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Posts Tagged ‘2012’

Continuamos con las cenas en el Palacio Arzobispal, y para las próximas semanas hemos elegido un tema que nos encanta: las tradiciones de las fiestas del Pilar. ¿Desde cuándo la Virgen del Pilar es patrona de la ciudad, y por qué? ¿Qué representa la comparsa de Gigantes y Cabezudos? ¿Cómo nació la Ofrenda de Flores? ¿Y el Rosario de Cristal? Muchas veces se nos olvida que nuestras fiestas son un fantástico conjunto de tradiciones que han ido creciendo a lo largo del tiempo para convertirse en lo que son hoy. manifestaciones multitudinarias que forman parte de los recuerdos y las vivencias de cada uno de nosotros. Si queréis saberlo todo sobre ellas… ¡os esperamos!

Como ya va haciendo fresco, la cena será en la sala de exposiciones del Museo Diocesano. Os dejo el menú, pero recordad que si sois vegetarianos, celíacos, alérgicos… solo tenéis que decírnoslo al reservar y os prepararemos otra cosa.

  • Migas al estilo aragonés con longaniza y uva

  • Bacalao con verduritas

  • Tarta selva negra con base de natilla

 

Cuándo – Viernes 3 y 10 de octubre a las 21’00

Dónde – Patio del Palacio Arzobispal (la cena tendrá lugar en la sala de exposiciones)

Cuánto – 30 € por persona

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

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Sólo hay una cosa que sobreviva a la muerte, y es el amor. Lo afirma Quevedo en un soneto maravilloso en el que dice que sí, que podrá venir la muerte a buscarnos, que se nos llevará, que nos descompondremos y no quedará más que un montón de polvo, pero…

Cenizas son, más tendrán sentido.

Polvo serán, más polvo enamorado.

Son los dos versos más extraordinarios que he leído nunca, pero para mí son mucho más que eso. Cuanto más contacto tengo con los cementerios (por las visitas que hacemos en ellos, fundamentalmente) más claro tengo que es así, que la muerte no acaba con el Amor, cualquier tipo de amor, sino todo lo contrario. La mayoría de las tumbas, aparte de lo que pueda haber en ellas de vanidad (que a veces es mucho) son un acto desesperado de lucha contra el olvido, porque no podemos soportar la idea de que las personas a las que hemos querido (y seguimos queriendo) desaparezcan para siempre.

Un beso que durará toda la eternidad

Hay una tumba perdida en el cementerio de Montparnasse de París que representa maravillosamente esto que estamos diciendo. Estamos en 1908 y los padres de Tania Rachevskaia, una anarquista rusa que se suicidó por amor, encargaron la escultura a Constantin Brancusi, un escultor rumano (como nuestro conde preferido) que había llegado a París unos años antes. Parece que no se quedaron muy contentos con la obra, pero Brancusi, que la consideraba perfectamente adecuada para una mártir del amor, no quiso cambiarla. A mí me parece maravillosa.

Sólo hay otro beso en el que dos personas se fundan de esta manera, y es el de Burt Lancaster y Deborah Kerr en “De aquí a la eternidad”

Si nos vamos ahora a Portugal encontraremos otra maravillosa historia de amor que vence a la muerte, la del rey Pedro I e Inés de Castro. Si os digo que ella reinó después de morir a lo mejor os imagináis por dónde van los tiros, pero vamos a empezar por el principio. Resulta que, por uno de estos matrimonios concertados, una noble gallega se casó con un infante de Portugal y se llevó con ella a unas cuantas damas para no sentirse sola. El infante se casó con quien debía, pero se enamoró de… Inés, una de aquellas damas y, para colmo, prima de la susodicha. La legítima murió, Pedro e Inés se casaron en secreto, tuvieron hijos… y ante el miedo de que aquellos bastardos pudieran llegar a reinar el abuelo, el rey don Alfonso IV, mandó asesinar a Inés. Así, como suena, en un lugar de Coimbra que hoy se sigue llamando “Quinta das lágrimas”.

Inés de Castro en su tumba

Cuando Pedro llegó a reinar su venganza fue terrible. Fue a por los asesinos y, entre otras cosas, les mandó arrancar el corazón en vivo y a uno de ellos por la espalda (cuentan que el rey incluso llegó a morder los corazones con la rabia que sólo puede experimentar alguien que está vengando a aquella de la que sigue enamorado). Pero fue mucho más lejos. Mandó desenterrar a Inés, la sentó en el trono y todos los nobles tuvieron que pasar a besar la mano de la reina. “Reinar después de morir”, se titula una obra de teatro escrita siglos después de aquello.

Las tumbas, una frente a la otra, en el monasterio de Santa Clara de Coimbra

Lo mejor de la historia es que el rey mandó que su tumba y la de Inés se colocasen no una al lado de otra, sino enfrentadas. ¿Sabéis para qué? Pues para que el día del Juicio Final, cuando llegase la hora de la resurrección, al levantarse  viera frente a él, antes que ninguna otra cosa, a su amada Inés. “Polvo serán, más polvo enamorado”. Pedro e Inés ya no están en Coimbra, pues sus tumbas fueron trasladadas al espectacular monasterio de Alcobaça. Eso sí, siguen estando el uno frente al otro esperando el día en que puedan volver a mirarse a los ojos.

Los dos amantes, uno frente al otro, en el monasterio de Alcobaça

La eternidad es algo terrible de imaginar. No hay perspectiva más escalofriante que la de algo que no se acaba nunca, nunca, nunca, nunca, nunca, nunca… Sin embargo, cuando uno está enamorado todo el tiempo es poco, y necesita la vida eterna para estar con la persona amada. A lo mejor pensáis que todo esto forma parte más de los mitos y las leyendas que de la vida real de la gente de verdad, aunque bien mirado, el amor es lo único que puede convertir un minuto corriente de una vida normal en algo extraordinario. Historias cotidianas para demostrarlo las hay a miles, pero para contradecirme un poco a mí mismo voy a acudir a dos personajes de ficción que me fascinan especialmente y entre los que últimamente estoy encontrando muchas relaciones: Drácula y don Juan Tenorio. Los dos están tremendamente solos y da la impresión de que no quieren saberlo. A lo mejor por eso mismo los dos son insaciables y viven en una angustiosa carrera por acumular conquistas (que caen en sus brazos más o menos voluntariamente) en la que nunca están satisfechos y siempre necesitan más. Escuchad a Leporello, criado de Don Giovanni en la ópera de Mozart, cantando el catálogo de las conquistas de su señor. Si queréis leer la letra en italiano y la traducción en español pinchad aquí, pero os resumo lo que dice: a mi señor, con tal de que lleven falda, lo demás les da igual.

