesión están aquí.

El conde quiere trasladarse a vivir (bueno, a no-vivir, para ser exactos) a Londres y ha contactado con un despacho de abogados para comprar una propiedad. Renfield será el primer enviado a Transilvania para resolver los detalles. El conde le recibe, le dice que ya ha cenado y echa una primera mirada a los contratos. Su invitado se corta con un cuchillo, aparece la sangre por primera vez y poco después el conde le da las buenas noches (una ironía como otra cualquiera). Cuando Renfield (que algo ya se debe oler) abre la ventana, ve revolotear un murciélago, y al poco llegan tres “vampiras” (lo de vampiresa sería más adecuado para ese tipo de mujer que es la perdición de los hombres, aunque no les saque la sangre literalmente), a las que el conde expulsa de allí. Esa misma escena de la cena aparece en muchas otras películas. ¿Queréis verla en alguna? Pues por ejemplo, pinchad aquí para ver cómo Nosferatu recibe a su invitado (id hasta el minuto 20, 18 segundos), o aquí para ver cómo en el año 2.000 se recreó aquel rodaje en “La sombra del vampiro“, una película en la que John Malkovich interpretó a Murnau, el director, y en la que se daba como real la leyenda de que contó con un vampiro auténtico para su conde Orlok. Cine que bebe del cine que bebe del cine que bebe de una novela que bebe de innumerables tradiciones que beben de la vida misma. Eso es arte, y del bueno.

Una imagen de la misma escena en el inolvidable “Drácula” de Coppola. El conde, su sombra (que va por libre) sobre el plano de Londres, el pasante enviado por el despacho de abogados…

Aquella película fue el mayor acierto de Béla Lugosi. Su mayor error lo tuvo muy poco después, cuando rechazó el papel de Frankestein, que llevaría al estrellato al que sería su eterno rival, Boris Karloff. Haría muchas más películas de terror, pero poco a poco su carrera se iría deslizando hacia abajo, pasando a la Serie B y más abajo aún. Murió arruinado y consumido por la morfina en 1956, pero los mitos nunca mueren. Hoy está enterrado en el cementerio de Holy Cross, cerca de Los Angeles, en una estupenda compañía. Si de noche vuelve a la vida podrá bailar con Ryta Hayworth mientras suena la música de Bing Crosby y John Ford dirige la escena, pues todos ellos (y muchos más) también están enterrados allí. Una compañía estupenda para pasar la eternidad, para qué nos vamos a engañar. Su tumba sigue siendo visitada por sus admiradores, que a lo mejor esperan verlo aparecer por allí en cualquier momento, quizá en forma de murciélago.

Si esta lápida pudiera hablar…

Alguien decía, siempre que hablaba de él: “He’ll be back“, o sea, volverá. Aquellas palabras fueron proféticas, porque Tim Burton volvió a darle vida en una estupenda película dedicada al peor director de cine de todos los tiempos, “Ed Wood“, con el que hizo sus últimos trabajos (Martin Landau consiguió el Oscar por su memorable interpretación de una estrella en la decadencia, y Johnny Depp, que interpreta a Ed Wood, vive hoy en la casa de Béla Lugosi, que la vida da muchas vueltas). ¿La habéis visto? Pues aquí os dejo un enlace a youtube para que podáis verla entera (está en varias partes, pero completa; cuando acabe cada una pinchad en la siguiente y ya está). En cualquier caso, como no quiero que os quedéis con esa imagen de un Béla olvidado por todos, enganchado a las drogas, arruinado… os dejo una imagen del actor en su esplendor:

Nunca habrá otro vampiro más elegante y seductor

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