Aún tienen Drácula y Don Juan más cosas en común, pero sobre todo una: los dos se sienten invulnerables, y los dos encuentran una mujer que se sacrifica por ellos y les salva de sí mismos por amor.

Un amor apasionado, intemporal, desgarrado, atormentado… y con final feliz

¿Drácula? Pues sí, Drácula, pero no uno cualquiera, sino el protagonista de la maravillosa película de Coppola, una de las historias más grandes jamás contadas. ¿No la habéis visto? ¿Y a qué estáis esperando? Anque la promoción dijera que era una versión fiel de la novela de Bram Stoker, escrita casi un siglo antes, no es cierto en absoluto. Coppola coge la novela y mantiene lo esencial del relato, pero… inventa algunas cosillas, crea un prólogo inolvidable (los primeros cinco minutos de la película) y de pronto todo encaja. ¿Por qué Drácula se había convertido en un vampiro? ¿Por qué es como es? ¿Va hacia algún lado, o sólo aspira a la “supervivencia”, si es que esa palabra se puede aplicar en el caso de un no-muerto? Nada de eso tiene respuesta en la novela, donde Drácula es un ser maligno, monolítico y sin matices al que hay que aniquilar, pero queda claro en la película: todo es por amor.

Sólo he podido encontrar este extraordinario prólogo en inglés (y no completo), pero las imágenes son tan potentes que si no entendéis el texto no pasa nada. Drácula, enamorado de Elizabetha, sale a encabezar sus ejércitos contra los turcos. Sobrevive y vuelve a su castillo, pero antes de que llegue sus enemigos han enviado un mensaje en el que dice que ha muerto, y su amada, creyéndolo, se ha suicidado. Al llegar la encuentra muerta y los sacerdotes, sin piedad, le advierten que ella está fuera de la ley de Dios. Drácula reacciona enfurecido contra la iglesia que él ha luchado por defender contra el avance de los turcos, clava su espada en la cruz y recoge la sangre que cae en un cáliz de oro, del que la bebe. A partir de ahí empieza la historia que todos conocemos y que nunca más podremos volver a ver de la misma forma.

“¿Cree usted en el destino?”

¿Veis esta imagen? Algo similar aparece en muchas de las versiones cinematográficas que se hicieron anteriormente, desde “Nosferatu” en adelante. Drácula quiere trasladarse a una gran ciudad (en la que haya muchas presas) y se ha puesto en contacto con un despacho de abogados de Londres, que le envía a Jonathan Harker con los contratos. En un momento dado a Jonathan se le cae una foto de su novia, Mina. Nosferatu, p.ej., queda prendado de ella, y la desea tanto que cuando la consigue olvida todo, incluso que la luz del sol puede acabar con él, y prácticamente se “suicida” por poderla seguir disfrutando. Pero esto es otra cosa, porque al Drácula de Coppola, cuando ve la foto sobre su mesa, le da un vuelco el corazón y pregunta a Jonathan: “¿Cree usted en el destino?”. Por una vez sus nervios le fallan, derrama el tintero sin querer cuando va a cogerla y no puede evitar llorar. ¡¡¡Drácula llorando!!! En ese momento sus intenciones respecto a su viaje a Londres cambian. Tiene una cita con su Destino y desde luego no va a faltar a ella. No os cuento cómo sigue la cosa (ved la película, es inolvidable), pero sí os diré que ella, enamorada tan locamente como él, hará un inmenso sacrificio por amor, y que, probablemente, los dos pasarán la eternidad juntos.

Los dos amantes pintados en la cúpula de la iglesia del castillo de Drácula, juntos para siempre

¿Qué pasa con Don Juan? Pues una cosa similar, que Zorrilla consigue reescribir el mito y darle una dimensión nueva gracias a que Doña Inés también se sacrifica por él. Don Juan es un calavera sin conciencia hasta que conoce a Inés y se enamora de ella (nadie está más desprotegido contra el amor que aquel que cree que la cosa no va con él). Eso sí, las cosas se complican, Don Juan tiene que huir de Sevilla y Doña Inés muere del sofocón. En ese momento llega a las puertas del cielo, se planta ante Dios y más o menos le viene a decir que o con Don Juan o nada. ¿Qué pasa después? Don Juan vuelve cinco años más tarde, y cuando está ante la tumba de Doña Inés… mejor lo escucháis de los labios de sus protagonistas, ¿no? Pinchad aquí e id hasta el minuto 10, 5 segundos aproximadamente.

Paco Rabal, como Don Juan, tiene momentos estupendos. Y a Doña Inés también la habréis reconocido, claro. Es una joven Concha Velasco que dice:

Yo a Dios mi alma ofrecí

en precio de tu alma impura.

Y Dios, al ver la ternura

con que te amaba mi afán

me dijo: espera a Don Juan 

en tu misma sepultura.

Y pues quieres ser tan fiel

a un amor de Satanás,

con Don Juan te salvarás

o te perderás con él.

Y Zorrilla los salvó, igual que Coppola. Y por amor, pero amor de verdad, del grande, sin ñoñerías. El Amor y la Muerte, el Tiempo y la Eternidad, unidos como una sola cosa. Lo dicho, que al final la verdad siempre está en Quevedo: “Polvo serán, más polvo enamorado“.

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Sólo conozco otra foto que exprese tan bien como ésta qué es la lujuria, una combinación de sexo y lujo en una proporción que sólo unos pocos elegidos conocen. No sabría decir si me resulta más lujuriosa Marilyn mordiendo las perlas y tumbada en algún lugar en el que acaba de caer una excitante lluvia de oro, o Liz Taylor (fe-Liz Taylor, que diría Fabio McNamara) jugando con las suyas y con el vello de la nuca erizado por la excitación que le produce el contacto de las joyas con su piel. En cualquier caso, ¿por qué elegir? ¿A quién quieres más, a papá o a mamá? Me quedo con las dos, por supuesto. Chicas listas, que saben que son capaces de derretir los polos con una mirada, ellas son la tentación, vivan arriba, abajo o al fondo a la izquierda. Eso sí, la Marilyn de las comedias inolvidables no tiene ni idea de que acabará consumiéndose en su propio fuego, mientras que la Liz trágica, la que se siente como una gata sobre un tejado de zinc caliente tiene claro que será capaz de sobrevivir a todos los terremotos de la vida, cueste lo que cueste.

Hoy vamos a hablar de Marilyn, y concretamente de dos películas en las que encarna a una inocente diosa de la lujuria. ¿Inocente? Inocente, sí, porque ella no busca dejar el mundo lleno de cadáveres a su paso. No pretende que los maridos sean infieles a sus mujeres, sea de pensamiento, palabra, obra u omisión. Sólo busca un pedacito de felicidad, un poco de amor, pero… no controla su inmenso poder, y acaba provocando cataclismos, maremotos y hasta sería capaz de sacar a flote al Titanic y volverlo a hundir con sólo una caída de pestañas. Sin intención, eso sí, porque aunque quisiera evitarlo ella es… ¡¡¡la tentación!!!

Un escritor neoyorquino se queda de Rodríguez (o de Smith, o de lo que sea que se diga allí en estos casos) mientras su señora se va a pasar el verano a la playa convencida de que lo ha dejado todo atado y bien atado. Ninguno de los dos cuenta con la llegada de una nueva vecinita, una modelo publicitaria que anuncia una estupenda pasta de dientes en televisión. Un día se van al cine, y… (si no ves la pantalla pincha aquí y no te pierdas ni una palabra, porque el guión de Billy Wilder es hot, hot, hot).

La censura impidió que la historia pasara más allá, pero no es necesario. ¿Sabéis cuál es para mí el momento más lujurioso? La segunda vez que pasa el metro la cámara muestra durante un momento una hoja revoloteando. ¿Es más excitante comerse un bombón o desenvolverlo, anticipando en nuestra mente el placer que vamos a sentir, relamiéndonos, salivando lujuriosamente mientras imaginamos el chocolate fundiéndose en nuestra boca? Es una pregunta difícil de contestar, pero creo que la respuesta está en esa hoja.

Un verano curioso el neoyorquino, en cualquier caso. Caen las hojas, suben las faldas. Y una secuencia curiosa ésta, porque nunca se ve la imagen que aparece en esta fotografía archiconocida. Nunca vemos la cara de Marilyn mientras su falda vuela por los aires, aunque nos la imaginamos. Ni vemos babear al escritor, aunque sabemos que se está derritiendo por dentro. Sólo vemos las piernas. Unas piernas deseadas por media Humanidad y una parte de la otra media. Las piernas de una jovencita inocente que logró sin proponérselo que medio Manhattan peregrinara hasta el lugar de la grabación.

Hasta lo más maravilloso puede convertirse en vulgar. No hay más que ver la escultura que han colocado hace unas semanas en Chicago. De la fina (a veces no tan fina, la verdad) ironía de Billy Wilder no queda nada en esos paseantes que se meten entre las piernas para hacerle una foto a las bragas (nunca diré la cursilería esa de braguitas, me niego) de la escultura. Pero, ¿qué más da? Ahí está la película para recordar ese momento una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…

La tentación vive arriba” es de 1955, y en 1959 Marilyn vuelve a rodar a las órdenes de Billy Wilder, esta vez la comedia más divertida y más caliente de la historia del cine. La única, inigualable, desternillante, increíble, maravillosa, extraordinaria… “Con faldas y a lo loco“.

Si no veis la pantalla pinchad aquí para ver una selección de lo mejor (imposible, lo mejor es todo, todo, todo). Jack Lemmon y Toni Curtis son dos músicos que, por accidente, presencian la matanza del día de San Valentín en Chicago. Botines Colombo da orden de liquidarlos y a ellos no se les ocurre mejor idea que meterse en una orquesta de mujeres. A partir de ahí se desencadenan todo tipo de situaciones desternillantes que no os contaré, porque si alguno no ha visto la película… que vaya a confesarse, porque eso sí que es pecado mortal, y que la vea hoy mismo. Eso sí, hay un momento que no puedo evitar comentar, porque es pura lujuria de la mejor. Los andares de Marilyn por el andén son tan increiblemente provocativos que… hasta el mismísimo tren se pone a mil y suelta un buen chorro de humo cuando ella pasa por delante.

Cuentan que el rodaje fue tan complicado que Toni Curtis llegó a decir que besar a Marilyn era más o menos como besar a Hitler (con el paso de los años negó haber dicho nunca algo así). Marilyn contestó que era pura envidia, pues sus vestidos en la película eran mucho más bonitos que los de él. Para muestra, este momento en el que nos dice a cada uno de nosotros que quiere que la queramos: “I wanna be loved by you, just you, nobody else but you“.

Cuando la oigo tengo la sensación de que me la susurra al oído a mí, sólo a mí, a nadie más que a mí. Y me dan ganas de abrazarla y decirle que no está sola, que somos millones y millones los que la queremos todavía y la querremos siempre.

Marilyn murió en extrañas circunstancias en agosto del 62, hace ahora 49 años. Morir a los 36 le permitió ascender al Olimpo, donde viven los dioses, y quedarse allí para siempre. Eso sí, Andy Warhol contribuyó muchísimo a convertirla en una diosa divina con esos retratos que son auténticos iconos.

Tanto, que uno de ellos incluso tiene el fondo de oro, como los antiguos iconos bizantinos. El lenguaje de toda la vida y la modernidad más absoluta (al fin y al cabo son exactamente lo mismo) consiguieron crear una imagen eterna para la nueva Venus, la diosa del amor, de la belleza, de la lujuria, del lujo…

Os dejamos con la “Marilyn de oro“, y si queréis más lujuria con motivo de San Valentín tendremos nuestra ruta UNA HISTORIA DE LA LUJURIA EN ZARAGOZA.

Cuándo – Sábado 14 a las 19’00 y domingo 15 a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de la Magdalena

Precio – 8 € (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 7 €; parados, 4 €)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

Lujuria es… Liz Taylor

Lujuria es… Olympia

Lujuria es… Marilyn Monroe

Pecadores encantadores – Rebeca y la lujuria

Lujuria es… el jamón

Lujuria es… el champagne (francés, bien sûr)

Lujuria es… sexo en Nueva York

Lujuria es… unas piernas de cinco millones de dólares

Lujuria es… el Bulli

Lujuria es… Venus

Lujuria es… el teatro chino de Manolita Chen

Lujuria es… Sodoma y Gomorra

Lujuria es… el “gabinete secreto” de Nápoles

Lujuria es… Marlon Brando

Lujuria es… Sofía

Lujuria es… la guerra de los biquinis

Lujuria es… el biquini

Lujuria es… El Plata

Lujuria es… Zeus y sus chic@s

Lujuria es… la Lollo

Lujuria es… pecado

Lujuria es… San Juan de la Cruz


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Hoy me he levantado con ganas de música, de fiesta y de verbena, que aún queda verano por delante. Y aquí estoy dándole vueltas a una pregunta esencial para la Humanidad. ¿Cuál es la canción italiana más famosa de todos los tiempos? Seguro que cada uno de vosotros tiene una respuesta, pero hay algunas en las que coincidiríamos todos:

  • Felicitá” – Cuando aún eran felices y comían perdices, Al Bano y Romina ganaron el segundo premio en San Remo con esta canción en 1981.
  • Azzurro” – Aunque no la compuso, Adriano Celentano fue quien la hizo famosa en 1968. Todavía sigue triunfando de verbena en verbena.
  • Nel blu dipinto di blu” – conocida universalmente como “Volare” (más bien, “Volare o-o-o-o“). Domenico Modugno, el padre de los cantautores italianos, ganó con ella el festival de San Remo en 1958.
  • Torna a Surriento” – se compuso en 1902 para la visita a Sorrento del presidente del consejo de ministros (con la intención de ablandarle el corazón y sacarle algún favorcillo). Os dejo una versión popular.
  • O sole mio” – pocas canciones compuestas en 1898 tienen tan buena salud. La ha cantado todo el mundo, pero el que más famosa la hizo fue ni más ni menos que Enrico Caruso, el grandísimo tenor.
Podría haber otras en esta selección, pero no me negaréis que estas cinco son conocidas en el mundo entero. Pues bien, dos de ellas, probablemente las más famosas (junto con “Volare“, todo hay que decirlo) son canciones populares napolitanas, con más de un siglo de antigüedad y una salud de hierro. Y eso que, intencionadamente, no he puesto ninguna de Renato Carosone, como “Questa piccolissima serenata” o “Tu vuo fa l’americano“, que desde luego se lo hubieran merecido… En fin, y aquí es donde quería llegar yo: decir “canción italiana” es, la mayor parte de las veces, decir Nápoles.
Y es que Nápoles es la verdadera Italia. O por lo menos la de los tópicos que todos tenemos en la cabeza y que no tienen nada que ver con la gris e industriosa Milán. Nápoles es música, desde la ópera (especialmente si la canta el napolitanísimo Enrico Caruso) hasta la canción más popular.

Polichinela

Canciones populares napolitanas hay ya desde la Edad Media, pero no será hasta el siglo XVII cuando nazca la tarantela (un baile de movimientos muy vivos cuyo nombre parece que viene de la ciudad italiana de Tarento, y no de la creeencia de que bailarla era la única curación posible para una locura que producía la picadura de la única gran araña europea, la tarántula). La tarantela ya tiene la primera característica de la mayoría de las canciones napolitanas: es alegre y vitalista. Para que lo comprobéis, aquí os dejo una compuesta en el siglo XIX por Rossini.
Segunda característica: son canciones para cantar en solitario, generalmente por un hombre. Y aquí la influencia hay que buscarla en las arias de ópera, los momentos en los que los cantantes se lucían cantando en solitario. La ópera buffa (de argumento cómico) había nacido en Nápoles en el siglo XVIII, y por influencia suya las canciones populares se volvieron mucho más teatrales (todo en Nápoles es teatral: no hay más que ver cómo gesticulan compradores y vendedores en cualquier mercado).
Seguimos con la ópera, porque el que hizo famosa la canción napolitana en todo el mundo fue el grandísimo tenor Enrico Caruso, que las grabó en disco y solía cantarlas en el Metropolitan Opera House de Nueva York cuando le pedían bises. Para que quede claro que la relación con la ópera sigue viva, aquí tenéis a Pavarotti cantando mi preferida: “Funiculi, funicula“. La canción se compuso en 1880, cuando se inauguró el funicular. ¿Os imagináis toda esa gente con sus sombreros, tan elegantes, y silbando aquello de “funiculí, funiculá, funiculí, funiculá…“?
En 1830 ocurrió algo fundamental: nació el festival de canciones napolitanas de las fiestas de Santa Maria di Piedigrotta (muchísimo antes que San Remo o Benidorm, que nacieron en 1951 y 1959 respectivamente). En aquella época el nacimiento de las editoriales permitió que se rescataran del olvido montones de canciones, que los músicos ambulantes cantaban por la calle. El festival fue esencial para su difusión y también para que los mejores músicos se dedicaran a componer otras nuevas, y de ahí que aquellos años fueran una auténtica edad de oro. De ese período son “O sole mio”, “Torna a Surriento” o “Funiculi, funicula”, tres de las más populares. El otro gran momento tuvo lugar después de la II Guerra Mundial, cuando Renato Carosone enriqueció la canción napolitana con ritmos procedentes del jazz, la música africana… creando canciones animadas, divertidas y muy bailables que se convirtieron en auténticos éxitos internacionales. ¿Un ejemplo? “Mambo italiano“.
¿Queréis conocer más historias sobre Nápoles? Pues podéis participar en nuestras cenas napolitanas, los martes 7 y 21 de agosto y el 4 de septiembre. Si queréis saber más entrad aquí, y para reservar podéis llamarnos al 976207363 o entrar aquí. De momento, os dejo unos cuantos post de nuestro blog para que os vayáis animando a disfrutar de Nápoles con nosotros.

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No conozco otra imagen más lujuriosa, en todos los sentidos de la palabra. Lujo a raudales, una relación con las joyas que tiene una fuerte carga sexual, belleza fascinadora… Una combinación explosiva, a veces sofisticada y a veces vulgar, pero siempre irresistible. Porque no hay mejor palabra para definir a Liz que esa: irresistible, magnética, un auténtico imán para todo. Para los hombres, para los problemas, para las joyas legendarias, para las enfermedades… y también para los buenos personajes. Mujeres trágicas, atormentadas, cargadas de erotismo, grandiosas, enamoradas… así son sus mejores creaciones, y así es sobre todo Maggie, la protagonista de “La gata sobre el tejado de zinc“, un título al que la censura española arrebató una palabra que con ella resultaba innecesaria: “caliente”. 

Maggie, la gata en celo y enamorada, condenada a maullar sola

Con 14 años Liz era ya una estrella. Con 28 ganó su primer Oscar después de ser nominada cuatro años consecutivos (un récord que sólo iguala Marlon Brando). Antes y después habría interpretaciones gloriosas, porque a Liz le pasa como a Marlon y a Sofía. Son hermosos más allá de lo humano, pero su inteligencia está a la altura de su belleza. Son auténticos animales de la interpretación y consiguen algunos de los momentos más lujuriosos de la historia del cine, porque ¿hay algo más excitante que un cerebro en funcionamiento?

¿No será Liz la causa del cambio climático? ¿Alguien ha visto una cara más bella que ésta? ¿Hubo alguna vez otros ojos color violeta, o son los únicos de la Historia de la Humanidad?

Sin embargo, hoy no estamos aquí para hablar de sus películas, sino de sus dos grandes pasiones: Richard Burton y las joyas fabulosas, que vienen a ser lo mismo. Se conocieron durante el rodaje de Cleopatra y como era de esperar saltaron chispas. Todo lo hicieron a lo grande y sin importarles que hubiera público: amarse y pelearse, broncas y reconciliaciones de un tono épico que no tenía nada que envidiar al de sus películas, y joyas, muchas, grandes, carísimas, legendarias, fabulosas. Todo estuvo a la altura en una de las historias de amor más tremendas de todo el siglo XX.

Marco Antonio y Cleopatra reaparecen en pleno siglo XX y vuelven a asombrar a la Humanidad. Estaba escrito

Ellos eran la lujuria. No podían estar juntos y no podían estar separados, como en la canción: “Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio. / Contigo porque me matas / y sin ti porque me muero“. Se casaron, se separaron, se casaron y se volvieron a separar, pero se quisieron apasionadamente hasta el final de sus vidas.

“Si me dejas tendré que matarme, no hay vida sin tí”, llegó a escribir Richard. El murió diez años después de su segundo divorcio. Ella fue a su funeral vestido de rojo, el color preferido del actor.

Hasta el último día se escribieron, hasta el punto de que ella recibió la última carta al volver del funeral. La había escrito tres días antes de morir y le pedía otra oportunidad. Ella siempre la guardó en su mesilla de noche, y tiempo después dijo: “Richard era magnífico en todo el sentido de la palabra. Y en todo lo que hacía. Desde los primeros momentos en Roma estuvimos siempre loca y poderosamente enamorados. Tuvimos tiempo, pero no el suficiente“. Para compensarlo, al morir ella hace unos meses la familia de él ofreció la posibilidad de que pasaran juntos la eternidad. Ojalá ocurra alguna vez.

Krupp

Taylor-Burton

La Peregrina

Sólo hubo otro amor en la vida de Liz que pudiera compararse con ése, pues su idilio con las joyas fue eso, un auténtico romance cargado de pasión. Y como no podía ser de otra manera estando Taylor y Burton de por medio, de proporciones descomunales. De entre las muchísimas piezas de su excepcional colección, que ahora sale a subasta, me quedo con tres, las tres regaladas por Richard: la perla Peregrina y los diamantes Krupp y Taylor Burton. Y vamos a detenernos en la fascinante historia de la primera por lo mucho que nos toca de cerca.

Felipe III, con la Peregrina colgando de la pluma del sombrero

Una perla digna de una reina

La Peregrina (que no se llama así por lo mucho que ha viajado, sino porque tiene una belleza extraña, bizarra, peregrina) fue descubierta en el siglo XVI por un esclavo en aguas del Archipiélago de las Perlas, en Panamá. Es una enorme perla en forma de lágrima (muy escasas, y por eso muy apreciadas) que pasó a manos de Felipe II y se convirtió en una de las joyas preferidas de las reinas de España (montada en un aderezo con un diamante excepcional, El Estanque, dando lugar a lo que se conoció como el “joyel rico de los Austrias“).

Sobre el pecho de la reina Margarita de Austria, el joyel rico de los Austrias

La Peregrina se convirtió en una de las Joyas de la Corona de España, lo que quiere decir que los reyes no podían regalarlas ni venderlas, porque estaban asociadas a la dinastía y tenían un enorme valor simbólico. ¿Cómo llegó entonces hasta el hermoso escote de Liz Taylor? Pues la historia comienza cuando en 1808 José Bonaparte pide que le entreguen las joyas de los reyes de España y envía La Peregrina a su esposa, que estaba en París. Cuando se divorciaron él se la llevó a Estados Unidos y parece que a su muerte se la dejó a Napoleón III, que la vendió al duque de Abercorn. Sabemos que en 1914 estaba en manos de una joyería inglesa que se la ofreció a Alfonso XIII, pero no hubo acuerdo. Eso sí, le regaló a su esposa Victoria Eugenia otra enorme perla que probablemente es la que lleva la Reina Sofía en esta foto.

¿Es La Peregrina?

Llegamos así a 1969 y La Peregrina sale a subasta en Nueva York. La Casa Real española intentó hacer creer al mundo que la auténtica era la que tenían ellos (o sea, la que Alfonso XIII regaló a Ena cuando todavía eran felices), la misma que luce la Reina en cualquier ocasión en la que haya que subrayar la continuidad de la dinastía (las bodas de sus hijos, por ejemplo). Sin embargo, sabemos que alguien pujó por ella, lo que quiere decir que sabía que era la auténtica. ¿Quién fue? Pues el malogrado Alfonso de Borbón y Dampierre (que por aquellos tiempos aún no estaba casado con la nietísima, Carmencita Martínez Bordíu). Poseer esta pieza hubiera tenido un gran valor simbólico para sus aspiraciones al trono, pero no lo logró. El resto de las pujas llegaron a los 15.000 dólares. Alfonso se detuvo en los 20.000. Richard Burton pagó 37.000 (muy simbólico todo, pues se la regaló a Liz para su 37 cumpleaños). Todo era poco para su reina, la mejor actriz del mundo, la más bella… la perla que habían lucido durante siglos las reinas de España, colgaría ahora del pecho de Liz Taylor, realzada aún más si cabe por el maravilloso aderezo con rubíes que hizo Cartier.

Liz con La Peregrina en “Ana de los mil días”

La propia Liz Taylor, en su libro “Mi romance con las joyas“, cuenta un episodio digno de una película: parece ser que Richard y ella estaban alojados en el Caesar’s Palace de Las Vegas, y la perla se desprendió de su aderezo. Como la alfombra era tan espesa y peluda Liz no la veía. Chica de recursos, se descalzó para ver si la palpaba con los pies. El lujo del hotel, los ojos violetas al acecho, la suave alfombra en la que se hunde el menudo pie de la estrella, el contacto de su piel con la suavidad de la perla… ¿Imagináis la escena? ¿No es pura lujuria todo esto? ¿Queréis saber cómo acabó la cosa? Liz, de pronto, levantó la vista y vio la magnífica y enorme perla entre las fauces de su pequeño caniche. ¿Perdió los nervios? No. Mujer de temple, se acercó dulcemente y se la quitó con cuidado, como sólo una reina puede hacer.

Con joyas o sin joyas Liz es Liz, única e incomparable, reina entre todas las reinas

Y si queréis más lujuria, con motivo de San Valentín tendremos nuestra ruta UNA HISTORIA DE LA LUJURIA EN ZARAGOZA.

Cuándo – Sábado 14 a las 19’00 y domingo 15 a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de la Magdalena

Precio – 8 € (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 7 €; parados, 4 €)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

Si queréis seguirnos podéis entrar en http://www.facebook.com/gozARTE y pinchar en “me gusta”, o en twitter @gozARTE. Y ahora, os dejo unos cuantos post de nuestro blog con historias de lo más lujuriosas:

Lujuria es… Liz Taylor

Lujuria es… Olympia

Lujuria es… Marilyn Monroe

Pecadores encantadores – Rebeca y la lujuria

Lujuria es… el jamón

Lujuria es… el champagne (francés, bien sûr)

Lujuria es… sexo en Nueva York

Lujuria es… unas piernas de cinco millones de dólares

Lujuria es… el Bulli

Lujuria es… Venus

Lujuria es… el teatro chino de Manolita Chen

Lujuria es… Sodoma y Gomorra

Lujuria es… el “gabinete secreto” de Nápoles

Lujuria es… Marlon Brando

Lujuria es… Sofía

Lujuria es… la guerra de los biquinis

Lujuria es… el biquini

Lujuria es… El Plata

Lujuria es… Zeus y sus chic@s

Lujuria es… la Lollo

Lujuria es… pecado

Lujuria es… San Juan de la Cruz


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¿Hay algo menos lujurioso que una rebeca? “Cógete una rebequita, que por la noche refresca“. Suena a consejo de la Sección Femenina para la mujer española ideal. Y sin embargo, ¿hay algo más turbador que “Rebeca“, la obra maestra de Hitchcock? Cómo una película tan increíblemente excitante, morbosa y llena de rincones oscuros y prohibidos pudo dar nombre a una prenda tan inocente es un misterio para mí, pero ¿realmente hay rebecas inocentes? ¿O es que siempre esconden mucho más de lo que enseñan?

La protagonista de la película con su rebeca puesta

El diccionario de la Real Academia Española dice que una rebeca es una “Chaqueta femenina de punto, sin cuello, abrochada por delante, y cuyo primer botón está, por lo general, a la altura de la garganta“. Nada de particular si no fuera porque antes puntualiza que la palabra viene del nombre propio Rebeca, “título de un filme de A. Hitchcock, basado en una novela de D. du Maurier, cuya actriz principal usaba prendas de este tipo“. No se puede pedir más precisión, la verdad.

¿Tranquilizadora esta imagen? Ni lo más mínimo

Y aquí viene la primera cuestión, digamos que extraña. La actriz principal, Joan Fontaine, interpreta a un personaje que… ¡¡¡no tiene nombre!!! ¿Se le olvidó a Hitchcock? Para nada. Más bien todo lo contrario, que el amigo Alfred no daba puntada sin hilo. El nombre que flota a lo largo de toda la película es Rebeca, Rebeca, Rebeca, Rebeca, Rebeca… ¿Y quién es esa Rebeca? Un fantasma, una sombra, una mujer muerta en circunstancias poco claras cuyo recuerdo lo impregna todo, lo invade todo, lo contamina todo. Rebeca, Rebeca, Rebeca, Rebeca…

Asfixiante Rebeca…

Maximilian de Winter (al que llamaremos Max) ha perdido a su bellísima, encantadora, seductora, inteligente esposa Rebeca en un terrible accidente. Su cuerpo ha sido encontrado sin vida junto a la costa, y Max, aparentemente muerto de dolor, huye de su casa buscando recuperar la alegría perdida junto al sol del Mediterráneo. Allí conoce a una mujer (sin nombre, no lo olvidéis), se enamoran y se casan. ¿De verdad quería tanto a la difunta? Algunos se recuperan de la tragedia con una facilidad asombrosa, ¿no es cierto? En fin, todo va bien hasta que vuelven a Manderley, una casa en la que cada rincón huele a Rebeca…

Si no veis la pantalla pinchad aquí para descubrir cómo la nueva señora de la casa siente desde el umbral el peso de su predecesora. El ama de llaves, Miss Danvers, se encargará de que Rebeca siga reinando después de muerta en la casa y, por supuesto, en su corazón. Ese momento en que las dos se agachan a recoger los guantes, con la criada sosteniendo la mirada de una señora aterrorizada… es puro sexo. Miss Danvers sigue enamorada de Rebeca, y apenas se molesta en ocultarlo.

Rebeca, Rebeca, Rebeca… susurra Miss Danvers con ojos de loca enamorada al oído de la usurpadora. Nunca podrás ser como Rebeca… nunca… nunca… nunca…

¿De qué no será capaz una mujer enamorada? Su señora ya no le cuenta sus confidencias, ya no le regala de vez en cuando la caricia que se da a un perro fiel, ya no le permite ordenar su ropa mientras acaricia la tela que ha estado pegada a su piel… su señora está muerta, pero ella se encargará de que su recuerdo siga más que vivo y se convierta en algo asfixiante para la recién llegada. Nadie, nadie, nadie podrá sustituir nunca a Rebeca. Y si alguna se atreve a pretenderlo, invadiendo los dominios de la reina muerta… que esté preparada para todo. Esta escena es una obra maestra del decir y no decir, del dominio absoluto del terror psicológico, de la lujuria más desatada apenas escondida bajo las formas más contenidas. La mano de la señora Danvers acariciando la ropa interior de Rebeca en el cajón… ni siquiera las piernas de Marilyn Monroe en “La tentación vive arriba” pueden conseguir ese efecto devastador. Sólo la camiseta de Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo“, la mirada de Liz Taylor o el escote de Sofía Loren en cualquiera de sus películas son capaces de subir de esa manera la temperatura de la habitación. Pinchad en la pantalla y si no la veis aquí, y disfrutad de dos actrices de las que ya no quedan.

¿Terrible o adorable? ¿Las dos cosas a la vez? Enamorada, simplemente. Enamorada como una loca, pero ¿acaso hay otra forma de amor que merezca la pena? Capaz de todo, como las grandes heroínas. Nada le importa, nada se le pone por delante. E inmensamente trágica, porque ese amor nunca fue correspondido y ya nunca lo será, pero da lo mismo. El amor es eterno mientras dura, y la señora Danvers sabe algo que es la única verdad que realmente importa: el amor y el deseo son lo único que sobrevive a la muerte, porque como dijo Quevedo “cenizas son, más tendrán sentido / polvo serán, más polvo enamorado“.

Miss Danvers, una diosa de la lujuria emergiendo entre las cortinas

Por supuesto no os voy a contar el final. Corred a buscar la película donde sea y pasad una tarde maravillosa con ella. Y si queréis más lujuria, con motivo de San Valentín tendremos nuestra ruta UNA HISTORIA DE LA LUJURIA EN ZARAGOZA.

Cuándo – Sábado 14 a las 19’00 y domingo 15 a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de la Magdalena

Precio – 8 € (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 7 €; parados, 4 €)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

Más información – Entrando aquí

Lujuria es… Liz Taylor

Lujuria es… Olympia

Lujuria es… Marilyn Monroe

Pecadores encantadores – Rebeca y la lujuria

Lujuria es… el jamón

Lujuria es… el champagne (francés, bien sûr)

Lujuria es… sexo en Nueva York

Lujuria es… unas piernas de cinco millones de dólares

Lujuria es… el Bulli

Lujuria es… Venus

Lujuria es… el teatro chino de Manolita Chen

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Lujuria es… el “gabinete secreto” de Nápoles

Lujuria es… Marlon Brando

Lujuria es… Sofía

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Lujuria es… El Plata

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Lujuria es… la Lollo

Lujuria es… pecado

Lujuria es… San Juan de la Cruz

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Hay muchos desnudos femeninos a lo largo de la historia del arte, pero seguramente ninguno tan provocador como el de Olympia. Corre el año de 1865, estamos en París y Édouard Manet está en boca de todos. Ha pintado un cuadro que es el escándalo de todas las personas decentes de la ciudad. ¿Queréis verlo? Pues aquí lo tenéis.

Pues tampoco era para tanto… ¿O sí?

¿Qué tiene Olympia para que este desnudo sea más escandaloso que tantos otros? ¿Por qué la gente habla de ella entre murmullos? ¿Se ve algo que no se vea en otros cuadros o esculturas? Pues no, y la postura tampoco tiene nada de particular. Muchísimo más explícito, sin comparación, es el cuadro que Gustave Courbet pintó al año siguiente, y que tiene un nombre de lo más directo: El origen del mundo.

El origen del mundo, según Courbet, está justo ahí. Y no le vamos a quitar la razón a estas alturas, digo yo

Realmente en París siempre fueron unos adelantadillos (“Si vas a París, papá“, y todo eso), pero esto era demasiado incluso allí. Para empezar, no se ve la cara, con lo que no sólo es imposible mirar hacia otro lado, sino que es una forma de subrayar lo que interesa y conseguir que la atención se fije intensamente donde el pintor quiere, es decir, en lo que él llama el origen del mundo. Las piernas se muestran abiertas sin ningún pudor, la mujer no está depilada, es prácticamente de tamaño natural… nunca se había visto algo así, y por eso muchos de los propietarios que tuvo el cuadro (que ahora está en el Museo de Orsay, como Olympia) prefirieron llevar el asunto con discrección. Tanto impresiona que resulta casi agresivo, y cuando empezó a exponerse en el museo, casi a finales del siglo XX, pusieron un vigilante especial en la sala por miedo a que algún visitante atacara el cuadro.

¿No os gustaría ver la foto contraria, para ver las caras que están poniendo? Casi 150 años después hay gente que se sigue escandalizando

En cualquier caso, tampoco era una novedad absoluta lo que se veía allí. En Francia ya hacía décadas que triunfaban los grabados eróticos, como éste que tenemos aquí, en los que se veía de todo y sin ningún recato. ¿Cuál era la diferencia? Pues muchas, la verdad. Por un lado, es completamente diferente ver un cuadro de tamaño natural y un pequeño grabado. El tamaño sí que importa en estos casos, y mucho. Por otro, no es lo mismo ver un grabado en la intimidad de tu casa que ver un cuadro en público, con otras personas a tu lado poniendo la misma cara de póker que tú. Cada formato, cada soporte, estaba reservado para representar unas cosas u otras, y saltarse esas reglas era faltar al decoro.

“Remate usted, caballero, que viene gente y no me gusta quedarme a medias”, o algo así le estará diciendo

Por eso este grabado, que es aparentemente mucho más escandaloso, en realidad escandaliza muchísimo menos, porque el grabado es un vehículo más adecuado para algo así. Pero en cualquier caso, volvamos a Olympia a ver si descubrimos qué tiene este cuadro de particular. Bueno, mejor nos vamos más allá, a ver dónde se pudo inspirar Manet. Y tenemos que viajar nada menos que a 1538 y a Venecia, que es donde vivía uno de los más grandes pintores de todos los tiempos: Tiziano que acababa de pintar para el duque de Urbino una de sus obras más famosas.

La Venus de Urbino

Representar a diosas desnudas no estaba mal visto. Entra dentro de las reglas del decoro, y a nadie le extraña. Por eso, la mejor manera de pintar un desnudo y que no pasara nada era decir que era Venus y quedarse tan ancho, porque lo raro sería que Venus fuese vestida. Eso sí, viendo este cuadro ¿parece una diosa? ¿O más bien una mujer normal, en su palacio veneciano? Pues yo me inclino por lo segundo, porque el perrillo encima de la cama, las criadas ordenando el arcón… son bastante terrenales, tanto como la belleza de esta mujer, que no tiene nada que ver con la idealización de otras representaciones de Venus. Además, nos mira directamente, orgullosa y consciente de su belleza. El pelo suelto y largo, la postura un tanto indolente, la cama revuelta… ¿quién es realmente?

Olympia

Venus

La criada de Venus

La criada de Olympia

El gato…

Y el perro

Tiziano mantiene la ficción de que la mujer que está representada en el cuadro es Venus, aunque resulta evidente que es una cortesana (o sea, una prostituta de lujo) veneciana a la que las cosas le van estupendamente. Manet, en cambio, no disimula. Olympia es una cortesana y está encantada de serlo. Nos mira con descaro, entre provocadora e invitadora. Lleva una flor en el pelo, una cinta en el cuello, una pulsera y unas sandalias, lo que hace que el desnudo resulte más impúdico aún, pues parece mucho más desnuda que si no llevara nada. Le llega un ramo de flores de un admirador, de un amante rico, de alguno que aspira a serlo… que le entrega su criada. Y deja caer una mano sobre el sexo como quien no quiere la cosa, porque no da la impresión de que le preocupe mucho taparlo o no. Ah, y como la Venus de Tiziano, es perfectamente consciente de que estamos mirándola, y ni siquiera baja los ojos, sino que nos sostiene la mirada. ¡¡¡Un escándalo!!! La buena sociedad parisina podía aceptar la existencia de cortesanas a las que les iba estupendamente siempre y cuando al final pagasen por lo que habían hecho, a ser posible con una buena tuberculosis que se las llevase directamente al otro barrio con mucho sufrimiento. Ahí está Margarita Gautier, la protagonista de “La dama de las camelias“, que fue la que inspiró a Verdi cuando compuso la historia de Violeta Valéry, la protagonista de su ópera “La Traviata“. Greta Garbo-Margarita Gautier es la protagonista de una película inolvidable, “Camille“, y María Callas-Violeta Valéry es, probablemente, la mejor Traviata de todos los tiempos. Las dos triunfadoras, hermosas, maravillosas… las dos viven la vida a tumba abierta y se enamoran hasta perder el sentido… las dos sufren locamente y mueren jóvenes y en la plenitud de su belleza. Dos historias maravillosas que no son más que una, perfectamente aceptables por la sociedad biempensante gracias a la moraleja final.

Sin embargo, en Olympia no se ve ni rastro de sufrimiento, y más bien parece pertenecer al grupo de las triunfadoras, como La Paiva, a la que sus amantes pagaron un extraordinario palacio en los Campos Elíseos de París al que pertenece esta espectacular bañera, que muestra el lujo de que vivía rodeada.

En la imagen de abajo se ve una fiesta en su casa que recuerda a la primera escena de “La Traviata”, la del baile, cuando Violeta canta “Sempre libera“. Es decir, que estaba encantada de hacer lo que le daba la gana, siempre libre, yendo de fiesta en fiesta…

Fiesta en casa de la Paiva

Pues este tipo de mujer era Olympia. Prostituta y sin remordimientos, indecente y triunfadora, impúdica y desvergonzada. Nunca antes se había representado sin tapujos a un personaje así, y Manet se atrevió a hacerlo. Y precisamente por eso, lujuria es… Olympia. Y si queréis más lujuria, con motivo de San Valentín tendremos nuestra ruta UNA HISTORIA DE LA LUJURIA EN ZARAGOZA.

Cuándo – Sábado 14 a las 19’00 y domingo 15 a las 11’30

Dónde – Puerta de la iglesia de la Magdalena

Precio – 8 € (estudiantes menores de 26 años y jubilados, 7 €; parados, 4 €)

Reservas – Llamando al 976207363 o entrando aquí

Más información – Entrando aquí

Si queréis seguirnos podéis entrar en http://www.facebook.com/gozARTE y pinchar en “me gusta”, o en twitter @gozARTE. Y ahora, os dejo unos cuantos post de nuestro blog con historias de lo más lujuriosas:

Lujuria es… Liz Taylor

Lujuria es… Olympia

Lujuria es… Marilyn Monroe

Pecadores encantadores – Rebeca y la lujuria

Lujuria es… el jamón

Lujuria es… el champagne (francés, bien sûr)

Lujuria es… sexo en Nueva York

Lujuria es… unas piernas de cinco millones de dólares

Lujuria es… el Bulli

Lujuria es… Venus

Lujuria es… el teatro chino de Manolita Chen

Lujuria es… Sodoma y Gomorra

Lujuria es… el “gabinete secreto” de Nápoles

Lujuria es… Marlon Brando

Lujuria es… Sofía

Lujuria es… la guerra de los biquinis

Lujuria es… el biquini

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